miércoles, 8 de diciembre de 2010

Felis silvestris catus


Hace algún tiempo estuve viviendo en una ciudad bastante distinta a ésta. Ahí era difícil encontrar cajeros automáticos o paradas de bus con techo. Las personas se desplazaban más que todo a pie y de esta forma se podía ir de un extremo de la ciudad al otro, de forma cómoda, sin sudar mucho. Recuerdo que había grandes gatos por todas partes. Era una de esas ciudades que se dan por ahí, como de repente. Repito con temor a molestar, los gatos de esta ciudad eran grandes, no gordos o algo por el estilo, simplemente su tamaño excedía lo que hemos llamado como normal. Podían alcanzar los 50cms de altura y hasta 80cms de largo, cosa que rara vez se ve en las otras ciudades que he conocido, acepto que no han sido muchas, pero es raro ver un gato tan largo, con una cara que coincide con unos ojos, que da miedo decirlo, insensibilizados.

Todos sabíamos que la ciudad estaba sobrepoblada de estos gatos, pero no era tan sencillo verlos. Nosotros llevábamos nuestra vida como si nada, íbamos al teatro o a un pequeño bar que había cerca del parque. A veces sacábamos dinero del banco y a veces comíamos en restaurantes. Era una buena vida.

No era como que los gatos se nos escondían, se les podía ver por ahí, generalmente en dos ocasiones. Una era cuando dormían, que usualmente lo hacían en los balcones o en las entradas de las casas y bajo ninguna condición se les debía despertar. La otra era en esas incómodas temporadas de apareamiento en verano, temporadas sumamente violentas.

El verano no era la única época en que se tenía dificultades con los gatos. Allí se vivía un invierno raro, frío pero igual muy seco. Pasábamos expectantes de las grandes nubes amoratadas que colgaban sobre nosotros. Nubes llenas y crujientes, pero que sencillamente no reventaban. Habrá sido que los gatos no lo querían. Era como vivir debajo de tetas gigantes y tener sed, mucha sed. Porque a veces aunque no haya calor, la sed agobia. Todos somos muy frágiles cuando tomamos conciencia de lo que no se puede tener, se nos caga el humor y nos dan ganas de ahorcarnos entre nosotros.

La verdad es que yo no soportaba a esos gatos. No sé, tal vez no soy una persona de gatos, pero detestaba verlos cruzarse frente a mí como si fueran los dueños de la ciudad, como que ellos nos dejaban verlos ahí, que nos dejaban verlos cuando ellos querían. Nadie me hacía caso, vivía en una ciudad donde los gatos eran normales y a los que les molestaba su porte prepotente se les trataba de anormales y desadaptados. Era raro cómo todo terminaba girando en torno a ellos.

Lo único que me mantenía ahí era el cabello de Catalina en verano y su calor en invierno. Más allá de eso ya no aguantaba ese clima sucio y esas calles secas. Ya no soportaba la impudicia de esos gatos, su voraz apetito sexual. Igual todo se desgasta con el tiempo.

Recuerdo una vez en su casa no encontraba mi sombrero. Catalina me decía que yo no lo había traído, pero yo le decía que sí, que sí, que lo había dejado en la sala. Lo seguí buscando un rato más, pero Catalina dijo que ya nos teníamos que ir a comer, que lo buscara luego en mi casa. Comimos en cualquier restaurante y la acompañé de vuelta a su casa. Subimos hasta la puerta y ella entró rápidamente, entonces me fui a mi apartamento. Mientras caminaba por el frente de su edificio vi a un gran gato salir por la ventana de su apartamento. A esa hora ya oscurecía y las lámparas de la calle se iban prendiendo. El gato se movía con un brillo exagerado, era aparentemente inmortal. Al día siguiente Catalina me dio mi sombrero y dijo que lo encontró en medio de la sala y que probablemente yo no había buscado bien. Catalina y yo no nos vimos por algún tiempo ¿De qué le servirá un sombrero a un gato?

