jueves, 6 de diciembre de 2012

Nunca conocerás Varsovia

parte 1 de 1


Esa ciudad que conocés tan bien como la región sureste de la palma de tu mano, no es Varsovia. Tendría que ser otra. Estas calles nevadas que ves ahora, nunca han sido pisadas por la guerra. Esa otra ciudad, con nombre de sierra y cabello que llega hasta la cintura, se borrará de tu memoria como si los Panzers alemanes tuvieran entrada libre a tu país de la mente.

Y eso explicará mucho, dará el porqué de que las cosas te duren tan poco, de que se te olvide con gran facilidad el nombre de aquella mujer nacida en los Ángeles, muy conocida, modelo y que luego se hizo actriz. Pedís que te digan quien es la mujer, que si es cierto que superó el punto más alto de Polonia a punta de drogas.

“Todo lo que yo sabía era sobre pescadores pobres y sirenas” decís eso y que no ocupás más. Buscás calma, sentirte en paz con no saber más sobre Varsovia. Estarás bien, la nieve acompaña a todos. La nieve, el único desierto que no perdona, ni a sí mismo, en un mes desaparecerá, se perderá a sí misma, así será. Inmediatamente te das cuenta de que es como vos. Un desierto dentro de un desierto.

Te toca lo que sigue, caminar hasta tu casa, que amaneció con las esquinas congeladas, señalando hacia arriba y hacia abajo, la casa que el día anterior almacenó al corazón más grande de Varsovia. Les dirás a todos que olviden lo que ha pasado en los últimos días, que se tomen de las manos y acepten que vos nunca conocerás Varsovia.

Esta es tu forma de estar solo.

Sospechan de vos, como creías. Decís que no, que no estás escribiendo su nombre, ni seguirás haciéndolo. “Moje Imie! Moje Imie!” exclama Varsovia y te asustás porque está en lo cierto, aunque digás que no, aunque le digás que no a Varsovia.

Vos, que nunca conocerás Varsovia.

“Ya está muerto el primer habitante de Varsovia, hace rato” te decís, y eso está bien. Afuera de vos hablan de tiempos pretéritos, alguien explica algo en su lengua materna, pero no a vos. “Dícese de Varsovia que en los años previos a la guerra, la gente visitaba la iglesia en el centro todos los días”. Recordás.

Recordás, no estás viejo, pero sos más viejo. Oíste sobre Varsovia hace ya varios años, en la época en que las hormigas te rogaban que abrieras un hueco más grande en su hormiguero. Nunca supiste qué era esa cosa blanca que cargaban las más lindas.

Esto no es una película sobre Varsovia, tu vida no es una película sobre Varsovia, eso es lo que más te cuesta entender. Así que te decís que el nombre de este texto debería ser otro. Tenías opciones “Diez formas de dejar el perico” pero no periqueás. “Diez formas de olvidar a la morena” pero no tenés ni morena ni memoria. Entonces te toca quedarte con el otro, el que habla más, el que se parece a ese pequeño diccionario polaco que todavía cargás en tu bolsillo trasero.


(Un poco de esto, también ha de ser, culpa del frío que ves por la ventana y por las plantas de los pies. Tal vez los pastizales de Mongolia te habrían servido más.)

miércoles, 24 de octubre de 2012

Dos despidos del dos mil dos-e




Yo tengo dos amigos y un montón más. Estos dos que les digo ahora están todos solos y así, pero eso es como por estar vivos. Una es una chica y el otro es un chico. Ella se llama Karina y tiene cara de gato, pero no cabeza.  Ella es alguien digno de imaginar, a pesar de que no le guste hacer nada, ni tenga amigos o amigas. Ahora ella es toda famosa y todo mundo dice que es buena pero yo no estoy seguro.

Ella tuvo tetas grandes desde los doce, no eran tan grandes, pero eran más grandes que las de las demás chicas que todavía no tenían nada y entonces en la escuela todo mundo se dio cuenta pero como que en la casa de ella nadie se dio cuenta así que ella siguió andando esos brassieres de chiquitas que no son brassieres, pero que son como antes de los brassieres, como tops. Y le pasó algo muy feo, una vez un compañerito de ella que se llama César la estaba molestando por tener tetas y se las veía y le decía cosas y en un impulso comprensible pero inconfesable le abrió la blusa y se le reventaron los botones y se le vieron las tetas y ella toda joven y asustada y con los ojos llorosos y las tetas afuera, muy lindas, lindísimas y el silencio de todos los chiquitos de la clase y los que eran hombres no entendían qué pasaba pero agradecían que estuviera pasando y las que eran mujeres  tampoco sabían qué hacer y nadie nunca supo qué hacer. Eso fue hace un montón, como doscientos años.

Mi otro amigo no tiene un nombre de verdad, tiene uno de mentiras. Hoy lo vi, lo había detenido la policía o él había detenido a la policía y ahora los interrogaba. Él está muy solo y seguro por eso tiene que interrogar a la policía, amonestarlos por tener los zapatos mal embetunados o por algo así. Yo no puedo hacer mucho, solo pasar manejando cerquita y sonreírle desde adentro, ver que tiene un arete nuevo, que ya no anda a pie, que se compró una bicicleta muy bonita, azul, con el asiento color caramelo, él se reiría de mí si yo le dijera que el asiento café de su bici es color caramelo. Me gustaría sentarme en la bici y manejarla haciendo como que me la voy a llevar y que él se asuste, pero luego devolverme rápido para que no se asuste mucho y decirle “Qué buena bici” y que él no sonría, aunque quiera, porque él cree que es malo, pero que yo sepa que aunque él no sonría, sí está sonriendo, porque a él le gusta que lo oigan y yo lo oigo y le digo cosas dulces, que él no entiende muy bien, porque nunca ha oído cosas dulces y por eso le cuesta hablar con sus hijos y por eso su novia lo dejó, porque él no podía o sabía decir cosas dulces y así que él ya ha pensado en conseguirse una sorda y hacer como que le dice cosas dulces y que ella lo vea como si le estuviera diciendo cosas dulces, pero en realidad él solo mueve los labios e intenta no verla enojado, pero él no sabe qué es eso, pero se esfuerza y lo intenta y cuando ya no puede y se va a salir por los ojos el enojo, entonces la abraza, pero no como yo lo abrazaría a él, sino como él aprendió en la escuela de policías, dos brazos rígidos que aprisionan un cuerpo, así abraza mi amigo.

A mí me gustaría que me abrazara a mí, para yo enseñarle que así no es como se hace, que el abrazo es más suave, menos policial, que lo está haciendo mal pero que él no es malo.

El otro día mi amigo me dijo que me iba a ayudar y yo le dije que sí, que gracias, que en serio lo ocupaba un montón, pero en realidad yo no sabía de qué me estaba hablando. Entonces nos vimos en la escuela a la que fui pequeñito y ahí estaba Gustavo, que era el que molestaba a todos los de la clase, pero ya no era el mismo, ya no usaba shorts verdes ni tenía poquito pelo. Y mi amigo le empezó a pegar y le pegó un montón, fue todo feo, yo no sabía qué hacer y él me dijo que no me metiera, que yo era bueno, pero que él no, entonces tenía que hacer eso. En algún momento se acabó y empezamos a caminar y yo no sabía muy bien para dónde íbamos. En eso llegamos hasta el colegio al que fui y ahí me dijo que perdón, pero que ahora me tocaba a mí por aquella vez cuando yo estaba en noveno asusté a un chiquito de sétimo, yo le dije que sí, que tenía razón. Entonces él me pateó muy feo en el estómago y me caí y se me salió el aire y fue como cuando en la escuela me pegaban un bolazo en la panza y yo me ponía a llorar porque me sacaban el aire. Pero ese día no me puse a llorar, nada más sangré un poquito en las rodillas, pero eso no es malo, eso es normal.

