miércoles 15 de febrero de 2012

Posdata 2.

Escribo esto luego de que los fragmentos previos han sido entregados, se entenderá entonces el camino por el que corre la posdata número 2.

(no) Podría ser peor. Ahí estoy. Escribo esto en el edificio al que nunca voy a volver, me sonríen profesores que nunca volveré a ver. Ando en el bulto un mantel de un picnic al que nunca voy a volver.

Es hora de volver a leer, la vida me ha cansado. Los niños no están hechos para vivir en el mundo real.
El perro quedará ahí. Le llevaré galletas cuando sienta nostalgia.

Solo puedo pensar en la dedicatoria del hermoso poema Tabaré, de Juan de Zorrilla de San Martín. Transcribo ahora el principio y final del mismo, lo que está en el medio importa ahora tan poco.

- A mi esposa Elvira Blanco de Zorrilla

[...]

Nota 1. Después de escrita esta página que respeto hasta en sus incorrecciones, antes de darla a la prensa, mi esposa ha muerto... He bendecido la voluntad de Dios que me la dio y me la quitó; he ofrecido a Dios, como holocausto propiciatorio, los pedazos de mi corazón que él destrozó. Con la absoluta evidencia de fe, solo veo en el dolor el mundo de las divinas misericordias. Sea.

lunes 13 de febrero de 2012

Una noche cerré los ojos y pasaron cosas que ya pasaron




Vivir solo es comer en restaurantes
cuando tenés plata,
y distraerte haciendo la comida
cuando no tenés plata.
Es tratar de convencer a las amigas
de que aún es muy temprano
                                               para tomar el bus,
y llegar a la torpeza de mentirles
                                               respecto a la hora.

Es mordisquear los hombros
de todos tus amigos y amantes
para delimitar el terreno de tu ternura
y para decir hasta aquí, o a veces,
                                               a partir de aquí.

[…]

Vivir solo es pues,
pasarse las noches
miserablemente agarrado a las barras
de este zepelín silencioso,
esperando distinguir algún conocido
entre esa masa que ya no se acuerda
de vos.
Que te desnombra
desde que vos olvidaste
los ojos de aquella única hembra
que alguna vez te vio con ternura.

Vivir solo es,
a fin de cuentas,
el trauma
de haberla perdido.

Vivir Solo - Alexánder Obando


Estamos en el carro. La música que suena resulta el terreno borroso donde todavía podemos hablar. Traigo las manos cansadas, casi no dormí. Un punto rojo en el cielo le decía a alguien que cosas malas iban a pasar, yo solo hablaba, contaba cuentos. Ésa es mi forma de seducción, la menos eficaz, la más absurda.

Hace calor en el carro. Los ojos nos han crecido anormalmente, en algún momento todos hemos llorado. Desde el retrovisor puedo ver todas nuestras caras, parece como si nevaran. Siempre que hace calor, tomo consciencia que en algún momento, más bien pronto, tendré frío.

Pronto estaré muy cansado, todos los caminos tomados ya no contarán. Otra vez estaré perdido, caeré de nuevo en algo de lo que tendré que volver a salir, en algún momento, dejarlo, tal vez esta vez para siempre. Me dolerán los dolores viejos, que ya no importan. Me dolerá algo que ha dejado de ser, ya estoy cansado, solo recuerdo unas uñas pequeñas llenas de besos sinceros en la cara y al cuerpo que he abrazado con más cariño, desde el día que envenenaron a mi primer perro.

Cuando esté solo me arrepentiré de no haber visto sus rostros más tiempo, aunque fuera solo como lo hacen ahora, como si no me reconocieran. Me saldrán lágrimas pensando. Esto será después.

Tengo el estómago revuelto, no me pude comer el huevito del desayuno. Seguimos en el carro, cantamos y jugamos a estar bien. Estos juegos en los que las he metido o en los que ellas me metieron están a punto de pasar la factura.  

Me pesa todo lo que va en el carro. Cada minuto abrazado sobre las piedras. Cada regaño por gastar el encendedor, la pérdida de un hogar, de la familia del 2020. Estas palabras son lágrimas.