Mis últimos días en la ciudad sucedieron con aparente normalidad. Entraban personas a los parques y cafés, escribía en las tardes, tomaba en las noches. Dejé de usar sombreros por temor, pero más que todo por asco. Fueron días sin lesión, sin daño, sin historias. En otras palabras, días de mierda.

Una tarde me dirigí al apartamento de Catalina, sin motivo verdadero. Llevaba días sin verla y no sabía qué esperar de ella cuando yo llegara. Subí los 15 escalones, divididos en 3 escaleras, que me distanciaban de la puerta. Olía feo, diferente, como a orina de animal, pero poco importa eso en una ciudad reinada por gatos. Yo llevaba un maletín con unos pocos poemas, todos recién escritos. Trataban de temas añejos, el color de la sangre de los niños, el olor que adquieren los billetes con el tiempo, el asco de saberme rodeado de tantos animales iguales e invisibles.

Llegué hasta la puerta y comencé a buscar las llaves que ella me había dado. Busqué en las bolsas de mis pantalones y nada. Salió un fuerte ruido del apartamento. Tiré mi maletín al piso y busqué ahí, no estaban. Continuaba el ruido agitado dentro. Busqué con mayor intensidad. Recordé que en esa ciudad no se frecuentaba utilizar llaves así que la puerta tal vez estaría abierta. Lo estaba.

Entré y lo vi junto a ella en el piso, con un finísimo cigarro y su capacidad de fricción. Yo comprendí poco. Me miró asustada. Ella lo sabía. Éramos distintos y nos habíamos quedado sin juegos. Me continuó mirando casi sin respirar. Levanté mi maletín y le dije: No me debés nada.

Me fui como llegué, solemne, sombrío, de otro siglo.

Me fui y la dejé junto a un enorme gato gris, el más grande que vi durante mi estancia en la ciudad.

jueves, 7 de octubre de 2010


Y si apago la luz

Y si me quito los anteojos

Y si tiro la cobija por encima del pecho frío y de las muchas almohadas que disimulan algo que no quiero nombrar

¿Qué significa que llueva tanto de noche?


Los días empezaron a aparecerse impares y llegó la obsesión de llevar cuentas y el registro y las horas y por qué sí o por qué no. Era todo producto del miedo.

Era miedo, sí, de eso estoy totalmente seguro. De que los ojos se desarticularan cuando nos volviéramos a ver.

Recuerdo un día en que te pedí que vinieras, que caminaras hasta acá. Pero no, había examen o trabajo o cuentas pendientes o era un mal día nada más. Me habían echado de la Universidad y era un mal día y mi casa se parecía demasiado a un grillo gigante y te comenzamos a dar miedo.

Mientras me registraba en un cuarto con agua fría, decidí llamarte una vez más. La ducha sonaba al fondo y eras vos o era yo el que se preparaba para entrar. Te dije que te extrañaba, que me hacías falta o que me harías falta, no sé, no importa. Luego entraste a la ducha y no colgaste y oí cómo el agua cruelmente me borraba de tu cuello, de tus uñas de los pies, de ese lunar africano en uno de tus hombros. No sé si fue ese día, perdoname por no acordarme, pero ya solo soy una nube dispersa que te flota cerca.

Ahora ya estoy en el cuarto, esta delicia de mala muerte que alquilan por cinco mil colones. Cuando me registré, la señora me dijo que me veía mal, que mis párpados parecían inseguros, que mis muñecas eran un río de huellas groseras, que mi columna apenas si se sostenía. Le dije que sí, que me acababan de echar de la U, que ya mi casa se había fugado y que estaba muy solo. Me tomó de la mano y casi vi a mi madre. Me dijo o le dije adiós, como quien se despide de un pequeño fantasma. Apenas es lunes y mi pelo está sucio de nuevo.

