miércoles, 9 de noviembre de 2011

9 de Noviembre

Antes de montarme en este avión, con una maleta que parece llevar algo más que solo ropa, me preguntaron muchas veces que por qué me iba. La única respuesta que me parecía suficiente era, por más dramática que sonara, “¿Por qué quedarme?”. Y no es cuestión de ingratitud o egoísmo, porque la gente rápidamente salta y dice “Tu familia tu novia”. Ellos son tanto de mi vida, que por ser esto así, también son parte de la razón por la que me voy. Me doy cuenta que no se puede razonar con aquellos que no saltarían al vacío solo con una maleta llena de libros tildados con cocaína.

“Por qué irse”. Porque las cosas están mal, porque el país es una mierda, porque la paz es tanta que tanta gente ya no siente nada. Porque no solo el país está mal, también yo estoy mal y me siento como una mierda, que casi es lo mismo que serlo.

Monstruosa patria, sin historia secreta de tantos tachones que le han puesto. Con y sin ríos, con un solo túnel que desfallece eternamente. Es fácil esconderse cuando la muerte es idéntica en todas las calles.

El martilleo constante de este país hace que me sienta como el plato que quedó vacío, con ese resto sucio de las dos gotas que escaparon de la taza. Y la acumulación de las huellas sobre el asfalto que pinta mi casa, las manos azules, las erecciones suicidas. Ese es mi plato vacío, la taza, a medias, de algo que ya se ha enfriado.

Tuviste que venir vos con ese día de la mano, para decirlo a medias, como ahora lo repito. Caminabas o tal vez ya te habías sentado, con cara seria, preocupada, sin saber qué palabras te saldrían de la boca o en qué idioma.

Estábamos en la U, llovía, como hace a veces, para que las cosas tarden, para que lo feo dure. Me tomaste una mano y me dijiste que no te había llegado. No te disculpaste, porque así sos vos y porque estábamos juntos, con las caras tendidas abiertas y el café caliente. Yo seguramente me quedé callado porque nada más se puede hacer y asumí lo que ahora la vida hacía de mí. Te llevé por un helado, compraste de galleta y pronto estabas riendo de nuevo. Somos tanto que nunca hubo que decir que no.

Tenías que venir vos para darme algo verdaderamente mío, para cambiarme todo. Acorralarme, yo con más culpa que vos, si de culpa se puede hablar. Pensé en las reservaciones que se cancelarían, en los 800 euros perdidos, pero nada terrible. Cosas dichosas para el que vuelve a encontrar amigos entre la multitud.

Ya en mi casa, que era un cuarto que me hacía sentir tan solo, no hice más que preguntas. Sin pausa, sin rescate, sin la posibilidad de caerse sobre algo que se pudiera amar.

Me entregué a pensar, porque así soy yo y lo sabés desde hace trece o catorce meses, y la vi. Porque es mujer, te lo digo ahora, porque la primera lo sería. Blanca como yo, linda como vos (tal vez menos cursi que yo, la ayudaría mucho). Con la nariz recta y fuerte, con el pelo oscuro y también los ojos. Sólo podría llamarse Emilia o Eugenia. Podríamos estar los dos en ella, yo en algún lugar, dando pasos.

Conseguí verme de nuevo en el país, con algo que verdaderamente fuera mío, porque sería nuestro, pero también sería mío, porque yo lo ocupo, porque yo ocupo cosas para poder volver de la esquina desde donde veo que la calle ya se acabó.