Luego me ayudó a levantarme, pero en realidad no me estaba ayudando a levantarme, era que me quería ahorcar y ahí me preocupé y sí se me salieron lágrimas y luego me empezó a apretar el pecho con los brazos y fue un abrazo, pero uno todo feo y yo le dije que ya, que porfa ya y él paró y me vio feo, me duele como me vio, él supo que yo no era bueno y que él tampoco y que probablemente nadie lo era. Se dio cuenta que seguro siempre había sido así y que si revisamos a todos mis otros amigos seguiríamos encontrando a gente así, que no es buena y que sí es mala, pero que así es la gente y luego nos daríamos cuenta que todos ocupamos a la gente, para algo bueno o para algo malo.

sábado, 13 de octubre de 2012

Mis dos flamingos (yo ahora que estoy bien)




En la ventana caen todas las gotas del mundo, es como si la gravedad no las jalara hacia el suelo, sino hacia adentro de la casa. Los truenos suenan como una puerta trabada en el piso que uno tiene que arrastrar. Una de esas puertas necias.


Hoy está cayendo granizo en mi casa, heavy. El suelo suena cuando caen los granizos, así de seria es la vara. Es como si hubiera algo raro, porque el otro día también tembló. Hoy el techo suena como si tuviera mil gatos y me acuerdo que la última vez que cayó granizo así yo tenía 5 y no conocía a nadie, eso te incluye a vos.

Y afuera en el patio, llevando agua y golpe, mis dos flamingos. Ya un toque desteñidos, pero aquí por dicha nadie los desprecia, los queremos igual que antes, ellos ejecutan sus movimientos en un espacio seguro. Sus movimientos son un gran leve temblor.

Acá afuerita, en el corredor, leo un libro que se llama “Mañana nunca hablamos” y sí. ¿Leés algo ahora? ¿O ya no? Al rato ahora solo pintás y eso está bien, no te recrimino nada, bueno, a veces ando de malas y pienso cosas feas, pero ya no me detengo tanto en eso. Tal vez, ahora, todos deberíamos estar felices, a vos seguro ya nadie te dice que eras fea a los 9 y eso siempre es ganancia. Todo es parte de la evolución, ¿no?

Mi casa se ha llenado de zancudos y siguen las arañas de siempre (porque se puede evolucionar para mal), pero vos ahora tenés un McDonald’s nuevo, cerquita de tu casa, podés ir caminando como hacíamos para ir al súper a comprar cervezas o cuando íbamos a comprar cajitas de pasta. A pie nos quedaba poquísimo, ese súper, el parque donde tu hermano jugaba fútbol a veces, el video donde sacamos todo lo primero que vi. Y es que hoy no es que sean otros cien pesos, son 18 meses de distancia (al rato y más). Entonces yo lo que hago es pelear poquísimo con lo que tengo, solo agarrarme fuerte, porque lo que se tiene más seguro, lo que uno tiene de fijo, es lo que más hay que cuidar.

Y mirá, si te pudiera dar un cd con toda la música linda que tengo ahora. Pero para qué hablar de eso, ya de eso he dicho mucho.

Vos con tu Mac nuevo y seguro con otras cosas nuevas. Unos zapatos que tal vez un hombre te regaló, que usás, que no te quedan muy chicos, que no son morados, como todo lo malo que tengo adentro. Digo, tenía, como ahora le decía a Jose, que es el único amigo que nos queda, le contaba de las cosas que tenía adentro, que me las imagino moradas, “descompositoras” de la gente. Esas que me digo que ya se fueron para darme fuerza, para darme un abracito que ayude a alejar a las cosas malas.

Porque eso es lo que más ocupo ahora, no estar cerca de llorar, buscar la forma que Navidad no sea el año pasado (irme corriendo en un avión). Busco, con lo fuerte que todavía me queda adentro, saber cómo perdérmele a lo feíllo. Sentarme afuera, ver a mis dos flamingos mecerse acompañados. Esto, que probablemente nunca verás, es justo eso.

martes, 4 de septiembre de 2012

Hacer trampa



Cuando estaba en el cole tuve una novia que me gustaba un montón. Se llamaba Susana, pero yo le decía Su. A veces también le decía Us, solo por variar un toque. Yo a ella le caía mal al principio, pero luego ya le gustaba y creo que una vez intentó decirme que me amaba, pero yo intenté que no lo dijera porque seguro no era verdad y yo no quería tener una novia que mintiera. Teníamos 17 y no estábamos enamorados o yo no estaba y qué salvada que no estaba.

Éramos compañeros de clase y ella se sentaba a la par mía y nadie sabía que era mi novia porque ella no quería, porque ella terminó con el exnovio para estar conmigo, entonces en el cole no andábamos de la mano ni nos decíamos mucho, pero yo creo que todo mundo sabía que pasaban cosas entre los dos. A veces, cuando yo me portaba bien y si la gente no estaba viendo, ella me daba un beso en media clase.

El otro día un amigo me dijo que la hermana de Susana se casó y que qué picha. Y yo le dije que sí, que qué picha, porque la hermana de Susana era más guapa que Susana y mayor y más tonta y más cosas buenas. Pero más tarde ese día se me olvidó que la hermana de Susana se casó y se me olvidó Susana y cuando pasa eso no siento nada. Yo ya no siento nada por Susana.

Igual a veces me gusta ponerme a pensar en cosas de antes. De cualquier antes, siempre puedo sacar alguna tonterilla que dije o alguna tonterilla que me dijeron. El pasado creo que no me enoja, nada más me da tristeza, pero no de la mala aunque a veces sí de la mala, pero no siempre.

Me acuerdo que cuando Susana era mi novia y nadie sabía, se puso de moda hacer una cosa en los exámenes del cole. Los profes eran todos mediocres, entonces la mayoría solo hacían exámenes de marque con equis, entonces revisaban el examen con una plantilla que ponían encima de la hoja de respuestas. Entonces lo que a la gente le agarró por hacer era marcar opciones dobles en cada respuesta, se le decía hacer dobles. En los recreos cuando salía uno del examen la gente llegaba y le preguntaba que si había hecho dobles y luego cuando la vara se puso más intensa nada más llegaban a preguntar que cuantas dobles habían hecho.

Por algo, no sé por qué, yo no hacía dobles, nada más me entraba la idea fija de que por hacer dobles no iba a ganar o tal vez nada más me valían picha las notas y tenía un sentido marcado de lo correcto que espero ya haber empezado a perder. Entonces yo no hacía dobles y un día, cuando ya las dobles estaban totalmente implantadas en nuestra cultura colegial (creo que incluso gente de años menores ya estaban empezando a hacer) un profe se dio cuenta de la vara. Entonces le contó a los demás profes y se dieron cuenta que un 88% de la población de quinto año del colegio Saint Michael, que oficialmente se llama San Miguel Arcángel pero a ellos les pareció que tenía más caché ponerlo en inglés (¿tener más caché? ¿Así se dice? Nunca había usado esa palabra pero creo que va bien ahí), entonces le hicieron una boleta a todos los que habían hecho dobles.

En esa sanción legendaria de mi cole se fue con boleta la señorita Susana Cárdenas, la buena estudiante Susana Cárdenas, Susanitalaangelitalamásbonitaolamástontitaqueeslomismitomamita, también se fueron todos mis amigos y la mayoría de las amigas de Susana y Ana Melissa la más sapa de la clase y Francisco Rivera el de las mejores notas de la generación (anoto, no el más inteligente) y también los maes que eran mayores que se habían quedado y otra gente en la que no había pensado en años y otra gente de la que creo que nunca en lo que me queda de vida me voy a acordar. Unos amigos que tenía, Víctor y Macho, hacían triples, creo que Alexito también hacía triples.

