domingo, 29 de mayo de 2011

I

Ahora ya me he levantado de la cama. Me jaló más tu cuerpo, de pie y desnudo en una esquina, que las ganas de vestirme.

Me visto porque así me dijiste que hiciera. Lo hago porque me lo ordenaste. Ahora me detendré un segundo para verte a la cara y sonreírnos. Te miro, con mis ojos de niño, pero vos ya no me ves. Siempre fuiste mi Adam Smith, mi pequeña neoliberal, como te llamaba cuando no estabas.

Ya continúo vistiéndome. Este cuarto está en sombras, pero eso es mejor a que toda luz estuviese apagada, así puedo volverme un momento y verte descalza por última vez. Ahora es sólo tu mitad la que está desnuda, pero es la que más importa. Tu cabello que cae, la espalda que no me verá más. Tus ojos ya sin pasos.

Siempre fuiste mi Adam Smith y yo era una fiebre pasajera.

Ahora me pides que me vaya y yo levanto mi cara con sus ojos de niño, con una sonrisa que se asoma, para que me digás que era mentira, que vos también bromeás.

Pero esto no será así.

Es que las cosas sí duran siempre un poco más de lo que deberían.

II

Se ha vuelto una tarea infinita amarrarse los zapatos. ¿Por qué nadie ha acabado con este despilfarro de tiempo? Salgo a una calle mojada y oigo cómo se me humedecen los cordones. Ya los pies estarán empapados.

En fin, entro a un bar como nadie ha entrado nunca. Explicarlo resulta difícil. Los bancos son altos y alguien ya se ha caído de ellos, no hoy, tal vez otro día.

Frente a mí esperan que ordene algo de tomar, que solicite a una de las mujeres del lugar o que simplemente me pegue un tiro en la barra. Es difícil durar cuando casi no quedan opciones.

Me levanto y salgo. No soy ninguno de los que ha entrado ahí. Me vierto de nuevo en esa calle ya bailada, tan húmeda que me mojará los cordones y me hará sentarme en su acera. Pifiaré. Estaré acostado en el caño.

Veré la luna.

domingo, 1 de mayo de 2011

Instrucciones para desaparecer el bloqueo de escritor

Cuando abrí los ojos era de noche, una noche temprana.
f.

Mucha gente genera muchas recomendaciones, todas diferentes y con pequeños surcos que reflejan malas decisiones. Alguna gente recomienda escribir justo después de despertar, otros recomiendan estimularse visualmente. Alguno recomendará escribir mientras se caga, aludiendo a que es poco probable que salga mierda por dos lados a la vez.

Yo recomiendo salir de la casa, pero no a caminar y disfrutar de la desgracia que se llama San José, sino caminar con un destino, un supermercado. Cualquiera diría “sí, qué gran idea, un lugar de mucha variedad de objetos y también muy concurrida por gente muy distinta entre sí”, pero no, se equivocan por segunda vez (la primera fue el empezar a leer esto). Al llegar al supermercado, no agarre una canasta, le va a estorbar. Corra y no hable con nadie, no consulte ningún tipo de producto. Probablemente después de dar un par de vueltas por los pasillos, intentando ubicarse en tan indominable ambiente, podrá seguir las instrucciones que siguen.

Tome seis. Tómeselas (pero luego de pagarlas). Tome seis cervezas, de lata, no de vidrio, le van a quitar el raiters blok. No las abra dentro del supermercado. Acepte una bolsa, qué importa el ambiente en este momento. Cárguelas, sienta su peso, sienta el leve frío dentro de la bolsa que roza su pierna cuando sube los escalones hasta su casa. El camino de vuelta es corto porque ya no hay tanta ansiedad. Ya casi. Falta poco.

Tome asiento a la mesa redonda. Puede poner música, pero nada demasiado invasivo. Ahora abra una. Ahora un trago largo. Si no le gusta, no importa. Siga. Otro trago y casi se va la lata. Ahora otra. Suena bien cuando se abre una lata. Suena como el mar dentro de una lata.

Mantengamos silencio. Por uno, dos, trece minutos. Sienta que ya sus pies están abiertos, que sus manos están despreocupadas. Sigue el silencio, pero la presión de las venas va aflojándose. Su cerebro ya no es la materia sólida de las últimas horas, últimas semanas.

Ahora toca la sexta cerveza, la punta del iceberg encima del Himalaya. Ya casi se acaba. Ya lo amargo no es amargo, solo es pesado. Es un líquido pesado. De color dorado, de olor dorado, de sabor dorado.

Usted ya no se acuerda de nada. No se acuerda de dónde está leyendo esto, ha perdido la hoja en la que copió esa serie de instrucciones sin un fin recordable. No se acuerda de donde está. No sabe quién dirigió sus últimas acciones, no fue usted. Pero eso no importa. Usted ya no tiene bloqueo de escritor. No recuerda qué es eso. Usted es libre. Lo será por una hora. O eso, por lo menos, me dura a mí la libertad.