La necesitaría para recobrar el polvo de los años en Guanacaste o tantos días que terminaban en lluvia, pero que igual volvían a amanecer soleados. Me permitiría volver a este patio donde siempre hay una Iglesia cerca (y tendría que trabajar mucho para que Emilia o Eugenia nunca las conocieran, no sé si lo lograría, porque tu mamá cree cosas y hay hasta 5 cruces en tu cocina, que vos no pusiste pero que igual alguien puso. Mi abuela también podría meter mano)

Entonces sería un vestido blanco y luego uno de quinceaños. Y muchos novios, porque sería tan linda como su mamá, como vos, que recibís lo que escriba, bueno o malo, lo tuyo o de otras, lo real o lo imaginado, lo que me da miedo. Pero una hija no me da miedo, porque estaría acompañado, no sólo por vos, sino por ella. Nadie entenderá lo que es eso. Y una hija y una bici que no la obligaría a aprender y unos zapatos que serían de velcro hasta que ella quisiera y la letra fea y la ropa loca y cuentos y películas y confites y perros y libros (que tal vez sí tendrán cierto grado de obligación). Un hijo sería otros cien pesos.

Y no todo sería bonito, porque así son los proyectos que interesan. A veces llegarías tarde y Eugenia o Emilia ya estaría dormida, yo también, pero más enojado que dormido. Se nos acabaría la paciencia, como pasa para que sea interesante, porque siempre seré indócil, porque hay historias y tinieblas que cumplir. Sólo esperemos que Eugenia o Emilia no le tema a los fantasmas.

Tendría que ser mujer, te lo digo. Porque no cabe otra opción, porque debe tener esa sensibilidad con la que sangrará tanto y que si fuera hombre y tu hijo, no sé si tendría. Además siento que sería mujer, y vos ya sabés que yo adivino esas cosas, como cuando supe que me darías un buen regalo o cuando supe que me darías uno malo.

Y mis papás, no sabés cómo se pondrían, probablemente te asustarías si supieras en qué la estás metiendo, porque apenas les dijera tendrían su cuarto listo y juguetes y hasta un caballo (si todo esto hubiese sucedido hace 20 años). Te digo que es peligroso darle un nieto u otro hijo a ellos, porque sólo ellos, la querrían como yo. Porque vos no sos como yo, que ocupo a alguien que me haga sentir, todavía, parte de este pasillo continental.

Porque ya he dado pasos, quizá hasta tres, lejos de aquí. A veces sé que ya me he ido, como cuando opino en clases o cuando oigo a la gente hablar. Me siento como en el baño de algún hotel, oyendo a la gente hablar. El movimiento es tanto que sé que es un recuerdo, como si ya me hubiera ido.

Por eso necesitaba que me dijeras eso, que tenías un retraso y que yo sintiera, por vez primera, que alguien me esperaba.

Yo ocupaba, ahí está la clave, porque yo sé que vos podés sin mí y que podrías con ella, porque sos vos y no te sentís incómoda con eso que va atravesando el patio de mi pecho. Ahora ya toca la puerta.

Entonces yo me quedaría, para enseñarle a leer, que es lo único que sé hacer. Y ella podría aprender por otro lado otras cosas, a ser feliz, a contar cuentos sin tener que inventarlos a cada momento. Ella me interrumpiría la nostalgia, por muchos años, hasta que ella misma se quisiera alejar de esta mitad de patria. Le llegaría ese momento y yo me ahogaría por días y volvería a recordar cuando la llamé Eugenia o Emilia, tantos años después ya no recordaría el orden. Reconstruiría todo el tiempo que pasamos juntos, serían pequeños suicidios para quedar como un fantasma en carne viva cuando ella se fuera.

Pero igual, me habría quedado y durado aún 20 años más, aquí, para verla crecer y cuando ella se fuera te tendría a vos para la oscuridad del cielo y para nuevas situaciones, quizás ya sin padres, pero con un chico de 15 años que daría tantos problemas pero que sería tan inteligente. Tal vez ya me esté adelantando demasiado, pero es que he vuelto a sentir el ahogo que me corre por las uñas y que me transforma el pecho en un hueco húmedo.

Todo esto sería un futuro, me vendría sin excusas, lo afrontaría sin decir nada, como quien reconoce que la mañana inunda y que ya no es hora de dormir.

