lunes, 26 de septiembre de 2011

Mute 1

Nunca tuvimos una cita, se nos fue el tiempo en otras cosas. Intentando racionalizar lo que pasaba. Buscando las cosas interesantes de un carro. Ignorando todo lo que ya existe allá, donde parecía lejos.

No malgastamos el tiempo, jamás diría eso, hicimos lo que pudimos con lo que nos dieron. ¿Quién? ¿Vos? No sé, tal vez.

Lo que digo es que si hubiera habido más tiempo, podríamos haber ido a conocer al gran mamífero del Poás. Dirás que ya lo conocés y que yo también, pero con vos cada sitio ha sido un redescubrimiento de la sábana del mundo. Por eso iríamos ahí.

También me gustaría confundirte llevándote a otros lugares. Justo el día que volvía de decirte adiós, me dieron ganas de llevarte a estas fiestas terribles que organizan donde vivo. No para hacerte sufrir, sino para que conocieras donde viven desterradas estas hojas. Te presentaría al hombre del parche que siempre espera el bus cerca de la iglesia, su sonrisa nos daría ternura.

Pero también se me ocurrieron planes menos complejos. Que conocieras mi casa, mi cuarto, mi biblioteca, que es todo lo mismo. Llevarte a ver lo que los japoneses nos trajeron, cosas esqueléticas y ventanales, imprescindibles. Drogar juntos las horas en alguna parte de San Pedro, solo nosotros, o solo nosotros con otras 4 personas de la confianza de alguno. Vivir menos la intermitencia y más los dos cuerpos.

¿Si ahora cambiara todo, qué haría? Menos preguntas, probablemente. Volverte a estrechar las manos, primero que todo. Después esperar que tus ojos de pequeña me recojan y me lleven a tu boca. Solo pienso en eso, en besarte la nuca.

¿Y cómo te hablo ahora si ya no te puedo hablar? Tal vez la pregunta correcta sea, ¿por qué te hablo ahora si nos mantenemos en la línea de banda, como si estuviéramos en dos baños, distintos y alejados, a la espera de la muerte?

¿Y qué se va a hacer? No me voy a matar, pero igual ¿a quién le gusta vivir así?

Temprano dije que hoy no tomaría, luego volvió a correr la vida y bueno, ¿a quién le gusta vivir así?

sábado, 17 de septiembre de 2011

Siempre empezó a llover en la mitad de la película

Yo antes no escribía así. Escribía diferente. Llevo todo el día pensando en eso. Y, meses antes, que no es un antes que la gente usualmente tome en cuenta, escribía diferente. Escribía sobre gatos enormes, que olían a pelos largos, corriendo por una ciudad sola. Mi ciudad sola, de nadie más. También escribía sobre estos otros animales que se pelean con las cosas que ocurren en la cabeza de un hombre durmiendo solo a la par de una mujer que no escucha. Es decir, escribía sobre las cosas que no suceden donde deberían suceder. Una escritura escapista, por más que la palabra me parezca el estigma más grande sobre la libertad de escribir. Pero en mi caso así era. Todo me aburría. El ir y venir dentro de una suciedad que se llama San José.

Así que por eso se me ocurría escribir sobre toros perdidos en los patios de barrios cualquiera o sino hablaba sobre las vacaciones padre e hijo que acaban en el segundo almorzándose al primero. Por ahí también habrá habido meseros con forma de conejos. Pero ya no es así.

He caído sobre el bulto que es entusiasmarse. Vivir en la distracción que es alegrarse, todavía solo, pero no tanto como antes.

Hundido en la vanidad de creer que las cosas se darían como yo quisiera he vuelto la mirada sobre lo real, no lo realista, cabe la aclaración.

El otro día te hablaba sobre este poema de Rexroth

En sólo un minuto nos diremos adiós
Me iré conduciendo y te veré
Cruzar el bulevar en el espejo retrovisor
Quizás distingas mi cabeza
Perdiéndose en el tráfico
Y luego nunca jamás nos volveremos a ver
Esto ocurrirá en sólo un minuto

Y creo que justo sucede ahora, cuando más embriagado estoy. Yo, que nunca me embriago, por más que intente tomármelo todo. De golpe, de un trago, como si un río me lloviera adentro. Ahora que por fin puedo volver a verme las manos y decir que está bien que estén ahí, te me empezás a desvanecer con la aceleración del humo.