El cielo raso del cuarto no existe, pero tampoco se ven estrellas, las nubes pasarán muy bajas por aquí. La cama es una medusa húmeda que juguetea con mis piernas, por eso me acosté en el piso, hecho de lagunas y huellas de hormigas que alguna vez lo atravesaron. Cuando duermo lo hago muy cerca de la puerta y corro cuando oigo a alguien caminar por el pasillo. Todavía no he tenido que levantarme.

Recuerdo aquel día y ese día es ahora porque pasa la misma niebla. Me levanté del piso y dejé un gran banco de arena. Caminé hasta el baño y me eché agua en la cara. Le quité el seguro a la puerta y apagué todas las luces. Me acosté sobre esa almohada sucia y ese fuego lento.

Dormir no es una opción, ni siquiera ha sido presagiado por esa mano que parece acariciarme cuando parpadeo. Estamos condenados a imaginar. Que lo tuyo era mío, que lo mío era algo. Una estructura cruel e irrenunciable, casi como la mente.

Compartimos un bar, compartimos la vida a ciegas, la justicia de tus senos que ya hacen falta. Ahora los días son muchos. Te espero como aquella imperfección en tu mano y me digo que ya venís. Te juro que acabé con todos los grillos.

Cerca de este cuarto pasa un tren y lo hace temblar. Afuera hay un graffiti enorme en forma de hoguera. La ventana es un simple triángulo. No hay como perderse.

Cuando es demasiado tarde o demasiado temprano suelo ver por debajo de la puerta. A veces me pregunto a quien le han dejado migajas de pan afuera.

Soy un fantasma en este cuarto a solas. Al techo le han salido raíces.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Viernes de moda

La universidad es un lugar distinto a esta extraña hora, parece estar llena, pero en realidad sólo son personas que se alejan de ella apresuradas. El tren de las 5 parece ser la campana que los despide. A un fin de semana, a una vida más feliz.

Es una hora en que no llueve mucho, sólo lo suficiente para que todo esté mojado y en la que hace el frío exacto para sentirse solo. Es una hora de mierda.

Me vengo a sentar a una banca que ya está ocupada. Será para que me acompañen, será para no sentirme tan solo. En realidad vengo con el secreto deseo de que su ocupante se incomode con mi iniciativa y me deje esta única banca seca a mí. El mundo es 80% agua.

Fallé con mi iniciativa y soy yo el incómodo. Me siento como en el fondo de una taza sucia. Mis manos llenas de nostalgia.

Me levanté y me fui, ya era demasiado incómodo estar ahí. Compré un té de durazno (les costó tanto encontrar la caja). Me senté en la parte de afuera de la soda.

Mandé mensajes a mis amigos. Nadie contestó. Tampoco me atreví a llamar, sería demasiado frontal la aproximación. El té estaba horrible, pero eso está bien, que coincidiera con todo lo demás del día.

Dejé un poco de té, como siempre, porque me da asco el fondo de la taza y siento que si no bebo lo que queda abajo me alejo de esa suciedad. Es lo mismo con la gente.

No me levanté de la mesa. Abrí un libro de cuentos a la mitad y comencé a leer.

A mi alrededor la gente se levanta y se va. Algunos más rápidos que otros. Algunos en bicicleta. Pero no importa eso.

lunes, 30 de agosto de 2010

eme

Vamos a levantarnos
sin abrir los ojos

No nos tocaremos las esquinas
ni nos acordaremos que nacimos en un mes barato.

No volveremos a comprar cigarros juntos
por falta de ganas, por falta de tiempo.
Pasábamos boca arriba

Te habré llamado un día
pero seguro no. Habré fallado el último cinco

Recordaré que hacía mucho calor,
que un carro blanco, que muchas canciones.