Muy pronto nos separaremos (hace poco predije que esto sucedería, también dije que estaríamos bien, pero esto último, ya no lo creo). Alguien ya ha sacado los tomates de una bolsa y los ha pasado a otra. Alguien ha dividido salomónicamente las latas de atún. Yo he quedado con dos bolsas rojas en mi cuarto llenas de nada. Estoy hastiado de esas bolsas, pero demasiado afectado como para moverlas. Entra en mi cabeza la idea de dejarlas ahí, como un monumento a ellas. Me doy cuenta que estoy perdiendo la razón.

No quedarán fotos de este momento, los tres en el carro, 28 grados centígrados, las caras que nievan. Solo tendremos fotos de cuando veíamos todo desde arriba y yo hablaba de arquitectura moldeada para combatir fantasmas, los tres reímos, parecía como si los tres nos lleváramos de la mano. Ese día es ayer y como Jesucristo, nunca va a volver.




viernes 10 de febrero de 2012

Ilppal



El nombre lo escuché sin entender de qué me hablaba. Era tarde y no llovía, la luz era primitiva en la universidad, flotaba. Yo sentía que nos escondíamos debajo de la cama, con el misterio del Ilppal ahí afuera, del lugar que nunca conocería y que había sido la vida de ella. Yo me escondía de la idea del Ilppal, del pasado, que si no es el de uno resulta amenazante, como menos.

“¿Cómo se escribe Ilppal?” – le pregunté, manteníamos los brazos cruzados, éramos dos figuras precolombinas de poses ambiguas.

“Así, como se oye” – me dijo. Yo removía haches mentalmente y comenzaba a caer en cuenta de que la eñe muda y final nunca fue una posibilidad.

Acá teníamos que esperar un par de horas a que ya no hubiera presa. No queríamos movernos o yo tenía miedo de que nos moviéramos. Seguíamos conversando, cada vez de cosas más pequeñas. De la mano cruzábamos temas peligrosos y ambiguos, de los que no se habla, de los que uno se lleva a dormir. Yo me esforzaba por hablar como si no estuviera ahí, decir “Sí, ésa me parece la mejor opción para que vos resolvás aquel problema”. Me esforzaba por ser una persona que da consejos, que señala y corrige errores, que pone barreras. Me esforzaba por no estar ahí como yo. Me daba miedo.

“Como en su sueño, a mí también me da miedo que usted ya no me reconozca, lo de la enagua no me importa tanto” – le dije, hablando en serio pero intentando ser gracioso, cuando nos agotábamos, trayendo palabras de conversaciones recientes, no tan pasadas. Ella quedó en silencio, como quedaba a veces, cuando yo era más oscuro.

El aire se vuelve un muro para leer su mente. No logro saber lo que piensa, como ahora que se ríe y luego se disculpa y hace que todo esté bien. Yo estoy echado desnudo sobre la calle y hablo como llorando, he sido arrojado al mundo dirían los existencialistas. Ella no puede no conocerme.

Le pregunto cosas de su pasado, cuidadosamente. El hermano, los papás, los viajes en carro en familia a lugares que se alcancen cuando se hace de noche.

El terreno neutral se comienza a acabar, ya se acercan las cosas que no se dicen, las que uno corre el peligro de expulsar durante este Zeitgeist tibio.

Siento deseos de salir a caminar, tomo fuerzas y decido hacerlo. Dormirme de camino, con un brazo encima, que mañana amanezca y sea domingo.

“¿Le puedo contar un cuento? “– le pregunté sabiendo que no se negaría. Me acerqué a ella dejando de ser dos que se sienten a la orilla de la noche en un parqueo, la luna llena.

Comencé:

En el Ilppal crece un árbol que casi nadie ha visto. Nació solo, como el niñito Jesús. Tiene un encierro de madera alrededor, como un redondel. Como un grupo de gente que lo abraza. Y está bien. Vive bien ahí el árbol, que no es tan alto como lo son regularmente, pero que es muy bonito y lo quieren mucho. Tiene hojas verdes que a veces se vuelven amarillas, como los ojos de los animalitos que vienen a dormir debajo de él, animalitos de barba y con un ligero olor a alcohol.

