Escribo esto luego de que los fragmentos previos han sido entregados, se entenderá entonces el camino por el que corre la posdata número 2.
(no) Podría ser peor. Ahí estoy. Escribo esto en el edificio al que nunca voy a volver, me sonríen profesores que nunca volveré a ver. Ando en el bulto un mantel de un picnic al que nunca voy a volver.
Es hora de volver a leer, la vida me ha cansado. Los niños no están hechos para vivir en el mundo real.
El perro quedará ahí. Le llevaré galletas cuando sienta nostalgia.
Solo puedo pensar en la dedicatoria del hermoso poema Tabaré, de Juan de Zorrilla de San Martín. Transcribo ahora el principio y final del mismo, lo que está en el medio importa ahora tan poco.
- A mi esposa Elvira Blanco de Zorrilla
[...]
Nota 1. Después de escrita esta página que respeto hasta en sus incorrecciones, antes de darla a la prensa, mi esposa ha muerto... He bendecido la voluntad de Dios que me la dio y me la quitó; he ofrecido a Dios, como holocausto propiciatorio, los pedazos de mi corazón que él destrozó. Con la absoluta evidencia de fe, solo veo en el dolor el mundo de las divinas misericordias. Sea.
miércoles 15 de febrero de 2012
lunes 13 de febrero de 2012
Una noche cerré los ojos y pasaron cosas que ya pasaron
Vivir solo es comer en restaurantes
cuando tenés plata,
y distraerte haciendo la comida
cuando no tenés plata.
cuando tenés plata,
y distraerte haciendo la comida
cuando no tenés plata.
Es tratar de convencer a las amigas
de que aún es muy temprano
para tomar el bus,
y llegar a la torpeza de mentirles
respecto a la hora.
de que aún es muy temprano
para tomar el bus,
y llegar a la torpeza de mentirles
respecto a la hora.
Es mordisquear los hombros
de todos tus amigos y amantes
para delimitar el terreno de tu ternura
y para decir hasta aquí, o a veces,
de todos tus amigos y amantes
para delimitar el terreno de tu ternura
y para decir hasta aquí, o a veces,
a partir de aquí.
[…]
Vivir solo es pues,
pasarse las noches
miserablemente agarrado a las barras
de este zepelín silencioso,
esperando distinguir algún conocido
entre esa masa que ya no se acuerda
de vos.
pasarse las noches
miserablemente agarrado a las barras
de este zepelín silencioso,
esperando distinguir algún conocido
entre esa masa que ya no se acuerda
de vos.
Que te desnombra
desde que vos olvidaste
los ojos de aquella única hembra
que alguna vez te vio con ternura.
desde que vos olvidaste
los ojos de aquella única hembra
que alguna vez te vio con ternura.
Vivir solo es,
a fin de cuentas,
el trauma
de haberla perdido.
a fin de cuentas,
el trauma
de haberla perdido.
Vivir Solo - Alexánder Obando
Estamos en el carro. La música
que suena resulta el terreno borroso donde todavía podemos hablar. Traigo las
manos cansadas, casi no dormí. Un punto rojo en el cielo le decía a alguien que
cosas malas iban a pasar, yo solo hablaba, contaba cuentos. Ésa es mi forma de
seducción, la menos eficaz, la más absurda.
Hace calor en el carro. Los ojos
nos han crecido anormalmente, en algún momento todos hemos llorado. Desde el
retrovisor puedo ver todas nuestras caras, parece como si nevaran. Siempre que
hace calor, tomo consciencia que en algún momento, más bien pronto, tendré
frío.
Pronto estaré muy cansado, todos
los caminos tomados ya no contarán. Otra vez estaré perdido, caeré de nuevo en
algo de lo que tendré que volver a salir, en algún momento, dejarlo, tal vez
esta vez para siempre. Me dolerán los dolores viejos, que ya no importan. Me
dolerá algo que ha dejado de ser, ya estoy cansado, solo recuerdo unas uñas
pequeñas llenas de besos sinceros en la cara y al cuerpo que he abrazado con
más cariño, desde el día que envenenaron a mi primer perro.
Cuando esté solo me arrepentiré
de no haber visto sus rostros más tiempo, aunque fuera solo como lo hacen
ahora, como si no me reconocieran. Me saldrán lágrimas pensando. Esto será
después.