Ahora es domingo y ningún mes.
Vendrá la noche,
que será otro pedazo

Dejaremos de considerar
la relación a larga distancia

Diré basta y que
vos
ganás.

domingo, 22 de agosto de 2010

El boomerang

La vida está llena
de dólares o dolores

De gasolina
Cuentas de banco
De publicidad

Pero también hay cosas buenas

La providencial cerveza
en la refri
y olvidada.
Una botella de vino
sin enfriar
Los cigarros que
no hay que fumarse

Lo necesitamos todo
a la vez

Para que no sea tan fácil
Recordar
Que todo esto no existe.

martes, 17 de agosto de 2010

No me preguntes cómo se mueve el tiempo

No me lo digás ahora

Decímelo luego

Cuando ya no haya nada


No ahora

Cuando está todo tan aquí

Esperate todavía

A nadie ha ayudado nunca la prisa


Eso eso

A poder desvanecerte, esperate

A no tener suelo, ni piso, ni esta casa


No me lo digás ahora

Esperate

A que me muera, cuando sea más corto, más loco, más fácil

Esperate cuando no tenga suelo, ni piso, ni esta casa


Cuando no pueda distinguir las formas

Ni me quede sombra o brillo.

Cuando se me acabe

Cualquier medicina

lunes, 2 de agosto de 2010

Los hombres

Hay algo podrido en esto de que los hombres estén constante cachondos.

Mientras los hombres ven fútbol o toman cerveza o juegan algún deporte ¿qué pasa en el resto del mundo? Se ausentan y el mundo no parece seguir estudiando, decidiendo, aceptando o descartando. El mundo deja de matar, no cambia, se sume en el abandono esperando a que ellos vuelvan. Al final todo esto no importa, hágase lo que se haga, siempre se termina solo o loco, algunas veces ambas juntas y hay que agradecer.

Pero que no te engañen, porque los grandes hombres no existen. Siempre tendrán problemas de bebida o un estómago más poderoso que su billetera o ya estarán casados.

Porque todo hombre es como verse al espejo y que te pateen los huevos.

jueves, 22 de julio de 2010

Carta de un viejo amargado // Cita de café

Por vos siempre he tenido una pasión bárbara,
una cosa que no tenés idea.
La misma de la vez que te cociné canelones
o de la primera vez que me besaste con tus piernas.
Ha sido un gran viaje o un viaje grande, algunos lo calificaron de largo, pero no, qué va, fueron unos minutillos, lo mismo que se tarda esperando en un baño a que se desocupe el lavamanos, o al vernos envejecer frente a un espejo.

Pero que te quede claro, yo sólo quiero que ganés mucho dinero, que tengás 2 perros (uno grande y fuerte, otro frágil y mío). Que llegués alto y todo eso. Aunque no sé, a veces creo que lo único que me preocupa es un día poder verte a los ojos y no tener miedo de lo que será de mí cuando ya no estés.

Porque no es correcto agarrarte de los pies y pedirte que me tomés de la mano. A nadie debería importarle que siempre vaya a ser un carajillo. Que voy a tener siempre las rodillas rotas y un olor humano que no se lava.

La cuenta, eso sería todo.

sábado, 3 de julio de 2010

Tuberculosis

Resoplido, jadeo y genitales, como con el pecho lleno de ramitas y puntitas. Que se acumulen, mis raíces emboscadas.

Porque un añito más, un añito menos, no cambia nada, seguimos llamándonos volúmenes o estaturas. Seguimos viéndonos las tetas, cortándonos el pelo, no entendiendo por qué las reglas tienen extremos.

Y que la única palabra certera que puedo decir. Paranoia.

Y que a todos nos tocará un día. Irnos.

miércoles, 23 de junio de 2010

Como se construyen los héroes

Cuando Roberto comenzó a caminar por la fría noche del bosque, sintió que todo esfuerzo no serviría de nada. El ruido que hacía la bolsa le pesaba más que cargarla a través del bosque. Cada 5 pasos debía detenerse para tomar un momento y escuchar que nadie lo siguiera. El ruido de la bolsa era como pasos encima del techo o de quien arrastra un cadáver a través de hojas secas.

Todavía en su cabeza retumbaba el sonido de aquella copa rota, rebotando en contra de una gaveta de copas rotas. Todavía podía ver el patrón del piso cerámico, la lucha entre las figuras geométricas, como estas se arrastraban por aquel oscuro baño.

