lunes, 13 de febrero de 2012

Una noche cerré los ojos y pasaron cosas que ya pasaron




Vivir solo es comer en restaurantes
cuando tenés plata,
y distraerte haciendo la comida
cuando no tenés plata.
Es tratar de convencer a las amigas
de que aún es muy temprano
                                               para tomar el bus,
y llegar a la torpeza de mentirles
                                               respecto a la hora.

Es mordisquear los hombros
de todos tus amigos y amantes
para delimitar el terreno de tu ternura
y para decir hasta aquí, o a veces,
                                               a partir de aquí.

[…]

Vivir solo es pues,
pasarse las noches
miserablemente agarrado a las barras
de este zepelín silencioso,
esperando distinguir algún conocido
entre esa masa que ya no se acuerda
de vos.
Que te desnombra
desde que vos olvidaste
los ojos de aquella única hembra
que alguna vez te vio con ternura.

Vivir solo es,
a fin de cuentas,
el trauma
de haberla perdido.

Vivir Solo - Alexánder Obando


Estamos en el carro. La música que suena resulta el terreno borroso donde todavía podemos hablar. Traigo las manos cansadas, casi no dormí. Un punto rojo en el cielo le decía a alguien que cosas malas iban a pasar, yo solo hablaba, contaba cuentos. Ésa es mi forma de seducción, la menos eficaz, la más absurda.

Hace calor en el carro. Los ojos nos han crecido anormalmente, en algún momento todos hemos llorado. Desde el retrovisor puedo ver todas nuestras caras, parece como si nevaran. Siempre que hace calor, tomo consciencia que en algún momento, más bien pronto, tendré frío.

Pronto estaré muy cansado, todos los caminos tomados ya no contarán. Otra vez estaré perdido, caeré de nuevo en algo de lo que tendré que volver a salir, en algún momento, dejarlo, tal vez esta vez para siempre. Me dolerán los dolores viejos, que ya no importan. Me dolerá algo que ha dejado de ser, ya estoy cansado, solo recuerdo unas uñas pequeñas llenas de besos sinceros en la cara y al cuerpo que he abrazado con más cariño, desde el día que envenenaron a mi primer perro.

Cuando esté solo me arrepentiré de no haber visto sus rostros más tiempo, aunque fuera solo como lo hacen ahora, como si no me reconocieran. Me saldrán lágrimas pensando. Esto será después.

Tengo el estómago revuelto, no me pude comer el huevito del desayuno. Seguimos en el carro, cantamos y jugamos a estar bien. Estos juegos en los que las he metido o en los que ellas me metieron están a punto de pasar la factura.  

Me pesa todo lo que va en el carro. Cada minuto abrazado sobre las piedras. Cada regaño por gastar el encendedor, la pérdida de un hogar, de la familia del 2020. Estas palabras son lágrimas.

Muy pronto nos separaremos (hace poco predije que esto sucedería, también dije que estaríamos bien, pero esto último, ya no lo creo). Alguien ya ha sacado los tomates de una bolsa y los ha pasado a otra. Alguien ha dividido salomónicamente las latas de atún. Yo he quedado con dos bolsas rojas en mi cuarto llenas de nada. Estoy hastiado de esas bolsas, pero demasiado afectado como para moverlas. Entra en mi cabeza la idea de dejarlas ahí, como un monumento a ellas. Me doy cuenta que estoy perdiendo la razón.

No quedarán fotos de este momento, los tres en el carro, 28 grados centígrados, las caras que nievan. Solo tendremos fotos de cuando veíamos todo desde arriba y yo hablaba de arquitectura moldeada para combatir fantasmas, los tres reímos, parecía como si los tres nos lleváramos de la mano. Ese día es ayer y como Jesucristo, nunca va a volver.




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