Más allá de su vida feliz en el Ilppal, el árbol tiene un deseo muy grande, que a veces se le olvida, pero eso no lo hace menos grande. El problema es que está encerrado, tiene un redondel de manos que lo abrazan y le impiden moverse a veces. No siempre.

El árbol cree que debe mantenerse firme, pero los animalitos le susurran al oído que no es cierto. Suben hasta su rama/oreja y le dicen que los médicos han dicho que su salud es buena, que es flexible, que no tiene que descansar si no lo quiere.

Entonces queda la duda en el árbol, que busca algo que no sabe qué es, pero que busca algo que debe ser algo.

Al mediodía llegó un animalito muy pequeño. Los dedos casi no se le veían, tenía los labios rojos y ojos grandísimos. Comenzaron a andar.

Comerán pan y atún, pelearán con perros, harán canciones, ocasionalmente verán un animalito de barba que las sigue, se percatarán de él por su leve olor a alcohol. Luego no se verán por un rato, pero ellos estarán bien.

martes 31 de enero de 2012

Los amores imaginarios I




Lo único que me permite ver su perfil de Facebook es que asistió a aquel concierto donde la vi por primera vez. Ese día llegué a medias, esperé en el parqueo, luego pedí una gin, había gente en un restaurante peruano.

Antes ella no existía, después dejó de hacerlo. Ese día se presentaba un libro y yo veía a mis amigos por primera vez, después de un mes grande.

Durante los días anteriores al concierto no había habido alcohol. Solo hubo una visita y media al hospital, un cadáver que desfiló engañado por los pasillos de la universidad, hubo numerosas pocas cosas. 

Conectaban cables que terminaron sonando mal. Afuera quedaba la marca de un tren grande que recorrió muchas veces la superficie antes del concierto. El libro tenía estrellas superpuestas en la cara y mi espalda parecía de otro cuerpo.

Con la espalda inútil, saludo a muchos y caigo incómodo entre la multitud semialfabeta. El dolor me hace girar la cabeza hacia la derecha. Mi cuello se mueve menos que el segundo piso y ocurre lo predicho en la primera frase. Destruyo a la multitud con los ojos y solo queda un cuerpo con estrellas superpuestas en la cara. Se pasa un brazo por la cara, “parece una pared de hojas” me digo.

Un impulso primitivo me hace querer tocar sus dedos. Lo evito, lo controlo. Como castigo aletea la mariposa que hace terminar la noche. Estoy en el auto, sin darme cuenta. La noche resulta espesa. Se ha ido el tumulto con su olor a marihuana. Yo pasé la noche a secas.

La espero 300 sur de una antigua relación.

sábado 7 de enero de 2012

Cerca del redondel del Coco


La casa alcanza a llenarse con el calor. Gira despacio el ventilador de la sala, que parece una persona que se acerca lentamente, alguien a quien desconozco. Una pareja de flores hacen la luz de la habitación, guindan en la pared sin ver a nadie. Discos transparentes se apoyan para hacer puertas. Estamos reunidos en familia en este punto sudoroso que se llena de polvo cuando abrimos los ojos.

Un rompecabezas se acuesta de espalda al suelo. Lo vemos todos los días cuando bajamos a desayunar, cuando intercambiamos llaves para organizar, de la mejor forma, la salida y entrada a este sitio que juega a encerrarnos. Ésta es la casa de nadie.

Exuda no es una palabra. Alguien dice.

Tomo lo que me dan. Una coca, una cerveza, tres cocas largas que hay que atravesarse, como si fueran zancadillas.

Nos juntamos para comer en casa, a pesar de que resuena en mi cabeza “el gato está echado”. El perro ladra. No sabe bajar gradas.

La familia se refleja como una sombra en las puertas, están cerca. Van al súper, traen bolsas, traemos bolsas del súper.

