domingo, 30 de mayo de 2010

Como se sonríen


I

Encerrado donde vive el sabor del ruido, viendo las sonrisas, los pasos de quienes juzgo.

Esa raza que se ha formado a partir de camisas a rayas, zapatos brillantes, esos vestidos que suben hasta el pecho abultado, lleno, tal vez, de nuestra consciencia tergiversada. La culpa está ahí, haber dejado a la raza partirse.

Mejor disfrutemos como el humo baila con los ojos ya trabados.


II

Por ahí de la hora en la que parpadear se vuelve un reto, las carteras bajan como cadenas, los zapatos perforan el piso y el guaro corre por esos ojos jabonosos.

Has de beber por completo para que sea amor. Después el viaje de vuelta, las avenidas llenas de sal y la mirada que cae.

Y cuando ya me voy, los veo y me digo: Mira cómo se sonríen.

domingo, 16 de mayo de 2010

Expressing love in 1960

Quítame ese humo del pecho, que el tiempo se acaba. Ten cuidado, afuera pasan hombres a caballo y hay una planicie vacía.

Pero susurra, que todo sonido sea bajito. Que con la mano no nos puedan alcanzar aquellos que cazan nuestro tacto inevitable.

Un dos tres, corre desnudo por el segundo piso de madera. Mira lo que alguna vez fue una chimenea y encuentra ese sitio donde nos vimos a los ojos, empapados de saliva, y nadie tuvo que hablar de fútbol.

Poner la cerradura no saca a los fantasmas, mucho menos los deja afuera, pero ¿quién quiere una vida fácil?

No queremos desafiar la ciencia, solo queremos escapar de una sociedad despechada por nuestra libertad.

Ya es la alta hora, calla y escucha. Se busca inquilinos, un dos tres, recuerda lo que se dijo y corre de nuevo a la lluvia de poses.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Crónica sobre el relieve singular de los recuerdos

  • En el Mercado Central de San José encontré raíces, hojas secas y basureros colmados de flores


Si alguna vez tuve la sensación de estar ingresando a un túnel, fue ese día. No era mi intención, pero ahí ya estaba, esperando descubrir el edificio de las entradas en las esquinas. Entré, rodeado de turistas y cámaras y cigarros apagados, todos íbamos vestidos por tallas. De vendedor de tabaco en este mercado a Presidente de la República. Luis Alberto Monge. Así se nos intentó explicar que los de acá, también son hermanos de los de allá.

En los pasillos que algunas veces no terminan y en otras desaparecen, saltan los distintos objetos (algunos entre cachivache y chunche), que son indescifrables para el ojo moderno. No los logra identificar como propios o extraños, no decide si son de uso diario o algún engaño para el turista. Yo mismo no me sentí en las condiciones de preguntar sobre el destino de estos productos, me sentí indigno de este idioma y este color de ojos.

Seguí caminando, y descubriendo esquinas oscuras y acogedoras, memorizando olores, sintiendo la frescura de plantas y frutas, tropezando con el polvoriento olor de los aromas. Así fui comprendiendo las pequeñas verdades del mercado. Acá no se pasean atuendos prefabricados, nadie recibe la inspección de los demás, sólo de Santa Rita o la Divina Misericordia o del santo que usted prefiera llevar a casa tan sólo por 3 mil colones cada uno.

En los puestos se habla un lenguaje en el que sobran comas y faltan puntos. Y se ve como alguien todavía compra caballos de palo y trompos de madera. También existe una dieta carnívora que no concibe cosa distinta.

Por sectores parece una verdadera comunidad que da campo a hombres de arcilla y de polvos, algunos pocos de semillas y los que menos me gustan los hombres pescados y las mujeres que pintan flores.

El día se mezcla con la cordialidad y repasamos el asombro al ver los remedios fantásticos, al ver al Indio Gerónimo y una venta de ojos prefabricados. A veces alguien, solo por el gusto, pasa con una flor.

Lo orgánico salta de las paredes, oscurece el camino pero también lo alivia en este sitio en el que nos perdemos y es gracioso, pero que, ahora que me encuentro acá, creo que me recuerda a mi familia y a navidad.

Si ahora cree que el periodismo se quedó en la casa se lo achaco a la sorpresa, ya que nunca había visto una casa con tantos umbrales y tan pocas puertas. Aquí llamaré las cosas por lo que son, mezcla de canarios o diente de león. Este es un lugar donde se puede comprar un traje de gala y se reparan cosas en oro y plata. Acá siento que en cualquier vuelta me puedo encontrar a mí mismo con 10 años menos o 40 más y espero pronto volver y perderme, saboreando una y otra vez la maravilla de la incertidumbre en el Mercado Central de San José.