Un 8 de octubre me dijiste que compraste una prueba de embarazo. Al día siguiente, dijiste que había salido negativa, ya no recuerdo qué día fue.

PD: Y como si esto fuera una carta y no una conversación que tuvimos un día que aún llueve, te digo algo más. Una pregunta que quizá tiene más respuestas, pero sólo una mía:
¿Qué te dejo? Un par de tennis que no te he regalado, las fotos que me tomaste, las líneas de un mail que no te he escrito.

sábado, 5 de noviembre de 2011

2046

En el año 2046 la vida seguirá siendo una mierda, el mundo seguirá poblado por los mismos animales, lindos como las moscas.

En el año 2046 la tierra habrá dejado de ser redonda y Hitler habrá ganado la guerra. Pero eso a nadie le importa. A mí se me habrá caído todo el pelo y vos recurrirás al alcohol hueco para buscarme. Y tendrás razón. Lo que pasa es que en el 2046 yo ya estaré muerto.

Te parecerá injusto el que te haya dejado las gotas aplastadas de la lluvia todas para vos, pero no me importará, ya estaré muerto, habrá pasado el proceso natural. Primero mis órganos cumplirán todas sus funciones, luego mis órganos incumplirán todas sus funciones. Estaré bien.

En el 2046 habrán pasado 35 años, muchas veces. Ya los niños estarán grandes. Ya los niños serán más viejos que yo, en cualquier momento. Muerto a los 13, yo, muerto a los 20, muriendo desde los 21.

El precio del incienso estará por las nubes en este año, del que ya las historias hartan. La masturbación dejará de ser penada por la ley, eso tal vez les importe a algunos, a los que todavía creen ver personas caminar de la mano por la calle, pero eso no es amor, son besos.

En el 2046 se habrá atascado el mundo, el pasado estará a demasiado asfalto de distancia como para recordarlo. Nos será imposible llegar al 47 mientras estemos en el 46.

En el año 2046 el idioma será algo tortuoso, como seguramente ya se habrá notado. Los perros llevarán a cabo la vieja tarea mandibular de los hombres. Las mujeres despertando todos los días con los vientres mordidos por dentro. Sus costillas ya no serán arboledas, serán túneles sucios por los que los bebés intentarán escapar. Todavía se le irá a dejar comida a los cuartos de los muertos, pero sin la ingenuidad de esperar que alimentándose vivan para siempre.

El 2046 ya parecerá muy tarde para que se acabe el mundo.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El cielo se abre sobre la autopista


La autopista se abre bajo el cielo, corriendo rápidamente en todas direcciones. En una dirección. Todavía puedo ver el puesto de policía que había pasado el carro hace horas. Todavía suena su gemido estrecho y desordenado.

Lanzo mi mano con mi brazo al asiento del pasajero y no sé qué siento, no sé qué monumento amasado viaja aquí, a la par mía, añadiendo horas de distancia al último puente, apostando por nuevas memorias benditas, de las futuras y frágiles, tomando mi mano y devolviéndomela acompañada de otra.

Me digo que nada está sucediendo, que el carro todavía viaja desesperado, que esa punta donde veo la autopista acabar no es una punta, sino la cima de un acordeón que se precipita llevándonos. Jalándonos, torciéndonos los pies, poniéndonos cubitos de hielo en la boca, manchas de tinta en los ojos.

Al final no me creo las mentiras del miedo y sigo escribiendo en una hoja arrugada y sucia de comida. Y ahí está la pista, la mancha que delata la compañía, porque yo solo no como, me tomaré una cerveza, pero comer no, no encaro nunca al animal de la comida a solas, no desde España, donde me terminé de romper y por eso manejo ahora, esquizofrénicamente, en esta autopista abierta, donde el cielo se cierra y se abre a cada señal del párpado del más allá.