Me acuerdo que Ana Melissa se puso a llorar cuando le dijeron que le iban a hacer boleta. Yo no sé cómo, pero a mí nunca me hicieron una boleta en el cole. En noveno me contaron mis amigos del momento que Pablo, el orientador, me quería hacer una boleta, pero que al final no me la hizo. Putazo ese que nunca ha sabido nada.

El otro día vi que Susana se acaba de graduar de Ingeniería Civil en una universidad ahí. Mi hermana me molestaba diciéndome que yo había terminado con Susana porque ella no había entrado a la UCR. Yo le respondía que no, que yo había terminado con ella porque me había dado una mierda de regalo en navidad. Las dos son opciones muy plausibles.

Yo no sé si Susana se habrá puesto a pensar alguna vez en mí, pensar si estoy en una playa sintiéndome solo. Ella nunca me ha visto fumarme un cigarro, ni darle sexo oral a una mujer y creo que ya no queda tiempo para ninguna de las dos.

A veces me gustaría decirle algo, nada más llamarla y decirle ¿Su, cómo eran las canciones que yo oía en esa época? Pero mejor no, no sé si tendrá el mismo número.

Con Su fue que pasó todo lo del principio, eso que no se sabe bien qué es pero que es una etapa. El estar en un sofá mucho rato dándose besos y no aburrirse o no estar esperando algo más. Todo eso que pasa al principio. Como estar en la sala viendo por la ventana que los papás de ella todavía no lleguen, y ver que pasan los chiquitos del condominio en bicicleta justo en el momento en que ella se da cuenta que lo que sigue es meterse mi pene en la boca por primera vez, es parte del principio eso de su primer descenso, el ver sus ojos desactivarse, su boca sin sonrisa que se sorprendía. Díganme que todo eso no es del principio. Como las primeras veces en que el tamaño de sus tetas cambiaba y yo me daba cuenta que cambiaba. Hey, le crecieron y yo grito y corro por toda la casa enseñándole dos manos vacías que actúan que están llenísimas o también está lo otro, hey, las tiene más pequeñas y hacer como que no me importa y no mostrarme decepcionado, no mostrar que tengo junto al corazón a mi cerebro y a mi pene hermanados. ¿Qué? No sé, pero eso es parte del principio.

Si alguna vez me hacen otro examen con hoja de respuestas, por vara me gustaría hacer una doble, por sentirme cerca de una exnovia, aunque sea de esa, de la del principio, de la del cole, de la que ahora hace maratón o algo así, de la que tenía una hermana más guapa que ella, de la que me cocinaba una pasta toda fea y que no le gustaba que yo le pidiera que me hiciera algo de comer, de la que terminé por mensaje de texto o casi así, de la que solo sé cosas que se saben por Facebook.

Y ya como que no queda tiempo para acercarme a casi nadie, ahora con la U y todo eso y sin brete y estresado por eso y ella que no entró a la UCR y ella que corre maratón y yo que casi me muero subiendo el Chirripó (en serio).

Ahora lo que me pasa es que creo que de alguien hay que sentirse cercano en la vida. Aunque sea de la novia del cole, de la que casi nadie se acuerda, solo cuando se está solo, solito, escribiendo desde la playa o desde algún lugar así. Entonces uno se pone a hacer trampa y habla de la novia del cole, como si uno de lo que quisiera hablar es de la novia del cole.

viernes, 10 de agosto de 2012

San Pablo




Mis papás nacieron en una casa amarilla que yo no conozco. Eso sucedió antes de que yo apareciera, obviamente. El barrio estaba todo pintado del mismo color, bueno, por lo menos así se ve en las fotos, que son todas viejas porque yo no había nacido. En realidad yo me imagino que así son las fotos, porque tampoco es como que alguien me ha enseñado fotos del barrio de cuando yo no estaba vivo. Hacer eso sería peligroso.

Solo una vez, me acuerdo que pasamos al frente de la casa y me la enseñaron. “Nosotros antes vivíamos ahí” – dijeron mis papás, no al unísono, nada más hablando normalmente, uno lo dijo, el otro en un movimiento reflejo y telepático levantó la mano y señaló. Yo vi una pared larga y amarilla, luego el comentario de mi mamá “antes no tenía rejas, nosotros le pusimos una tapia atrás porque daba a un cafetal”. A mí nunca me ha gustado el café, y yo en esa época no conectaba bien las ideas, como ahora.

Es posible que otros días yo haya pasado al frente de la casa y no la reconociera. Como ayer (honestamente eso fue el domingo y no ayer, pero últimamente siento que las cosas solo pasan ayer). Entonces digamos que fue ayer que estacioné en ese barrio, era de noche, hace un montón que no andaba por ahí (en realidad últimamente estoy yendo mucho, pero eso es super reciente y todo bonito). No me acuerdo cómo era la casa frente a la que estacioné, pero me acuerdo que había un cafetal cerca y que me metieron una mano en el pantalón, antes me habían bajado el zipper y antes de eso me había llegado el olor de una mano que olía como a coco y cigarro. Pudo también haber sido su pelo.

Cuando mis papás vivían por aquí no tenían roommates. Bueno, ellos eran sus propios roommates y luego llegó mi hermana y fue feliz por un rato. Luego nos fuimos de la provincia para la capital. Y eso en este país significa tan poquito que no sé para qué lo cuento. Nos vinimos a vivir (lo digo así porque yo ya casi estaba cerca) a donde vivía un montón de gente que ahora sé quienes son. Por acá están mis tíos y tías, mis primitos, mi abuela, ahora viven mi abuelo y la hermana también, hay borrachillos que antes no eran y yo los vi irse deshaciendo (¿alguien me habrá visto a mí deshacerme?), ahora andan sin bañar, con polvo en la cara y no estoy exagerando, sus caras ahora están hechas de polvo. También hay una iglesia rara que se llama Nido de Águilas del Nido de Águilas, o puede que no y solo sea el recuerdo de una broma que tenía con otra persona, alguien que ahora vive en el barrio de mis papás, pero en el de los ochentas, no el de ahora, es decir, vive en un lugar donde yo no estoy vivo. Suena música de los ochentas cuando paso por ahí y veo casas que pudieron ser mi casa, pero que ciertamente no lo son o por lo menos ya no. Acá hay algo que se entrelaza.

Tengo una amiga en ese barrio. Solo una. No sé qué tan cerca de ella estará la casa de cuando mis papás eran felices pero diferentes. Ojalá no muy cerca. No me gusta el olor a muerto. El de la gasolina sí, pero no sé qué tiene eso que ver. El cuarto de mi amiga no sé de qué color es. Puede que siga siendo azul como se lo pintaron con intención equivocada cuando nació (los doctores no saben nada) o puede que ella, como reproche al pasado, lo haya pintado rosado. Yo también sigo peleando con el pasado. También es posible que el cuarto de ella sea blanco como el mío, que sirve para pasar desapercibido. Me gustaría pasar una noche ahí, en ese barrio de otras gentes, y que en la mañana mi relación con el barrio siga igual, o por lo menos, parecida, que no me empiece a acordar de los recuerdos de otras personas. Que no empiece a contar anécdotas de gente feliz que quiere a su barrio. Nada más me gustaría despertarme y olerme las manos y el pelo y que me huelan como a palomitas.

Hasta ahora, nunca había andado de noche por ahí. Vieras que no suenan perros, no sé si podría vivir así, en un lugar tan tranquilo, sin gente enemiga, sin ventanas que se inclinan sobre mi patio, sin un caballo fantasma que camina por el cafetal y asusta a mi perro. Ahí hay poquita gente en la calle, en los parques hay gente que fuma, pero casi no hay nadie.