Tengo el estómago revuelto, no me
pude comer el huevito del desayuno. Seguimos en el carro, cantamos y jugamos a
estar bien. Estos juegos en los que las he metido o en los que ellas me
metieron están a punto de pasar la factura.
Me pesa todo lo que va en el
carro. Cada minuto abrazado sobre las piedras. Cada regaño por gastar el
encendedor, la pérdida de un hogar, de la familia del 2020. Estas palabras son
lágrimas.
Muy pronto nos separaremos (hace
poco predije que esto sucedería, también dije que estaríamos bien, pero esto
último, ya no lo creo). Alguien ya ha sacado los tomates de una bolsa y los ha
pasado a otra. Alguien ha dividido salomónicamente las latas de atún. Yo he
quedado con dos bolsas rojas en mi cuarto llenas de nada. Estoy hastiado de esas
bolsas, pero demasiado afectado como para moverlas. Entra en mi cabeza la idea
de dejarlas ahí, como un monumento a ellas. Me doy cuenta que estoy perdiendo
la razón.
No quedarán fotos de este
momento, los tres en el carro, 28 grados centígrados, las caras que nievan. Solo
tendremos fotos de cuando veíamos todo desde arriba y yo hablaba de
arquitectura moldeada para combatir fantasmas, los tres reímos, parecía como si
los tres nos lleváramos de la mano. Ese día es ayer y como Jesucristo, nunca va
a volver.
viernes 10 de febrero de 2012
Ilppal
El nombre lo escuché sin entender
de qué me hablaba. Era tarde y no llovía, la luz era primitiva en la
universidad, flotaba. Yo sentía que nos escondíamos debajo de la cama, con el
misterio del Ilppal ahí afuera, del lugar que nunca conocería y que había sido
la vida de ella. Yo me escondía de la idea del Ilppal, del pasado, que si no es
el de uno resulta amenazante, como menos.
“¿Cómo se escribe Ilppal?” – le
pregunté, manteníamos los brazos cruzados, éramos dos figuras precolombinas de
poses ambiguas.
“Así, como se oye” – me dijo. Yo
removía haches mentalmente y comenzaba a caer en cuenta de que la eñe muda y
final nunca fue una posibilidad.
Acá teníamos que esperar un par
de horas a que ya no hubiera presa. No queríamos movernos o yo tenía miedo de que
nos moviéramos. Seguíamos conversando, cada vez de cosas más pequeñas. De la
mano cruzábamos temas peligrosos y ambiguos, de los que no se habla, de los que
uno se lleva a dormir. Yo me esforzaba por hablar como si no estuviera ahí,
decir “Sí, ésa me parece la mejor opción para que vos resolvás aquel problema”.
Me esforzaba por ser una persona que da consejos, que señala y corrige errores,
que pone barreras. Me esforzaba por no estar ahí como yo. Me daba miedo.
“Como en su sueño, a mí también
me da miedo que usted ya no me reconozca, lo de la enagua no me importa tanto”
– le dije, hablando en serio pero intentando ser gracioso, cuando nos
agotábamos, trayendo palabras de conversaciones recientes, no tan pasadas. Ella
quedó en silencio, como quedaba a veces, cuando yo era más oscuro.
El aire se vuelve un muro para
leer su mente. No logro saber lo que piensa, como ahora que se ríe y luego se
disculpa y hace que todo esté bien. Yo estoy echado desnudo sobre la calle y
hablo como llorando, he sido arrojado al mundo dirían los existencialistas.
Ella no puede no conocerme.
Le pregunto cosas de su pasado,
cuidadosamente. El hermano, los papás, los viajes en carro en familia a lugares
que se alcancen cuando se hace de noche.
El terreno neutral se comienza a
acabar, ya se acercan las cosas que no se dicen, las que uno corre el peligro
de expulsar durante este Zeitgeist tibio.
Siento deseos de salir a caminar,
tomo fuerzas y decido hacerlo. Dormirme de camino, con un brazo encima, que
mañana amanezca y sea domingo.
“¿Le puedo contar un cuento? “–
le pregunté sabiendo que no se negaría. Me acerqué a ella dejando de ser dos
que se sienten a la orilla de la noche en un parqueo, la luna llena.
