jueves, 6 de diciembre de 2012

Nunca conocerás Varsovia

parte 1 de 1


Esa ciudad que conocés tan bien como la región sureste de la palma de tu mano, no es Varsovia. Tendría que ser otra. Estas calles nevadas que ves ahora, nunca han sido pisadas por la guerra. Esa otra ciudad, con nombre de sierra y cabello que llega hasta la cintura, se borrará de tu memoria como si los Panzers alemanes tuvieran entrada libre a tu país de la mente.

Y eso explicará mucho, dará el porqué de que las cosas te duren tan poco, de que se te olvide con gran facilidad el nombre de aquella mujer nacida en los Ángeles, muy conocida, modelo y que luego se hizo actriz. Pedís que te digan quien es la mujer, que si es cierto que superó el punto más alto de Polonia a punta de drogas.

“Todo lo que yo sabía era sobre pescadores pobres y sirenas” decís eso y que no ocupás más. Buscás calma, sentirte en paz con no saber más sobre Varsovia. Estarás bien, la nieve acompaña a todos. La nieve, el único desierto que no perdona, ni a sí mismo, en un mes desaparecerá, se perderá a sí misma, así será. Inmediatamente te das cuenta de que es como vos. Un desierto dentro de un desierto.

Te toca lo que sigue, caminar hasta tu casa, que amaneció con las esquinas congeladas, señalando hacia arriba y hacia abajo, la casa que el día anterior almacenó al corazón más grande de Varsovia. Les dirás a todos que olviden lo que ha pasado en los últimos días, que se tomen de las manos y acepten que vos nunca conocerás Varsovia.

Esta es tu forma de estar solo.

Sospechan de vos, como creías. Decís que no, que no estás escribiendo su nombre, ni seguirás haciéndolo. “Moje Imie! Moje Imie!” exclama Varsovia y te asustás porque está en lo cierto, aunque digás que no, aunque le digás que no a Varsovia.

Vos, que nunca conocerás Varsovia.

“Ya está muerto el primer habitante de Varsovia, hace rato” te decís, y eso está bien. Afuera de vos hablan de tiempos pretéritos, alguien explica algo en su lengua materna, pero no a vos. “Dícese de Varsovia que en los años previos a la guerra, la gente visitaba la iglesia en el centro todos los días”. Recordás.

Recordás, no estás viejo, pero sos más viejo. Oíste sobre Varsovia hace ya varios años, en la época en que las hormigas te rogaban que abrieras un hueco más grande en su hormiguero. Nunca supiste qué era esa cosa blanca que cargaban las más lindas.

Esto no es una película sobre Varsovia, tu vida no es una película sobre Varsovia, eso es lo que más te cuesta entender. Así que te decís que el nombre de este texto debería ser otro. Tenías opciones “Diez formas de dejar el perico” pero no periqueás. “Diez formas de olvidar a la morena” pero no tenés ni morena ni memoria. Entonces te toca quedarte con el otro, el que habla más, el que se parece a ese pequeño diccionario polaco que todavía cargás en tu bolsillo trasero.


(Un poco de esto, también ha de ser, culpa del frío que ves por la ventana y por las plantas de los pies. Tal vez los pastizales de Mongolia te habrían servido más.)

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