De cuando era pequeño yo no me acuerdo de casi nada. Es posible que en alguna visita a la casa de mi tía, que vive cerca de ese barrio, hayamos tenido que desviarnos para evitar las presas mientras nos devolvíamos a la casa, casualmente terminando en un punto de ese barrio y en ese momento yo haya dicho que me quería quedar a jugar. Es poco probable, pero de nuevo, no tengo memoria de que no haya sucedido, así que tal vez mis papás frenaron, nos bajamos del Honda azul, “el Hondilla” le decía mi papá, y pude jugar ahí, en ese barrio, donde mis papás nacieron como papás. 

Luego de eso, seguro yo me monté al carro todo despeinado y feliz, seguro solo sonreía, así le dicen mis papás a estar feliz.

Tal vez si en ese barrio hubiera habido un pedacito de río cerca nos hubiéramos quedado más. Yo hubiera nacido ahí y no en la capital, donde las cosas no han andado tan bien. También hubiera conocido a mi amiga antes, que eso es importante porque ahorita seguro me voy y no de vuelta a la capital, como hago a la medianoche, luego de que di vueltas por su barrio, luego de que escondí mis manos en lugares lindísimos. Si no que me voy más largo.




domingo, 5 de agosto de 2012

¿Dónde está Chicho?




Así se llama un cuento para chiquitos que escribí. Es decir, es para mí. A veces me gusta escribir para mí (siempre). No para amigas, pero la verdad eso no importa tanto, tener amigas es bueno. Chicho no tiene la nariz grande, como en algunos dibujos que ilustran el cuento, pero sí los ojos, para verme cuando cierro los míos y digo tonterillas. Decir tonterillas es bueno. Casi nadie escribe para chiquitos, la gente que dice que lo hace no lo hace, son solo gente vieja que cree que los chiquitos son una cosa, cuando son otra. Yo sí conozco gente que escribe para chiquitos en serio, pero ya están muertos. Se murieron a los 25 o 27 y todavía los extrañan en Guatemala.

Yo seguro ahorita me resfrío, estoy en alitas de cucaracha. Yo siempre estoy en alitas de cucaracha. Como cuando manejo y creo que la moto de alguien me sigue. O cuando entro en una rotonda y una grúa grande sin luces acelera y no me quiere ayudar, quiere molestarme, asustarme, gritarme cosas que solo las grúas gritan. “Váyase a la casa” – me gritan. “Sí, para allá voy, ahorita llego, a quinientos metros de acá tengo que doblar a la izquierda, sigo un poquito más y llego” quiero decirles eso, pero mejor no, mejor sigo como si nada, y las grúas grandes sin luces se van y las motos de alguien también se van. No creo que se vayan a donde Chicho, casi nadie sabe donde está Chicho. A veces me dan ganas de preguntarle que dónde está, pero mejor no lo hago, porque seguro es una tonterilla hacerlo, entonces me voy a mi casa y no como nada, porque no consigo amigos que me acompañen a comer y si uno no tiene amigos que lo acompañen a comer eso significa que uno no merece comer, porque ha hecho algo malo, entonces le toca manejar hasta la casa, preguntarse solo dónde está Chicho, qué hizo Chicho hoy, por qué Chicho está allá y no acá cerquita, como me gusta que esté Chicho.

A veces me salen nombres raros cuando escribo, como Jorge. Y entonces me dan ganas de escribir sobre un personaje que se llame Jorge, pero luego me digo que no, por que no sé quien es Jorge. Bueno, tampoco sé muy bien quién es Chicho y acá estoy dándole vueltas a la pregunta. Pero sé cosas de Chicho, como que tiene los ojos grandes y que la gente vieja no conoce esos ojos. Hay que ser pequeñito para conocerlos, poder metérsele a Chicho detrás de la oreja y decirle cosillas.

“Estoy en mi casa”, Chicho no dice eso hoy. Chicho escribe a veces y dice cosas bonitas, pero no las dice en realidad, solo las escribe. A Chicho le cuesta decir cosas bonitas y eso puede preocupar a la gente.

También a veces se le pierden las cosas, pero de eso no trata el cuento, pero es un dato importante, sí sí. Ahí, afuera, en la nieve que no cae pero está, a Chicho se le pueden perder cosas, no porque sea todo blanco, sino porque casi no toma y cuando la gente no toma tiene mayor tendencia a acordarse de que se le olvidó algo. Eso dicen los estudios que yo consulto, que no son muy elevados ni importantes, pero son los que me sirven a mí a esta hora, cuando ojalá Chicho esté durmiendo, en una cama grande y que no se le hayan resbalado las cobijas y que ojalá no tenga zancudos molestando.

Chicho podría contarles sobre otro cuento que escribí pero no sé si lo conoce. Es bonito, habla de un pueblo en otra provincia, donde vive y ha vivido gente. No suena muy bueno, ni muy interesante, y eso está tan bien que no quiero decir más. Ese cuento es una cosa solo para Chicho.

Chicho tiene un secreto que yo conozco un poquito. Está en el interior de sus muslos (alguna gente le llama a eso la entrepierna pero a mí no me gusta ese nombre). No sé quién más lo conozca y espero que nadie más lo conozca y que así ese secreto sea más bonito. A veces me da miedo que nadie pueda lavar mi boca de estas cosas que digo, pero luego se me va el miedo y entonces me doy cuenta que no es un miedo grande que tengo, como los otros que sí son grandísimos y me ponen a decodificar mensajes en la música o en la ropa de la gente y a obsesionarme mucho hasta que me acuerdo de algo bonito y se me va el miedo otra vez y qué dicha. Se pueden construir casas en las pestañas de Chicho.

Yo conozco a otro Chicho que sí se llama Chicho y que no tiene otro nombre más bonito. Me llevaba a desayunar tempranísimo y tenía buses y ahora ya no, pero ahora tiene más plata y ojalá sea feliz. Tiene cara de pez mafioso. Eso me dice mucho y si Chicho conociera a Chicho entendería lo de pez mafioso. Pero Chicho del cuento no tiene cara de pez mafioso, tiene cara de usar vestidos aunque nunca le haya visto uno, tiene cara de juntar frutas secretas que yo no conozco y dármelas luego. Chicho tiene algo en el pecho que no se puede tantear con la mano, algo que uno tiene que escuchar, preferiblemente con la precisión de los simulacros. Solo así uno sabe lo que Chicho, cuando hay una luna enorme en el cielo aunque no se vea, quiere.

En este momento me imagino a Chicho como los últimos ratos de la última vez. Un cigarro en sus labios, mi mano que se esconde debajo de su camisa, que huele a Chicho, mis ojos desconectados de la boca que se esfuerza por hacer un sonido bonito mientras mi mano desabrocha su pantalón. Luego un abrazo que se prolonga hasta que amigos recién hechos se duermen. Me doy cuenta ahora que estoy mezclando momentos con Chicho, pero no importa. Aquel que no entienda lo que es sentir la falta manos para tocar todo lo que es Chicho, por dentro y por fuera, lo digo con grandísima certeza, no mereció el nacimiento.



martes, 31 de julio de 2012

Yo cuando estaba bien



Yo cuando estaba bien te tejí un caballo, porque creí que con eso iba a estar todo bien para siempre. Pero no y entonces cambia todo, pasa el tiempo corriendo pero con una pata renca, como la del caballo que tejí.

Cambian las cosas, Dios es negado a diario, vos y yo ya no nos hablamos y yo estoy todo tatuado. Bueno, en realidad no tengo ningún tatuaje, pero sí me gustaría hacerme uno, pero me da un toque de miedo. Mi hermana tiene novio ahora, me costó un toque creerlo, seguro a vos también. ¿Qué le dirías a ella? “Ojalá no salga como Juan”.  Es posible. Pero tranqui, no me molesta, yo no quiero a más gente como yo. Yo no quiero a más gente.