Esto que escribo ahora no lo hago para estremecerme. Ya lo estoy. Ya me creció en el balcón de los párpados este setiembre inamovible. Un mes que se compone de las cervezas que me tomé con vos y de las cervezas que me tomé sin vos.

Justo ahora, cuando nos vimos hace poco, hace unas horas que parecen máquinas que nos apartan, tengo la necesidad (por ponerlo en palabras diminutas) de que la teoría Rexroth no se cumpla.

Esa tristeza que se me viene precipitando desde que te tiré en la mesa mi niñez. Tenés que acordarte, porque me viste llorar, porque no había forma de que no vieras esta enorme masa flaca metida en una camisa a cuadros con la cara empapada.

Eso mismo. Te he dicho las cosas indebidas. Me he sentado frente a vos con las piernas entre el aire y las tuyas. Por eso ahora te digo que cerrés las cortinas, que no salgamos nunca más al ventolero.

Alexánder Obando decía en su mejor poema que vivir solo es “tratar de convencer a los amigos de que aún es muy temprano para tomar el bus, y llegar a la torpeza de mentirles respecto a la hora”. Y creo que no hace falta que te diga más, con tantas veces que me quedan por decirte que no te bajés del carro todavía, que ese que se asoma no es Miguel, que aquel que te busca no ha llamado todavía a tu casa.

Por eso digo que yo antes no escribía así. Antes no sentía que estaba diciendo algún tipo de verdad, mucho menos la mía. Eso me hará falta, no sentir la posibilidad de agotar mis dedos en tus manos, estando a la par o estando lejos como ahora.

Y sí, las letras son poquito, cualquier persona que lleve tiempo escribiendo te lo puede decir, pero no queda más, solo así se vive en esta piedra, dentro de este torso que se acuerda de la forma en que tu oreja izquierda se apoyó, causando la misma presión que cuando se mira la orilla del mundo.

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Ya no quiero que estos textos sean el músculo que sostenga algo tan complicado, tan hambriento, tan necesitado de que mostrés algo más que tu liquidez diplomática.

Así que te doy la oportunidad ahora mismo, que leés esto. Escribime, si eso querés, que no va más. Si eso querés, mandame un mensaje que diga “De aquí, no pasás”.

martes, 13 de septiembre de 2011

Sangre Azul

El mundo se acaba, muchas veces, porque eso es lo que le toca y está bien. No haremos guerras debido a eso, ni siquiera nos diremos frases crueles en tonos cotidianos.

Las cosas, en este mundo y en cualquier otro, cuentan con la característica de la recaída. Ese lapso absurdo e insolente que define la vida útil, que prolonga la vida útil de las cosas. Pero ya estoy hablando de lo que no me interesa, de tus acciones paquidérmicas e inmóviles.

¿Entonces qué me queda si ya no te puedo decir nada? no porque no quiera, tampoco podría decir porque no querás. Me queda faltar a clases, faltar al refugio de los bares, refugiarme en un lugar más pequeño, faltar a la rapidez del mundo, a la asimilación de las cosas, faltar a la superación que cualquier persona sana recetaría.

Pero eso estará bien, no seguir a quienes nunca han estado enfermos.

Puede que esté reaccionando mal, como si estuviera sucio por dentro, como si los ojos se me hubieran llenado de agua y ya no pudiera ver. La culpa la tiene la aritmética, esa gran mentira de la suma de las partes. Tal vez no sea una mentira, tal vez solo me equivoqué de partes.

En este momento, acá dentro estamos muchos. El de los catorce, el de los dieciséis, el de los diecinueve, ahora el de los veintiuno.

Se nos cierran los ojos del cansancio.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Solo el hospital está abierto a esta hora

La noche empezó hace varias horas. Yo acabo de llegar a mi casa. No contaré cuantas cervezas me he tomado. Diré todo lo que pueda lo más rápido posible para que nada estalle la burbuja espléndida que a veces es el mundo, luego me iré a leer.

Sorpresa de medianoche el color casi claro de los semáforos. Este mundo en el que estoy, son 4 personas, una es Chaves, la otra es Fiamma. Los que no he mencionado nos vemos a los ojos, como si nos viéramos para dentro. Es un lugar reservado. Donde no se sabe mucho, pero se entienden algunas cosas: el color de la voz cuando vuelve, esta precipitación sobre tu dos mil once.

Ya empezamos setiembre y la patria poco importa.