Comencé:
En el Ilppal crece un árbol que casi
nadie ha visto. Nació solo, como el niñito Jesús. Tiene un encierro de madera
alrededor, como un redondel. Como un grupo de gente que lo abraza. Y está bien.
Vive bien ahí el árbol, que no es tan alto como lo son regularmente, pero que
es muy bonito y lo quieren mucho. Tiene hojas verdes que a veces se vuelven
amarillas, como los ojos de los animalitos que vienen a dormir debajo de él,
animalitos de barba y con un ligero olor a alcohol.
Más allá de su vida feliz en el
Ilppal, el árbol tiene un deseo muy grande, que a veces se le olvida, pero eso
no lo hace menos grande. El problema es que está encerrado, tiene un redondel
de manos que lo abrazan y le impiden moverse a veces. No siempre.
El árbol cree que debe mantenerse
firme, pero los animalitos le susurran al oído que no es cierto. Suben hasta su
rama/oreja y le dicen que los médicos han dicho que su salud es buena, que es
flexible, que no tiene que descansar si no lo quiere.
Entonces queda la duda en el
árbol, que busca algo que no sabe qué es, pero que busca algo que debe ser
algo.
Al mediodía llegó un animalito
muy pequeño. Los dedos casi no se le veían, tenía los labios rojos y ojos
grandísimos. Comenzaron a andar.
Comerán pan y atún, pelearán con
perros, harán canciones, ocasionalmente verán un animalito de barba que las
sigue, se percatarán de él por su leve olor a alcohol. Luego no se verán por un
rato, pero ellos estarán bien.
martes 31 de enero de 2012
Los amores imaginarios I
Lo único que me permite ver su
perfil de Facebook es que asistió a aquel concierto donde la vi por primera
vez. Ese día llegué a medias, esperé en el parqueo, luego pedí una gin, había
gente en un restaurante peruano.
Antes ella no existía, después dejó
de hacerlo. Ese día se presentaba un libro y yo veía a mis amigos por primera
vez, después de un mes grande.
Durante los días anteriores al
concierto no había habido alcohol. Solo hubo una visita y media al hospital, un
cadáver que desfiló engañado por los pasillos de la universidad, hubo numerosas
pocas cosas.
Conectaban cables que terminaron
sonando mal. Afuera quedaba la marca de un tren grande que recorrió muchas
veces la superficie antes del concierto. El libro tenía estrellas superpuestas en
la cara y mi espalda parecía de otro cuerpo.
Con la espalda inútil, saludo a
muchos y caigo incómodo entre la multitud semialfabeta. El dolor me hace girar
la cabeza hacia la derecha. Mi cuello se mueve menos que el segundo piso y ocurre
lo predicho en la primera frase. Destruyo a la multitud con los ojos y solo
queda un cuerpo con estrellas superpuestas en la cara. Se pasa un brazo por la cara,
“parece una pared de hojas” me digo.
Un impulso primitivo me hace
querer tocar sus dedos. Lo evito, lo controlo. Como castigo aletea la mariposa
que hace terminar la noche. Estoy en el auto, sin darme cuenta. La noche resulta
espesa. Se ha ido el tumulto con su olor a marihuana. Yo pasé la noche a secas.
La espero 300 sur de una antigua
relación.
sábado 7 de enero de 2012
Cerca del redondel del Coco
La casa alcanza a llenarse con el
calor. Gira despacio el ventilador de la sala, que parece una persona que se
acerca lentamente, alguien a quien desconozco. Una pareja de flores hacen la
luz de la habitación, guindan en la pared sin ver a nadie. Discos transparentes se apoyan para hacer puertas. Estamos
reunidos en familia en este punto sudoroso que se llena de polvo cuando abrimos
los ojos.
Un rompecabezas se acuesta de
espalda al suelo. Lo vemos todos los días cuando bajamos a desayunar, cuando
intercambiamos llaves para organizar, de la mejor forma, la salida y entrada a este sitio que juega a encerrarnos. Ésta es la casa de nadie.
Exuda no es una palabra. Alguien
dice.
Tomo lo que me dan. Una coca, una
cerveza, tres cocas largas que hay que atravesarse, como si fueran zancadillas.
Nos juntamos para comer en casa,
a pesar de que resuena en mi cabeza “el gato está echado”. El perro ladra. No
sabe bajar gradas.
La familia se refleja como una
sombra en las puertas, están cerca. Van al súper, traen bolsas, traemos bolsas
del súper.