Antes, yo no era así. Cuando yo estaba bien era todo flaco y usaba tennis o camisetas. Ahora es diferente, aunque use tennis o camisetas no es lo mismo, me veo diferente, como que no estoy, como si la persona de atrás caminara lento. Se ve raro cuando uso ropa de cuando estaba bien. No es lo mismo. A vos te conocí cuando estaba bien, creo. En esa época yo apenas comenzaba mi relación con Piyi, mi amigo azul. Él nos llevó a todo lado, a mí todavía me lleva a todo lado, pero ahora está como cansado, parece que se agita cuando sube cuestas, él ya no está bien, pero está conmigo. Lo he chocado dos veces a Piyi, una cuando vos todavía estabas cerca y fue mi culpa, otra cuando ya no tenía a casi nadie y ya no estaba bien.

Yo ya ni sé. El camino es esta cosa que empeora.  Ya no hago tareas, ya no saludo al perro de afuera (apenas si le hablo), como carne, como mucha carne ahora, fumo más, tomo mal. Porque la vida es corta, pero se hace larga. Siento como que alguien me dejó perdido, o como que me dejé perdido y ahora no sé si soy el que se fue o soy el que quedó de camino. ¿Se entiende? No. No importa.

Si yo tuviera algún superpoder me gustaría que fuera el de esconderme. Como Zelig. Tal vez así las cosas habrían salido mejor y no estaría hablando hoy de otras épocas, de cuando no le dirigía la palabra a carniceros, de cuando no tenía todo roto. Nos habríamos escondido en la panza rellena de algodón del caballo, seríamos lo inverso del de troya, dos personas que huyen de la emboscada del exterior. Con mi superpoder nos podríamos esconder de las cosas feas, de lo que sigue, de dejar de estar bien. Me hubiera gustado esconderme del haber dejado de estar bien.

Ahora no espero nada, la mierda es que eso igual me ahueva, pero esa es la idea con esto de ya no estar bien, creo.

viernes, 27 de julio de 2012

Nightfishing




No empieza mal, pero empieza con un gringo imbécil. O más bien, con alguien que espera a ese gringo. Otro gringo, para ser específico. Un subnormal, calvo, pro-bush y que no tiene amigos. Por eso se viene a sentar con nosotros, mientras el gringo imbécil (más imbécil) pesca red snapper a las 9 de la noche,  mientras nosotros fumamos un cigarro en el corredor del Hostal. “He’s nightfishing” – dice y a vos te invita a ir a la playa a esta hora, le decís que no, lo jodés, él no entiendo tus chistes, yo me encuentro incómodo. Él se pasa riendo, yo mido lo que dice y estoy a la defensiva, espero cualquier desliz, cualquier palabra que toque un punto sensible para cortarle la cabeza. Vos en una hamaca que se siente sticky, dirás esto 10 veces más durante la noche, que se extenderá hasta pasadas las tres. Rotan las personas que nos rodean. Los que estamos en este viaje juntos, nos vemos obligados a entrar y salir de cuartos huyendo de los gringos. Jacó es el Puerto Rico de Centroamérica.

Nosotros, al igual que el calvo, esperamos a amigos, pero los de nosotros sí son de verdad, no son amigos porque nos regalan marihuana o cerveza, aunque sí lo hagan. Llegan riéndose, estaban en la casa junto al hostal, compraron mota barata, les trajeron putas por si querían, eran jóvenes, yo pregunté si se veían putonas y alguien me regañó por la pregunta. “No, se veían normales” –me respondieron. Yo no conozco a ninguna puta.

Temprano habíamos caminado 50 metros por la playa para sentarnos bajo un techito, porque yo me quemo. Los otros se pusieron al sol de las 4 de la tarde a rogar por fuego. No lo consiguieron. Así que comenzamos la acumulación de cervezas vacías sobre la arena, la repartición de cigarros que a diferencia de los panes, nunca se multiplican. Por eso mismo, 8 horas después, cuando ya no había gringos a la vista, saldremos vos y yo a buscar cigarros. Cuando ya estamos en la principal, le preguntás a nadie y no nos sabe decir, nos dice que tal vez si caminamos 600 metros podríamos encontrar un súper abierto. Yo digo “jamás”. “¿Jamás qué?” – debiste haberme preguntado. Caminamos en silencio, cruzamos la calle amplia de Jaco Beach, entramos a un bar y compramos, por primera vez, cigarros juntos.

Los lapsos en que estamos acompañados y en los que estamos a solas se intercalan como fragmentos de películas que no se conocen entre sí. Es decir, a los ojos del espíritu santo, en un momento somos un grupo de carajillos que experimentan con drogas en la playa, que se asustan cuando les ofrecen perico, que tienen prohibido preguntar si las putas estaban ricas. Luego cambia el filme, dos puntitos temporales en la arena no se acercan mientras caminan pero se ven, en la cabeza de uno suena la banda sonora íntima de cualquier cabeza, en la otra, no se sabe, fuma sentada en la esquina de alguna calle, espera el café de la mañana, esa sos vos. Pero la mañana no vendrá al día siguiente, estamos lejos de casa y probablemente no sepamos cómo llegar. Mi cabeza es este televisor mal sintonizado donde películas se entrelazan sin razón evidente.
Cuando veníamos en el carro hacia Jacó decías poco y creo que yo hablaba mucho,  estuvimos en una presa por cuarenta minutos sin movernos, ahora que digo esto, ¿de qué estoy hablando? No importa. En la noche, hicimos lo mismo, quedarte callada es la forma en que decís mi nombre.

Y hay algo de desgastado en esta historia. Las horas que llegan tarde y se van rápido. Vos y yo, acostados mi cabeza cerca de tu hombro, tu cabeza flotando, siempre alejándose del suelo. Yo empiezo un ritual que ya debería odiar, el acercamiento metafísico, eso que vos no sabés, pero que significa “yo me quedé en tantos cursos”.

La noche, como todo, se acaba. A muchos les dejaría el sabor a tiempo perdido, porque la idea del beso de cabeza entre Spiderman y Mary Jane Watson en la primera película, estuvo instalada. Porque los cuerpos apuntaban en direcciones opuestas, pero las mentes también. Así que el sueño brota sin que nadie lo vea llegar, mis dedos en tu cuello, repitiendo el movimiento que nunca aprendieron verdaderamente durante las clases de guitarra. Vos caés dormida primero, yo me conformo con este tacto unilateral, por darte la sensación de lluvia en los hombros con mis dedos, mientras la playa camina hacia atrás, dejándonos.

Al día siguiente todos despiertan en sus camas a pesar de que una está vacía. Gran misterio para los que no estuvieron ahí. Nadie dice “desayunemos”, todos tenemos cara de merecer una ducha. Pasamos uno por uno por esa arcaica máquina contra la goma. Luego ellos se van con vos a la playa y quedo yo en una de las hamacas, sigue sticky, te digo telepáticamente mientras estás en la playa no viendo que releo los poemas que ya te leí ayer.

Vuelven en partes, vos primero, luego los otros. Ya tenemos las cosas listas para irnos, salís con ellos y yo vuelvo para cometer un crimen. Bueno, no sé si el hurto es un crimen. Un 27 de julio robo el primer libro de mi vida y es para vos. Siempre supe que ocurriría, pero nunca imaginé que sería en la playa, en un hostal y que no me lo dejaría yo.

No pude ver tu cara cuando te lo di, manejaba y debía concentrarme en que nadie nos matara. Ahora imagino el tamaño de tus ojos, que desde esta distancia adquieren proporciones mitológicas. ¿Te han dicho, alguna vez, el camino que recorren las mujeres de ojos grandes desde este lugar donde nacen hasta el país desconocido del que alguna vez salió esa mujer que nunca fue invitada a jugar? Una lástima, una historia triste. Así debería comenzar la próxima historia que te cuente, no hablarte sobre perros que no saben ladrar. Soy torpe y es vano creer que cuando nos volvamos a ver ya no seré así.