Por ejemplo, mañana el día empezará suavizado por tu lengua dulce, probablemente estaré callado por algunas horas, pero eso estará bien. Viviré un rato en la muerte, escuchando el ir y venir de mi pecho, asustado como no lo estaba hace mucho. Recordaré algunos momentos claves, la lluvia en el parabrisas, la canción arriesgada/último recurso, el alcance de los pedazos de la franqueza.

Sea.

viernes, 9 de septiembre de 2011

¿Por qué los zombis se visten tan mal?


"Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda."

Jean de la Fontaine


Es una pregunta clara, directa, se podría decir que básica. No existe forma de discutir la veracidad del argumento. ¿Cuándo se ha visto a un zombi cruzar la calle sujetándose el sombrero de copa debido a una imprevista ráfaga de viento? Nunca o casi nunca. La probabilidad de usar un sombrero elegante se reduce en un 97% en caso de tener un machete en la cabeza, según datos del censo conducido por una fracción especializada y secreta de PETA.

Dentro del estudio, el caso del cuchillo en la cabeza resalta como la razón número uno de los zombis para no usar sombreros de copa. Ése es el caso del repartidor de comida china de mi barrio. Pero eso no debe entristecernos, no deberíamos sentir lástima solo porque debe cruzar las puertas estrechas caminando de lado. Él tiene su trabajo, su novia, su ardilla zombi. Su vida decente como zombi en sociedad. De lo único que lo he oído quejarse es del hecho que no lo dejan preparar wantán, escenario totalmente comprensible, nadie quiere que un pedazo de cerebro zombi se inmiscuya en su ritual gastronómico.

Otra de las razones que se dio en el estudio para no vestir sombreros elegantes, puso a las gradas como culpables ya que señala que muchos de los establecimientos donde se pueden encontrar dichos accesorios solo cuentan con acceso vía escaleras. Esta misma razón aparece a la hora que se inquirió por qué no se ven muchos zombis con indumentaria deportiva.

Es válido aclarar que estas dos razones apenas representan el 5% de las respuestas totales. La opción NS/NR acumuló un imponente, pero nada sorpresivo, 95%.

Para mí debe existir algo más allá que solo estas inconveniencias afiladas o espaciales. Las personas que han sufrido la infección cuentan con estilos de vida similares, sino idénticos. Esto ha limitado las posibilidades estéticas de la comunidad zombi desde el justo momento de la transformación.

Esta reincidencia en un mismo sector del tejido social ha producido una homogenización del fenotipo del zombi. Esto significa que los zombis están reclutando en los mismos lugares donde fueron infectados. Lugares como la avenida central o las afueras de Repretel. Este no es un veredicto infundado o ¿alguien se ha encontrado un zombi en los pasillos de Zara? Yo nunca he visto a uno con camiseta V o con pantalones de colores brillantes, manchados de sangre.

No solo los puntos de encuentro del día a día tienen influencia sobre las opciones estéticas de conversión para los zombis. También la forma en que celebran las festividades. Ahora, en época de fiestas patrias, tampoco será posible ver a un zombi con chonete o en unos meses a un zombi envuelto en una sábana, vestido del niñito Jesús.

Si bien éstas no se toman como ropas elegantes, ciertamente tienen un plus antropológico que levantaría la opinión pública en cuanto a las capacidades estilísticas de los amigos zombis.

Los zombis, conocidos internacionalmente por su personalidad insistente y obstinada, alguna vez intentaron formar parte del grupo de personas elegantes y distinguidas que actualmente los marginan, pero los resultados fueron negativos. Muchos recuerdan la serie de eventos dirigidos a zombis en los bares lujosos. El saldo fue de una docena de tacones y pies olvidados, muchos tragos sin pagar y un penetrante olor a burgueses incómodos.

Estos incidentes no solo trajeron problemas a la exquisita burguesía. En el seno zombi también se presentaron algunas disconformidades, ya que pretender ser algo que no se es, resulta muy mal visto dentro de lo que se entiende como la ideología zombi. Así que la dinámica social provocó una leve segmentación dentro de la comunidad zombi, generando una fracción marginada por los elegantes y a la vez marginada por los zombis.

Así que los que caminan en la lista negra de ambos, muchas veces con tacones amarrados a un tobillo roto, viven una vida extraña. Sin lasañas, sin comedias románticas, sin municipalidades. Viven con poquísimo.

A los que tienen el cielo extinto, solo les queda la luna. Pero hay que ver por cuanto.