Con el rostro empapado frente al espejo del baño y el rumor que parecía provenir de la bolsa, Roberto decidió asomarse a la realidad, a ver si seguía ahí afuera, con el tiempo que corre. Levantó la bolsa y se la echó al hombro, salió despacito para que su hermano no lo viera y preguntara qué llevaba ahí, salió con cuidado para que su hermano no oyera el ruido de la bolsa que solo retumbaba en su cabeza.

Ya en el bosque, repentinos revoloteos de pájaros lo asustaban, al pasar por un claro creyó ver a uno picoteando la bolsa.

Las raíces parecían salirse del suelo para entorpecer su camino, iban creciendo como peldaños, transformaban el viaje en un ascenso. La luz azul de la luna comenzaba a calar en Roberto más que la leve llovizna.

Cerca del punto del bosque conocido, la bolsa parecía ya no ceder. Parecía que el peso se había triplicado, como si alguien hubiera entrado en la bolsa a acompañar su contenido. Habrá sido que los brazos de Roberto se cansaron.

En la casa ya nadie quería aceptar el charco en medio del piso o calentar la leche de una forma especial. Se miraba todo de una forma distinta, lo frío de las paredes llegaba más rápidamente a los dedos de los pies.

Roberto llegó al claro del bosque donde, como planeado, lo esperaba una pala. Comenzó a cavar una tumba o un acantilado. Debajo de la tierra iban apareciendo piedras que Roberto, mediante un duro esfuerzo, sacaba y amontonaba a un lado. Cuando su rodilla ya estaba bajo tierra, se detuvo y comenzó a observar la bolsa. Poco a poco se le fueron acercando las imágenes que llenaban la bolsa y temió abrirla y no encontrar el por qué de su viaje al bosque.

La enfermedad de papá, la muerte de mi tío, la falta de hombres en el mundo. Cómo van pesando las historias y los tonos de voz. También el nuevo hombre, la figura de mi hermano cada vez mayor y más violento, todos son razones para estar hoy acá, en el bosque, con frío, con miedo.

Cuando comencé a encontrarme solo en el cuarto y me tenía que quedar ahí, decía mamá “Roberto, esto ya pasará. Verás de nuevo como estos objetos despiertan” y guardaba todo en el closet vacío de mi hermana. Afuera pasaba gente que venía a ver a papá, todos entraban muy callados y mi hermana había vuelto a mi casa, que se había sumido en el sueño, en el silencio, clavado en el olvido.

En la bolsa mi perro muerto, los juguetes de mi niñez, las bolas desinfladas, las camisas de barcos o carros o caballos

Y me empecé a dar cuenta de pequeñas señales, la forma en que ahora los hombres de la familia se escrutan el pecho con las puntas de los dedos, la forma en que la muerte es insolente con cualquiera. Ese paso a paso, la forma en que se preguntaban con miedo “¿Hace calor acá o soy yo?”. Fueron meses largos y penosos que culminaron en venir al bosque y aceptar las ráfagas de viento.

La lluvia crecía con su grito ya articulado, penetraba la piel de Roberto, transformaba el color de las cosas y el sonido de su boca. Fue torpe la forma en como tiró el collar y la cadena de su perro, luego el juguete que no tenía cabeza, pero igual era su preferido. Pronto el claro del bosque parecería un campo de batalla, con el agua que chorrea de los árboles y el barro que le sujeta los talones.

Cuantos juguetes aprisionados en estas tumbas, cuantos espíritus de perros libres recluidos ahí, no lo sé, pero cada vez que alguien sale a la calle en el barrio, los demás le preguntan por su señora, por el desempeño del auto con respecto a la gasolina, se preguntan en proporción a su puesto de hombres.