Siento que me faltó hablarte en la noche sobre un montón de cosas, como del fresco de cas o de mi forma confusa de organizar los libros. Te digo, ahora, que cuando manejaba espiaba por el retrovisor, jugaba solo y en peligro cuando cruzábamos el kilómetro 51, ustedes iban tan tranquilos cantando y yo jugaba solo y con sus vidas, y ¿por qué? Por ver lo que cantabas en esa, mi esquina buena.

sábado, 21 de abril de 2012

Perú 2011


Hicimos pan tan blanco
para bocas ya muertas
Julio Cortázar


Este año no parece este año. Parece otra cosa, como si el año 2011 durara, solo por esta vez, 16 meses. Sobre esto ya he escrito, diciendo que lo cruel se alarga, como aquella mano amarga que camina sola. Esto que me rodea es Área City, bar de mala muerte, pero de muerte a fin de cuentas, que es lo que importa. Camino en línea recta (aunque no creo que sea cierto) de la barra hacia ésa que me ve y me deja de ver. Es una peruana que me ha dicho su nombre hoy. Luego lo repetirá algunas veces más, también me preguntará el mío, incluso cuando ella ya lo sepa. Pero no hay que adelantarse, primero hay que echarnos cosas en los ojos, así que compramos más cervezas. Bailamos de la única forma posible acá, dándole la mano a una cerveza, restregando los ojos por el cuerpo, dejando, a veces, que los pies se eleven un par de centímetros hasta tocar la manta negra que es la noche o que es el techo.

Al humo ya no lo dejan entrar, así que no hace calor, pero se sienten ganas. Como ahora, cuando parece que la peruana y yo estamos solos, que el bar se ha transformado en algo que no vuelve. Como si ya se hubiera acabado la noche y todos se hubieran ido corriendo, en fuga, con los ojos y las entrepiernas empapadas, casi como la peruana y yo.

Somos el cuarto trasero del bar, una esquina del rectángulo donde la luz no cae. Acá nadie nos puede ver. Pero eso es mentira, todos nos pueden ver, no hay nada especial que nos rodee, somos otro conjunto de labios que se aprisiona, viendo quien puede sacarle más al otro. Pero nosotros cerramos los ojos, que resulta lo mismo que si nadie nos pudiera ver. Esta noche se buscan cosas dentro de la boca, es como el ejercicio de la memoria. Movimientos fútiles, reflejos, subconscientes.

Somos la última tijera del mundo. Algo que si se ve en un bar no se entiende y que, curiosamente, asusta.



viernes, 30 de marzo de 2012

El señor Kim




Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
Vicente Huidobro


El señor Kim cruza la calle corriendo, como si detrás de él viniera la policía norcoreana. Lo espero frente a un parque que oscureció con gente y caminamos, me dice que le gustaría verme correr algún día y sonríe, yo no respondo y también sonrío. Me lleva hasta un punto del parque desde donde se puede oír jazz. Nos sentamos y compartimos un cigarro. Hace frío y él no se cubrió lo suficiente antes de salir, le presto mi abrigo, y es un momento un tanto incómodo mientras lo abrazo colocándole mi jacket, quedamos un rato en esta posición un tanto mística, pero ya no es incómodo, estamos unos segundos donde debíamos estar.

Intentamos hablar de amigos en común, pero no hay ninguno o, por lo menos, no cerca. Me cuenta de su casa paterna, la casa de Appa que es como decir Dad, pero en coreano. Hay policías cerca y nos ven tomar, pero no dicen nada, saben que hoy son como un gato triste o un número impar que pasa por el parque.

Le cuento sobre el hombre que vive por mi casa que tiene un parche en el ojo. Hace poco lo vi y me di cuenta que está casado y tiene una hija. Él sonríe mucho y tiene colochos como yo no tengo, “podría ser su amigo” le digo, entonces sonríe, el señor Kim también está buscando algún amigo.

Se ríe mucho cuando me oye hablar así y yo también, pero de forma diferente, él me da su cara sin saber que la disfruto, en cambio yo agacho la mía. Le enseño al piso que yo también sonrío.

“Es raro, dice él, a veces en la noche me imagino qué me dirían si volviera a allá”. No entiendo muy bien a qué se refiere así que nada más asiento. Caminamos de vuelta al carro, no tenemos ningún lugar al que llegar, eso puede resumir la situación entre el señor Kim y yo, pero ahí seguimos, caminamos de vuelta al carro como si nos fuéramos separando, ya se desvanece esa tregua de estar sentados los dos muy cerca en el parque, yo vuelvo al sur, él al norte. Lo acompaño hoy, como me ha gustado hacer cuando son otras noches, cuando menos ojos nos han visto juntos.

Saliendo del parque nos encontramos a mis amigos, les digo cosas de las que no me arrepiento, que los odio, luego rocé inconscientemente la mano del señor Kim que se había puesto rojo antes de tiempo, previendo el contacto vano, los ojos del pecho sonriendo. No me arrepiento de nada de este día. Al día siguiente ellos probablemente me dirán “Qué bueno y dulce es Kim”. Nunca volverán a tener la razón de una forma tan dolorosa.

El señor Kim dice ser coreano, a pesar de tener un pasaporte gringo y uno cubano y de no tener los ojos achinados.

“Pues claro, cómo voy a tener los ojos achinados si soy coreano”  – dice, no me ve, nada más revisa rápidamente las fotos que ya me va a enseñar. Estamos en su apartamento, hemos abierto tres portones para llegar hasta acá, la superficie de las gradas era muy pequeña así que me costó subir. Me ha costado mucho llegar hasta aquí.

Temprano fui al ciclo de cine coreano y no lo vi ahí, aunque me hubiera gustado. Debe ser que él no extraña su patria como yo lo hago, o tal vez porque su nombre es más gringo que asiático.

“Ésta no sé por qué la tengo, ha de haber sido alguna demostración militar” – comenta la foto, tres aviones cruzan el cielo echando mucho humo, es a blanco y negro, pero casi puedo ver los colores. Uno tiene las alas rojas, el otro se precipita hacia abajo y parece como si todos se fueran a morir, por un momento me preocupo, pero luego pienso, al final todos se van a morir.

“Señor Kim, ¿por qué me enseña esto?” – quiero decírselo pero no lo digo, nada más lo pienso. Él sigue pasando las fotos, busca algo, me pasa nuevas, un grupo de mujeres norteamericanas, en un parque, riendo, hay mucha comida, en Corea no hay tanta comida. Al Pacino en un taxi, ve a la cámara indiferente, el Señor Kim está enamorado de Al Pacino, me lo dice riéndose. Me gusta cómo se ríe el señor Kim.

Me cuenta que tiene un hermano que se llama Kim-ki y un primo que se llama Kim-chi, me parece que no me quiere decir algo y que por eso sigue hablando como si Corea existiera.

Su apartamento es un sitio donde hay libros míos escondidos debajo de la cama, yo los puse ahí. No sé de qué color son las paredes, tal vez muy blancas. El piso creo que no es de madera, ni el techo tampoco, ambos sirven muy bien para reflejar la sombra del señor Kim, que parece un banco de peces. En una esquina del apartamento hay dos relojes de arena corriendo, uno contra el otro, pecho a pecho. Hay cosas viejas con cosas nuevas, como pasa a veces.

“¿Quiere vino? No queda mucho, yo lo hago, pero hace varios días no hago.” – Se levanta y saca una botella pequeñita de la refri, que también es pequeñita – “Casi no queda, pero así nos refrescamos la boca, está hecho de arroz, como el vino coreano.”