La casa alcanza para un mes, quizá un poco más. Llevamos días enteros ensayando la vida que ya pasó. Somos esa familia que fue una familia por muchos años. Acá hace calor, para eso está el ventilador.  La pasamos bien, pero cómo hace calor.

Gira despacio como una persona que se aleja.

martes 13 de diciembre de 2011

Other Truths


it's okay...i'm just a kid

Hay una gran energía en estas conversaciones, donde se habla de cosas prohibidas, de cosas que parecen mentiras que uno le fabrica al otro para ser felices por ratos. Son las conversaciones del mercado negro del cerebro, donde se muestran y esconden lo que la esperanza hará inalcanzable.

Le menciono una canción, como si hablara conmigo mismo. Volvemos a ese idioma ambiguo como si estuviéramos dentro de un pájaro, de un búho que se recuerda en el día. Las plumas son hojas enormes que cuelgan del cielo. Hay ojos por todas partes, ojos que te ven, eso lo he sentido siempre.

Estamos dentro del terreno ambiguo donde mi cerebro se vuelve la figura más irregular del hogar. Por ahí paso todos los días, veo adentro, a través de las ventanas que ya se sientan, cansadas de tanto esperar y ver pasar gente. Ese cuerpo acostado es una casa, donde se habla el idioma roto que ha salido de mi lengua, una rama doble que acosa los puntos intocables de la mente.

Un movimiento lento y lleno de chispas rescata al juego, evita que roce el cuerpo, monstruoso y lleno de mensajes, de la realidad. Con un movimiento sutil, de pestañeo, de mano que suelta la espalda baja del otro, borramos las huellas del espacio propio e imaginario, los dos cuerpos desaparecen. Nadie podrá entrar a la mente y encontrar boronas de pan regadas encima de la alfombra. Si alguien entrara, lo único que encontraría serían puntos inconclusos, una puerta aceitada, dos o tres docenas de gatos que piden alimento.

Es curioso. Esto sucede en una sola cabeza, una que se llena de invitados hasta parecer parte de algún instituto de ayuda mental. Pero eso está bien, no hay llanto, nadie se queja por encargarse de la compañía propia. Esta consciencia no dura casi nada, lo mismo que el mirarse de reojo en el espejo, lo mismo que el notar que las medias no combinan con la mirada propia que ya se va enfriando.

lunes 5 de diciembre de 2011

Baños


Me basta mirarte para saber que con vos me voy a empapar el alma

Un tal Julio

Desde el principio no murmuramos, nos saludamos un par de veces, casi sin saber quién era el otro.

No intentamos meternos en una misma bolsa y decir que no a algunas cosas y decir que sí a otras. Al principio intentamos el saludo fraterno, los chistes, las caminatas llenas de otra gente, pero creo que eso no funcionó.

Un extraño invisible se nos acerca por detrás. Sube, abre las cortinas y dice diciembre, dice enero. Hace planes. Organiza las tardes y las noches para que trasciendan a las barreras de contención, que la preocupan a ella. 

Las luces se han encendido, aunque no las veamos, igual que las nubes, que sabemos que también pasan.

Esto que se baila es una contradanza. Un baile que resulta caminar hacia atrás, rompiendo el movimiento tradicional de los ojos que se ven entre tanto aire; las manos se tocan, cientos de años después de haberse conocido.

La canción de la danza no es una palabra verdadera, pero eso no nos importa (ya se ha descubierto un lugar adecuado para existir). Los primeros 12 segundos son su voz que habla en un idioma nuestro. Sube y baja, sopla y perdura. También está el tacto de la mano fantasma que hace un canal entre el pecho, o el muslo o el ojo, que inevitablemente se quiebra.

Y creo que tengo todo el derecho de dejar el resto para nosotros. De usar el tiempo y el espacio aquí presentes para describir la iluminación de ciertos espacios que la rodean. Como hoy, el humo rojo, el cielo dejándose caer en pequeñas gotas que nadie más nota, los edificios, imprudentes, se asoman a verla mirar el cielo. Sobrevivo a la noche. Me espera el día. Corro haciendo una danza que devuelve el tiempo o que más bien lo cambia.