Y ahora el carro que se enciende y cruza la calle. Dobla a mano derecha, cede la vía a un bus, dobla a la izquierda y lo sigue. El bus desacelera, él sabe que pronto se detendrá. Ahora raya al bus, deja atrás al chofer que no lo conoce, acelera. Pasa una cuadra, pasa otra, se mira en el reflejo del retrovisor, se ajusta la corbata, ya ha pasado 3 cuadras más, ahorita llegará a su destino.

Se abre la puerta, Roberto baja y va a la parte trasera del carro, saca su portafolio y camina hacia la entrada del bufete mientras revisa unos papeles. Junto a él pasa un niño, Roberto solo escucha el sonido de una bolsa y se le enfría la piel, busca con la mirada al niño que se cubrirá el corazón de barro.

miércoles, 9 de junio de 2010

Tifus

Vivir mansamente, pero en la noche escribir mientras manejo, tentando matarme. Porque tengo miedo constantemente, la sensación de saber que algo malo me va a pasar.

Me veo a los ojos con aquella leve sospecha de locura. Descalzo de buenos sentimientos. Esperando el día en que todos juntos hablen de mi mortalidad (La necesidad de confirmar nuestros temores).

Porque los 17 dolieron tanto y los 20 serán la misma mierda.

domingo, 30 de mayo de 2010

Como se sonríen


I

Encerrado donde vive el sabor del ruido, viendo las sonrisas, los pasos de quienes juzgo.

Esa raza que se ha formado a partir de camisas a rayas, zapatos brillantes, esos vestidos que suben hasta el pecho abultado, lleno, tal vez, de nuestra consciencia tergiversada. La culpa está ahí, haber dejado a la raza partirse.

Mejor disfrutemos como el humo baila con los ojos ya trabados.


II

Por ahí de la hora en la que parpadear se vuelve un reto, las carteras bajan como cadenas, los zapatos perforan el piso y el guaro corre por esos ojos jabonosos.

Has de beber por completo para que sea amor. Después el viaje de vuelta, las avenidas llenas de sal y la mirada que cae.

Y cuando ya me voy, los veo y me digo: Mira cómo se sonríen.

domingo, 16 de mayo de 2010

Expressing love in 1960

Quítame ese humo del pecho, que el tiempo se acaba. Ten cuidado, afuera pasan hombres a caballo y hay una planicie vacía.

Pero susurra, que todo sonido sea bajito. Que con la mano no nos puedan alcanzar aquellos que cazan nuestro tacto inevitable.

Un dos tres, corre desnudo por el segundo piso de madera. Mira lo que alguna vez fue una chimenea y encuentra ese sitio donde nos vimos a los ojos, empapados de saliva, y nadie tuvo que hablar de fútbol.

Poner la cerradura no saca a los fantasmas, mucho menos los deja afuera, pero ¿quién quiere una vida fácil?

No queremos desafiar la ciencia, solo queremos escapar de una sociedad despechada por nuestra libertad.

Ya es la alta hora, calla y escucha. Se busca inquilinos, un dos tres, recuerda lo que se dijo y corre de nuevo a la lluvia de poses.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Crónica sobre el relieve singular de los recuerdos

  • En el Mercado Central de San José encontré raíces, hojas secas y basureros colmados de flores


Si alguna vez tuve la sensación de estar ingresando a un túnel, fue ese día. No era mi intención, pero ahí ya estaba, esperando descubrir el edificio de las entradas en las esquinas. Entré, rodeado de turistas y cámaras y cigarros apagados, todos íbamos vestidos por tallas. De vendedor de tabaco en este mercado a Presidente de la República. Luis Alberto Monge. Así se nos intentó explicar que los de acá, también son hermanos de los de allá.

En los pasillos que algunas veces no terminan y en otras desaparecen, saltan los distintos objetos (algunos entre cachivache y chunche), que son indescifrables para el ojo moderno. No los logra identificar como propios o extraños, no decide si son de uso diario o algún engaño para el turista. Yo mismo no me sentí en las condiciones de preguntar sobre el destino de estos productos, me sentí indigno de este idioma y este color de ojos.