“¿Cómo sabe usted tanto de Corea?” – le pregunto casi sin consciencia de lo que estoy insinuando. No levanto la mirada pero sé que él me ve asustado, no responde, es muy temprano.

“Ay, qué tarde es” – digo, mientras apago mi cigarro, nos vemos a los ojos, redondos de ambos, él se pone rojo, yo lo veo buscar inútilmente una respuesta. 

Corro cosas pesadas de mis párpados, las escondo en otro lugar como si me dijera – “esto lo describiré después”. A veces parece que nos conociéramos desde antes.

Él no quiere despedirse, me pregunta si quiero ver las fotografías pornográficas que carga en su billetera. Por un momento pienso que es una trampa, que lo que está sucediendo tiene alguna carga perversa. Algo nos ha flotado siempre encima. Lo miro, tiene el pelo redondo y corto, sus ojos parecen no mentir, como cuando dice que es coreano, pero aquí ninguno de los dos dice la verdad desde hace rato. Esto se ha vuelto un juego de quien dura más frente al otro.

Todavía nos podemos comunicar, no sé cómo es posible.

“Señor Kim, no sé qué hacemos aquí.”

lunes, 12 de marzo de 2012

Decís que ya es marzo, como si dijeras que te llamás perro



Las arañas están hinchadas, se les ha caído el pelo y se ven lindísimas. Limpio ceniza del teclado, grito jueputa, no quiero ver lo que veo, la araña mayor, crecida, de piernas largas, que sale de noche y luego vuelve a meterse debajo de una silla debajo de la cabeza.

Las arañas de mi cuarto se han hinchado. Ayer llegué a las 3 am, ya era hoy.

En el cuarto camina una por la pared, no me ve, la pared no tiene cosas puestas como pasa en los barcos que se hunden. Ahora sí me ve, con los ojos hinchados, la nariz tristísima.  En otras noches ya me ha mordido la cabeza.

Me alisto para dormir, coloco 13 almohadas vacías sobre la mitad de la cama que todavía queda, ya es de día. Busco por las paredes del cuarto a las arañas hinchadas, no las veo. Hoy se han quedado afuera del cuarto, no han vuelto. Tengo fotos de ellas riéndose, con las manos en la cara. No es mentira, podría enseñarlas, pero no quiero. Son mías.

Me despierto, ayer nadie me visitó. Conocí a una cosa pequeña mientras hacía fila, pero creo que no va a importar, como pasa casi siempre. Todavía no entra la noche, ya casi. Queda media cama en el piso, salgo del cuarto, miro hacia atrás, no hay nadie por ahí, no hay una serie de ojos espaciados que me ven con ternura, ya no.

.
.
.

Pobre perro, te faltaron algunas cosas que decir. Estarás afuera, esperando, unos días más, las arañas no vuelven, entendelo, tienen que tejer cosas bonitas, vos no ayudás para eso. Mejor buscate algo para guindar en las paredes o aprendé modales de mesa, que ese cuarto tuyo es imposible de habitar, dejá para otro día el salir corriendo a abrazar, el esperar bichos que ya no vienen.

Cruzá las piernas, sentate con la espalda recta, mirá por la ventana, fumate un cigarro, quedate en paz, perro, dejá de hacer como que alguien te llama.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Posdata 2.

Escribo esto luego de que los fragmentos previos han sido entregados, se entenderá entonces el camino por el que corre la posdata número 2.

(no) Podría ser peor. Ahí estoy. Escribo esto en el edificio al que nunca voy a volver, me sonríen profesores que nunca volveré a ver. Ando en el bulto un mantel de un picnic al que nunca voy a volver.

Es hora de volver a leer, la vida me ha cansado. Los niños no están hechos para vivir en el mundo real.
El perro quedará ahí. Le llevaré galletas cuando sienta nostalgia.

Solo puedo pensar en la dedicatoria del hermoso poema Tabaré, de Juan de Zorrilla de San Martín. Transcribo ahora el principio y final del mismo, lo que está en el medio importa ahora tan poco.

- A mi esposa Elvira Blanco de Zorrilla

[...]

Nota 1. Después de escrita esta página que respeto hasta en sus incorrecciones, antes de darla a la prensa, mi esposa ha muerto... He bendecido la voluntad de Dios que me la dio y me la quitó; he ofrecido a Dios, como holocausto propiciatorio, los pedazos de mi corazón que él destrozó. Con la absoluta evidencia de fe, solo veo en el dolor el mundo de las divinas misericordias. Sea.

lunes, 13 de febrero de 2012

Una noche cerré los ojos y pasaron cosas que ya pasaron




Vivir solo es comer en restaurantes
cuando tenés plata,
y distraerte haciendo la comida
cuando no tenés plata.
Es tratar de convencer a las amigas
de que aún es muy temprano
                                               para tomar el bus,
y llegar a la torpeza de mentirles
                                               respecto a la hora.

Es mordisquear los hombros
de todos tus amigos y amantes
para delimitar el terreno de tu ternura
y para decir hasta aquí, o a veces,
                                               a partir de aquí.

[…]

Vivir solo es pues,
pasarse las noches
miserablemente agarrado a las barras
de este zepelín silencioso,
esperando distinguir algún conocido
entre esa masa que ya no se acuerda
de vos.
Que te desnombra
desde que vos olvidaste
los ojos de aquella única hembra
que alguna vez te vio con ternura.

Vivir solo es,
a fin de cuentas,
el trauma
de haberla perdido.

Vivir Solo - Alexánder Obando


Estamos en el carro. La música que suena resulta el terreno borroso donde todavía podemos hablar. Traigo las manos cansadas, casi no dormí. Un punto rojo en el cielo le decía a alguien que cosas malas iban a pasar, yo solo hablaba, contaba cuentos. Ésa es mi forma de seducción, la menos eficaz, la más absurda.

Hace calor en el carro. Los ojos nos han crecido anormalmente, en algún momento todos hemos llorado. Desde el retrovisor puedo ver todas nuestras caras, parece como si nevaran. Siempre que hace calor, tomo consciencia que en algún momento, más bien pronto, tendré frío.

Pronto estaré muy cansado, todos los caminos tomados ya no contarán. Otra vez estaré perdido, caeré de nuevo en algo de lo que tendré que volver a salir, en algún momento, dejarlo, tal vez esta vez para siempre. Me dolerán los dolores viejos, que ya no importan. Me dolerá algo que ha dejado de ser, ya estoy cansado, solo recuerdo unas uñas pequeñas llenas de besos sinceros en la cara y al cuerpo que he abrazado con más cariño, desde el día que envenenaron a mi primer perro.

Cuando esté solo me arrepentiré de no haber visto sus rostros más tiempo, aunque fuera solo como lo hacen ahora, como si no me reconocieran. Me saldrán lágrimas pensando. Esto será después.

Tengo el estómago revuelto, no me pude comer el huevito del desayuno. Seguimos en el carro, cantamos y jugamos a estar bien. Estos juegos en los que las he metido o en los que ellas me metieron están a punto de pasar la factura.  

Me pesa todo lo que va en el carro. Cada minuto abrazado sobre las piedras. Cada regaño por gastar el encendedor, la pérdida de un hogar, de la familia del 2020. Estas palabras son lágrimas.

Muy pronto nos separaremos (hace poco predije que esto sucedería, también dije que estaríamos bien, pero esto último, ya no lo creo). Alguien ya ha sacado los tomates de una bolsa y los ha pasado a otra. Alguien ha dividido salomónicamente las latas de atún. Yo he quedado con dos bolsas rojas en mi cuarto llenas de nada. Estoy hastiado de esas bolsas, pero demasiado afectado como para moverlas. Entra en mi cabeza la idea de dejarlas ahí, como un monumento a ellas. Me doy cuenta que estoy perdiendo la razón.

