miércoles, 8 de diciembre de 2010

Felis silvestris catus


Hace algún tiempo estuve viviendo en una ciudad bastante distinta a ésta. Ahí era difícil encontrar cajeros automáticos o paradas de bus con techo. Las personas se desplazaban más que todo a pie y de esta forma se podía ir de un extremo de la ciudad al otro, de forma cómoda, sin sudar mucho. Recuerdo que había grandes gatos por todas partes. Era una de esas ciudades que se dan por ahí, como de repente. Repito con temor a molestar, los gatos de esta ciudad eran grandes, no gordos o algo por el estilo, simplemente su tamaño excedía lo que hemos llamado como normal. Podían alcanzar los 50cms de altura y hasta 80cms de largo, cosa que rara vez se ve en las otras ciudades que he conocido, acepto que no han sido muchas, pero es raro ver un gato tan largo, con una cara que coincide con unos ojos, que da miedo decirlo, insensibilizados.

Todos sabíamos que la ciudad estaba sobrepoblada de estos gatos, pero no era tan sencillo verlos. Nosotros llevábamos nuestra vida como si nada, íbamos al teatro o a un pequeño bar que había cerca del parque. A veces sacábamos dinero del banco y a veces comíamos en restaurantes. Era una buena vida.

No era como que los gatos se nos escondían, se les podía ver por ahí, generalmente en dos ocasiones. Una era cuando dormían, que usualmente lo hacían en los balcones o en las entradas de las casas y bajo ninguna condición se les debía despertar. La otra era en esas incómodas temporadas de apareamiento en verano, temporadas sumamente violentas.

El verano no era la única época en que se tenía dificultades con los gatos. Allí se vivía un invierno raro, frío pero igual muy seco. Pasábamos expectantes de las grandes nubes amoratadas que colgaban sobre nosotros. Nubes llenas y crujientes, pero que sencillamente no reventaban. Habrá sido que los gatos no lo querían. Era como vivir debajo de tetas gigantes y tener sed, mucha sed. Porque a veces aunque no haya calor, la sed agobia. Todos somos muy frágiles cuando tomamos conciencia de lo que no se puede tener, se nos caga el humor y nos dan ganas de ahorcarnos entre nosotros.

La verdad es que yo no soportaba a esos gatos. No sé, tal vez no soy una persona de gatos, pero detestaba verlos cruzarse frente a mí como si fueran los dueños de la ciudad, como que ellos nos dejaban verlos ahí, que nos dejaban verlos cuando ellos querían. Nadie me hacía caso, vivía en una ciudad donde los gatos eran normales y a los que les molestaba su porte prepotente se les trataba de anormales y desadaptados. Era raro cómo todo terminaba girando en torno a ellos.

Lo único que me mantenía ahí era el cabello de Catalina en verano y su calor en invierno. Más allá de eso ya no aguantaba ese clima sucio y esas calles secas. Ya no soportaba la impudicia de esos gatos, su voraz apetito sexual. Igual todo se desgasta con el tiempo.

Recuerdo una vez en su casa no encontraba mi sombrero. Catalina me decía que yo no lo había traído, pero yo le decía que sí, que sí, que lo había dejado en la sala. Lo seguí buscando un rato más, pero Catalina dijo que ya nos teníamos que ir a comer, que lo buscara luego en mi casa. Comimos en cualquier restaurante y la acompañé de vuelta a su casa. Subimos hasta la puerta y ella entró rápidamente, entonces me fui a mi apartamento. Mientras caminaba por el frente de su edificio vi a un gran gato salir por la ventana de su apartamento. A esa hora ya oscurecía y las lámparas de la calle se iban prendiendo. El gato se movía con un brillo exagerado, era aparentemente inmortal. Al día siguiente Catalina me dio mi sombrero y dijo que lo encontró en medio de la sala y que probablemente yo no había buscado bien. Catalina y yo no nos vimos por algún tiempo ¿De qué le servirá un sombrero a un gato?

Mis últimos días en la ciudad sucedieron con aparente normalidad. Entraban personas a los parques y cafés, escribía en las tardes, tomaba en las noches. Dejé de usar sombreros por temor, pero más que todo por asco. Fueron días sin lesión, sin daño, sin historias. En otras palabras, días de mierda.

Una tarde me dirigí al apartamento de Catalina, sin motivo verdadero. Llevaba días sin verla y no sabía qué esperar de ella cuando yo llegara. Subí los 15 escalones, divididos en 3 escaleras, que me distanciaban de la puerta. Olía feo, diferente, como a orina de animal, pero poco importa eso en una ciudad reinada por gatos. Yo llevaba un maletín con unos pocos poemas, todos recién escritos. Trataban de temas añejos, el color de la sangre de los niños, el olor que adquieren los billetes con el tiempo, el asco de saberme rodeado de tantos animales iguales e invisibles.

Llegué hasta la puerta y comencé a buscar las llaves que ella me había dado. Busqué en las bolsas de mis pantalones y nada. Salió un fuerte ruido del apartamento. Tiré mi maletín al piso y busqué ahí, no estaban. Continuaba el ruido agitado dentro. Busqué con mayor intensidad. Recordé que en esa ciudad no se frecuentaba utilizar llaves así que la puerta tal vez estaría abierta. Lo estaba.

Entré y lo vi junto a ella en el piso, con un finísimo cigarro y su capacidad de fricción. Yo comprendí poco. Me miró asustada. Ella lo sabía. Éramos distintos y nos habíamos quedado sin juegos. Me continuó mirando casi sin respirar. Levanté mi maletín y le dije: No me debés nada.

Me fui como llegué, solemne, sombrío, de otro siglo.

Me fui y la dejé junto a un enorme gato gris, el más grande que vi durante mi estancia en la ciudad.