Seguí caminando, y descubriendo esquinas oscuras y acogedoras, memorizando olores, sintiendo la frescura de plantas y frutas, tropezando con el polvoriento olor de los aromas. Así fui comprendiendo las pequeñas verdades del mercado. Acá no se pasean atuendos prefabricados, nadie recibe la inspección de los demás, sólo de Santa Rita o la Divina Misericordia o del santo que usted prefiera llevar a casa tan sólo por 3 mil colones cada uno.

En los puestos se habla un lenguaje en el que sobran comas y faltan puntos. Y se ve como alguien todavía compra caballos de palo y trompos de madera. También existe una dieta carnívora que no concibe cosa distinta.

Por sectores parece una verdadera comunidad que da campo a hombres de arcilla y de polvos, algunos pocos de semillas y los que menos me gustan los hombres pescados y las mujeres que pintan flores.

El día se mezcla con la cordialidad y repasamos el asombro al ver los remedios fantásticos, al ver al Indio Gerónimo y una venta de ojos prefabricados. A veces alguien, solo por el gusto, pasa con una flor.

Lo orgánico salta de las paredes, oscurece el camino pero también lo alivia en este sitio en el que nos perdemos y es gracioso, pero que, ahora que me encuentro acá, creo que me recuerda a mi familia y a navidad.

Si ahora cree que el periodismo se quedó en la casa se lo achaco a la sorpresa, ya que nunca había visto una casa con tantos umbrales y tan pocas puertas. Aquí llamaré las cosas por lo que son, mezcla de canarios o diente de león. Este es un lugar donde se puede comprar un traje de gala y se reparan cosas en oro y plata. Acá siento que en cualquier vuelta me puedo encontrar a mí mismo con 10 años menos o 40 más y espero pronto volver y perderme, saboreando una y otra vez la maravilla de la incertidumbre en el Mercado Central de San José.



martes, 20 de abril de 2010

Un Faro

O un brillo

O una insurrección

O una mano abierta

O una risa incómoda

O el sueño

O la terrible nada

O el silencio y el olvido y la muerte y yo mismo, al final, como una bestia

lunes, 5 de abril de 2010

Gracias a la vida

Si en este momento me pidieran que explicara lo que ha pasado recientemente, me sentiría atrapado por esa falaz gravedad.

En aquella época, un marzo de nueva década donde sólo calor hacía y las gentes andaban preocupadas por unos pares de años más, descubrí que a San José le desaceleraron la historia. Se nos entregó una gran lista con lo irrealizable en este país y lo deshicimos todo. Comenzamos a cruzar calles a mitad de la cuadra, dejamos de subir a los puentes peatonales. Volvimos a contar leyendas, mandamos a la mierda a las máquinas del hombre.

Porque intentamos crear algo que sea palpable, que lleve de boca en boca la historia de un camino. De un gran hogar donde quepan autoexiliados y mendigos. Queremos una ciudad con una anatomía imperfecta, soez, insolente, que deje de ser obsoleta.

Pero más que esto, les pedimos a los enfermos, a los feos, a los grandes, a los pequeños, a los flacos, a todos los que decidimos generar una mutación útil, que ayuden a convertir a San José en una piel desnuda que no le teme al clima y que no piensa en jeringas y miligramos.

martes, 16 de marzo de 2010

Señores y Señoras

Sigo en el delirio y sigo desafinado. Distraído por la fatiga pero igual esperando que en algún lugar haya una placita para cruzarme la cabeza con lo improbable.

¿Cuánto cuesta incluirse entre hermanos y hermanas?

Se opina que es algo simple, pero se crea con faltas ortográficas, con citas mal colocadas y ¿qué pasa si no llegan?

¿Cuál es la parte que más se quiere de estas costumbres celestes?

Ninguna, sobre todo cuando llega la consciencia de vivir con la mano sobre el corazón, ocupada en elegir, señores y señoras, sus juegos con la muerte.

¿Dónde está el mérito en cuestionarse toda forma de confianza?