No quedarán fotos de este momento, los tres en el carro, 28 grados centígrados, las caras que nievan. Solo tendremos fotos de cuando veíamos todo desde arriba y yo hablaba de arquitectura moldeada para combatir fantasmas, los tres reímos, parecía como si los tres nos lleváramos de la mano. Ese día es ayer y como Jesucristo, nunca va a volver.




viernes, 10 de febrero de 2012

Ilppal



El nombre lo escuché sin entender de qué me hablaba. Era tarde y no llovía, la luz era primitiva en la universidad, flotaba. Yo sentía que nos escondíamos debajo de la cama, con el misterio del Ilppal ahí afuera, del lugar que nunca conocería y que había sido la vida de ella. Yo me escondía de la idea del Ilppal, del pasado, que si no es el de uno resulta amenazante, como menos.

“¿Cómo se escribe Ilppal?” – le pregunté, manteníamos los brazos cruzados, éramos dos figuras precolombinas de poses ambiguas.

“Así, como se oye” – me dijo. Yo removía haches mentalmente y comenzaba a caer en cuenta de que la eñe muda y final nunca fue una posibilidad.

Acá teníamos que esperar un par de horas a que ya no hubiera presa. No queríamos movernos o yo tenía miedo de que nos moviéramos. Seguíamos conversando, cada vez de cosas más pequeñas. De la mano cruzábamos temas peligrosos y ambiguos, de los que no se habla, de los que uno se lleva a dormir. Yo me esforzaba por hablar como si no estuviera ahí, decir “Sí, ésa me parece la mejor opción para que vos resolvás aquel problema”. Me esforzaba por ser una persona que da consejos, que señala y corrige errores, que pone barreras. Me esforzaba por no estar ahí como yo. Me daba miedo.

“Como en su sueño, a mí también me da miedo que usted ya no me reconozca, lo de la enagua no me importa tanto” – le dije, hablando en serio pero intentando ser gracioso, cuando nos agotábamos, trayendo palabras de conversaciones recientes, no tan pasadas. Ella quedó en silencio, como quedaba a veces, cuando yo era más oscuro.

El aire se vuelve un muro para leer su mente. No logro saber lo que piensa, como ahora que se ríe y luego se disculpa y hace que todo esté bien. Yo estoy echado desnudo sobre la calle y hablo como llorando, he sido arrojado al mundo dirían los existencialistas. Ella no puede no conocerme.

Le pregunto cosas de su pasado, cuidadosamente. El hermano, los papás, los viajes en carro en familia a lugares que se alcancen cuando se hace de noche.

El terreno neutral se comienza a acabar, ya se acercan las cosas que no se dicen, las que uno corre el peligro de expulsar durante este Zeitgeist tibio.

Siento deseos de salir a caminar, tomo fuerzas y decido hacerlo. Dormirme de camino, con un brazo encima, que mañana amanezca y sea domingo.

“¿Le puedo contar un cuento? “– le pregunté sabiendo que no se negaría. Me acerqué a ella dejando de ser dos que se sienten a la orilla de la noche en un parqueo, la luna llena.

Comencé:

En el Ilppal crece un árbol que casi nadie ha visto. Nació solo, como el niñito Jesús. Tiene un encierro de madera alrededor, como un redondel. Como un grupo de gente que lo abraza. Y está bien. Vive bien ahí el árbol, que no es tan alto como lo son regularmente, pero que es muy bonito y lo quieren mucho. Tiene hojas verdes que a veces se vuelven amarillas, como los ojos de los animalitos que vienen a dormir debajo de él, animalitos de barba y con un ligero olor a alcohol.

Más allá de su vida feliz en el Ilppal, el árbol tiene un deseo muy grande, que a veces se le olvida, pero eso no lo hace menos grande. El problema es que está encerrado, tiene un redondel de manos que lo abrazan y le impiden moverse a veces. No siempre.

El árbol cree que debe mantenerse firme, pero los animalitos le susurran al oído que no es cierto. Suben hasta su rama/oreja y le dicen que los médicos han dicho que su salud es buena, que es flexible, que no tiene que descansar si no lo quiere.

Entonces queda la duda en el árbol, que busca algo que no sabe qué es, pero que busca algo que debe ser algo.

Al mediodía llegó un animalito muy pequeño. Los dedos casi no se le veían, tenía los labios rojos y ojos grandísimos. Comenzaron a andar.

Comerán pan y atún, pelearán con perros, harán canciones, ocasionalmente verán un animalito de barba que las sigue, se percatarán de él por su leve olor a alcohol. Luego no se verán por un rato, pero ellos estarán bien.

martes, 31 de enero de 2012

Los amores imaginarios I




Lo único que me permite ver su perfil de Facebook es que asistió a aquel concierto donde la vi por primera vez. Ese día llegué a medias, esperé en el parqueo, luego pedí una gin, había gente en un restaurante peruano.

Antes ella no existía, después dejó de hacerlo. Ese día se presentaba un libro y yo veía a mis amigos por primera vez, después de un mes grande.

Durante los días anteriores al concierto no había habido alcohol. Solo hubo una visita y media al hospital, un cadáver que desfiló engañado por los pasillos de la universidad, hubo numerosas pocas cosas. 

Conectaban cables que terminaron sonando mal. Afuera quedaba la marca de un tren grande que recorrió muchas veces la superficie antes del concierto. El libro tenía estrellas superpuestas en la cara y mi espalda parecía de otro cuerpo.

Con la espalda inútil, saludo a muchos y caigo incómodo entre la multitud semialfabeta. El dolor me hace girar la cabeza hacia la derecha. Mi cuello se mueve menos que el segundo piso y ocurre lo predicho en la primera frase. Destruyo a la multitud con los ojos y solo queda un cuerpo con estrellas superpuestas en la cara. Se pasa un brazo por la cara, “parece una pared de hojas” me digo.

Un impulso primitivo me hace querer tocar sus dedos. Lo evito, lo controlo. Como castigo aletea la mariposa que hace terminar la noche. Estoy en el auto, sin darme cuenta. La noche resulta espesa. Se ha ido el tumulto con su olor a marihuana. Yo pasé la noche a secas.

La espero 300 sur de una antigua relación.

sábado, 7 de enero de 2012

Cerca del redondel del Coco


La casa alcanza a llenarse con el calor. Gira despacio el ventilador de la sala, que parece una persona que se acerca lentamente, alguien a quien desconozco. Una pareja de flores hacen la luz de la habitación, guindan en la pared sin ver a nadie. Discos transparentes se apoyan para hacer puertas. Estamos reunidos en familia en este punto sudoroso que se llena de polvo cuando abrimos los ojos.

Un rompecabezas se acuesta de espalda al suelo. Lo vemos todos los días cuando bajamos a desayunar, cuando intercambiamos llaves para organizar, de la mejor forma, la salida y entrada a este sitio que juega a encerrarnos. Ésta es la casa de nadie.

Exuda no es una palabra. Alguien dice.

Tomo lo que me dan. Una coca, una cerveza, tres cocas largas que hay que atravesarse, como si fueran zancadillas.

Nos juntamos para comer en casa, a pesar de que resuena en mi cabeza “el gato está echado”. El perro ladra. No sabe bajar gradas.

La familia se refleja como una sombra en las puertas, están cerca. Van al súper, traen bolsas, traemos bolsas del súper.

La casa alcanza para un mes, quizá un poco más. Llevamos días enteros ensayando la vida que ya pasó. Somos esa familia que fue una familia por muchos años. Acá hace calor, para eso está el ventilador.  La pasamos bien, pero cómo hace calor.

Gira despacio como una persona que se aleja.