La casa alcanza para un mes,
quizá un poco más. Llevamos días enteros ensayando la vida que ya pasó. Somos
esa familia que fue una familia por muchos años. Acá hace calor, para eso está
el ventilador. La pasamos bien, pero
cómo hace calor.
Gira despacio como una persona
que se aleja.
martes 13 de diciembre de 2011
Other Truths
it's okay...i'm just a
kid
Hay una gran energía en estas
conversaciones, donde se habla de cosas prohibidas, de cosas que parecen mentiras que uno
le fabrica al otro para ser felices por ratos. Son las conversaciones del
mercado negro del cerebro, donde se muestran y esconden lo que la esperanza hará
inalcanzable.
Le menciono una canción, como si
hablara conmigo mismo. Volvemos a ese idioma ambiguo como si estuviéramos
dentro de un pájaro, de un búho que se recuerda en el día. Las plumas son hojas
enormes que cuelgan del cielo. Hay ojos por todas partes, ojos que te ven, eso
lo he sentido siempre.
Estamos dentro del terreno
ambiguo donde mi cerebro se vuelve la figura más irregular del hogar. Por ahí
paso todos los días, veo adentro, a través de las ventanas que ya se sientan,
cansadas de tanto esperar y ver pasar gente. Ese cuerpo acostado es una casa, donde
se habla el idioma roto que ha salido de mi lengua, una rama doble que acosa los
puntos intocables de la mente.
Un movimiento lento y lleno de
chispas rescata al juego, evita que roce el cuerpo, monstruoso y lleno de mensajes,
de la realidad. Con un movimiento sutil, de pestañeo, de mano que suelta la
espalda baja del otro, borramos las huellas del espacio propio e imaginario,
los dos cuerpos desaparecen. Nadie podrá entrar a la mente y encontrar boronas
de pan regadas encima de la alfombra. Si alguien entrara, lo único que
encontraría serían puntos inconclusos, una puerta aceitada, dos o tres docenas
de gatos que piden alimento.
Es curioso. Esto sucede en una sola
cabeza, una que se llena de invitados hasta parecer parte de algún instituto
de ayuda mental. Pero eso está bien, no hay llanto, nadie se queja por encargarse
de la compañía propia. Esta consciencia no dura casi nada, lo mismo que el
mirarse de reojo en el espejo, lo mismo que el notar que las medias no combinan
con la mirada propia que ya se va enfriando.
lunes 5 de diciembre de 2011
Baños
Me basta mirarte para saber que con vos me voy a empapar el alma
Un tal Julio
Un tal Julio
Desde el principio no murmuramos, nos saludamos un par de veces, casi sin saber quién era el otro.
No intentamos meternos en una misma bolsa y
decir que no a algunas cosas y decir que sí a otras. Al principio intentamos el saludo
fraterno, los chistes, las caminatas llenas de otra gente, pero creo que eso no
funcionó.
Un extraño invisible se nos acerca por detrás. Sube, abre
las cortinas y dice diciembre, dice enero. Hace planes. Organiza las tardes y
las noches para que trasciendan a las barreras de contención, que la preocupan
a ella.
Las luces se han encendido, aunque no las veamos, igual que las nubes, que sabemos que también pasan.
Esto que se baila es una contradanza. Un baile que resulta
caminar hacia atrás, rompiendo el movimiento tradicional de los ojos que se ven
entre tanto aire; las manos se tocan, cientos de años después de haberse
conocido.
La canción de la danza no es una palabra verdadera, pero eso
no nos importa (ya se ha descubierto un lugar adecuado para existir). Los primeros
12 segundos son su voz que habla en un idioma nuestro. Sube y baja, sopla y
perdura. También está el tacto de la mano fantasma que hace un canal entre
el pecho, o el muslo o el ojo, que inevitablemente se quiebra.
Y creo que tengo todo el derecho de dejar el resto para
nosotros. De usar el tiempo y el espacio aquí presentes para describir la
iluminación de ciertos espacios que la rodean. Como hoy, el humo rojo, el cielo
dejándose caer en pequeñas gotas que nadie más nota, los edificios,
imprudentes, se asoman a verla mirar el cielo. Sobrevivo a la noche. Me espera
el día. Corro haciendo una danza que devuelve el tiempo o que más bien lo
cambia.
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