Digo esto con la poca saliva restante, con unos cuantos sonidos y sin saber dónde me dejará tendido esta crisis.

-Recuerdo que Don Francisco antes era más viejo y que yo creía en las especies animales. Sé que mi cabeza estuvo en su vientre, que yo mismo soy una bestia. Es confuso controlar los números, atar y cavar-

Lo que pasa es que las oportunidades entran bajo tierra y que cada día siento que me creen menos todo lo que digo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Flotas

Yo creo en el amor más que en mis ojos

y más que en el poder y el entusiasmo


Porque de tu piel nadie se puede quejar, porque se cumple lo que me promete. Y las perspectivas se cambian en segundos y si un día me empapo de malos humores y me voy de puños a la tristeza, hoy sé que tenemos ventaja, que nada va a cambiar que durmamos en silencio, que nos envolvemos en risa.

Yo sé que existe esa noche dolorosa, que nos maltrataremos más esperando lo inevitable, pero qué bueno es tu amor para espantar el miedo al exilio.

viernes, 5 de marzo de 2010

Portal

La desesperación sale por las comisuras de la boca, se filtra para desacomodar el acorde de tener una vida y saber qué hacer con ella. La desesperación deletrea un caos que acaricia, que vibra entre estas pestañas y que se refugia en una respiración cada vez más lenta, como quien llena un vacío con lo imposible, que está a mano.

Me toquetea y se efectúa en recuerdos, cae y penetra. Somos consciencias separadas. Ahora la desesperación aparece con cada rostro familiar, por la falta de roce. Esta desesperación es no tener hambre, sobrevivir la asfixia; la desesperación es no conocer otra cosa.

jueves, 28 de enero de 2010

La copa al borde del vino

¿Qué pasa si camino frente a vos, colgado de la sombra del ron?

Sí, sí, camina. Que no te detenga ese mediodía que se filtra. Sigue corriendo que perdés el alba. Quitate la hierba que se te quedó en el cabello, escucha tu garganta desenfrenada. Duda, porque el arrullo de los párpados dura menos de 3 o 4 calles sucias y espera que tu espíritu te alcance, que aquella nube abierta sea una nueva ventana, con alas justas. Olvida esa cosa grande y muerta, olvida la luna.

Lee otro libro, háblate en segunda persona, busca más voces para tu voz.

Escúchala, porque es la imposibilidad del consuelo y merece la amplitud del tiempo.

domingo, 17 de enero de 2010

Sustancias de amantes

Espalda nocturna, éste es nuestro tiempo


I

Darte una caricia que sea inevitable. Tenderte en el silencio perfecto, encima de tijeras, lápices y algún cenicero boca abajo.

Escucharte mientras la almohada toma tibieza, mientras dibujo una hoguera en tu costado, mientras el mundo se acaba.


II

En esta callecita no existe el caminar apurado. Porque a pesar de que cada noche trae un vuelco en el corazón, un despiste tuyo, otra pasión mía

Cada nuevo beso, vale más que el último.


III

Todavía nos queda llevar una vela de paseo, alucinar en ciudades húmedas, flotar en el escenario oscuro de la muerte.

Dentro de esta lucha de las cuatro estaciones

Te pido que no me perdones nunca la necesidad que tengo
De que esto no termine.

domingo, 3 de enero de 2010

No siempre fuimos obras de armonía

No siempre fuimos obras de armonía. De lo que se puede llamar vuelo directo al paraíso diario. Copas altas y manos abiertas.

Ahora se escriben ficciones todos los días y se aman patrias abstractas. Ahora te conozco patria abstracta, nuestra fugacidad.

Aquí podemos contar los punzantes infinitos, a veces hasta ver, con sonrisa cómplice, la venenosa tierra enemiga.

Y no me creas cuando te diga que este río es todo lo existente, ni siquiera cuando sepas que no estoy mintiendo.

Recibamos la noche como el cuenco que acarrea nuestro idioma.

Presencia en el aire.

Lumbre y eco.

Breve dios.

Ciega cósmica.