Los ligamentos rotos y el efecto cebolla en cada uno de los ojos han producido la reeducación, el aprendizaje forzado capaz de la vuelta a casa. La saliva que sostiene la pared de mis manos al volante comienza a detener el auto. Chispas y música caen del cielo abierto.

Curiosamente nos miramos en silencio. Fallo todas las letras de una palabra. Pero me entendés y nadie se defiende. Nadie niega nada. Torpemente no paro de hablar dentro del silencio, para llenarte el cuerpo de todo eso que tal vez olvidaste que soy, las cosas buenas, es decir, la habilidad mediocre para coser, pero habilidad; la ganas de manejar horas para o por vos; también la presión de cada uno de los órganos de mi cerebro, que no sé si sea bueno, pero sigue acá.

La autopista se prolongará lo que desee prolongarse, en forma de collage o en forma de flashback. Poco importa. El carro mantiene la misma gasolina de justo antes de morir. También mantiene su orientación enigmática, casi fugitiva, permitiéndome quitarme los lentes y explorar tus muslos, aunque sea a la distancia y en polaroids robadas. La música de fondo es el cielo abierto sobre la gran autopista y no queda mucho que decir.

No es mucho de lo que te puedo decir que soy dueño, de un perro loco, de algunos pares de zapatos bonitos y muertos, de todos los libros de dentro de este sueño. No sé si sea suficiente, pero ahora soy un poco más dueño de mí mismo.

La autopista se abre desde el ojo hasta cualquier día del mes de Noviembre, en el medio está la nicotina, los edificios, los poemas que citan los vecinos en sus cartas de amor. Junto a nosotros el carro azul de la autopista, las ventanas izadas, la muerte tirada en un lote baldío, el ruido sordo del cielo que cae abierto.

Una niña de pecas se acuesta y la peinan. Su cabello es un círculo muy suave, ya te lo habrás imaginado alguna vez. Cerca, en el jardín, un niño más pequeño juega, junto a la casa que construyó Gustav Klimt al lado del árbol de la vida. Es pequeño y fuerte, corre a todas partes y mira a su mamá como si pensara en zapatos atados y cajas llenas de lluvia. Tenía 147 años, Klimt, cuando construyó esta casa, en el 2009, al lado del árbol de la vida. Vos y yo todavía mantenemos edades similares, como ha sido desde siempre y lo único que te puedo ofrecer es pasarle mis pecas a ella.

lunes, 31 de octubre de 2011

Este lugar es enorme

Se han confundido. No comprenden que yo no pido nada, ni siquiera que entiendan mi manoteo desesperado. Actúan como si les hablara a media voz, oyen la mitad de lo que les digo, la mitad de lo que no quieren que les diga. La gente no entiende que yo no escribo para hacer preguntas, mucho menos para manufacturar respuestas. Yo escribo para inundar el laberinto, para revisar las tumbas del cementerio indio bajo la casa.

Juego a disparar pequeñas balas imaginarias que atraviesan el corsé de la memoria. Despacio, intento derretir el olvido, pero siempre consciente de lo inadmisible de mi propuesta: Revisitar espacios fragmentados por las ramitas de la nostalgia.

Hace meses tuve que abandonar la casa porque me lo pediste. Y no es una queja, es una verdad. Probablemente tenías tus razones. Pero las razones nunca son suficientes para destituir al niño que no había acabado de jugar y obligarlo a escribir ficciones, cosas que hace mucho no recordaba.

Yo no sé, mirá, hace más o menos un año comencé a enfermarme por primera vez y viniste con tu familia a ver al monstruo triste y barato tomar jugo de uva. ¿Qué quiere decir eso? Poco, pero recurrir a lo evaporado ciertamente no daña a nadie.

Pronto tu familia se fue y quedé yo y quedamos solos nosotros dos, sobre la almohada, en el suelo, disfrutando las paredes de mi cueva, que ahora es blanca y no llegaste a conocer. Mis papás se desentendieron de nosotros durante ese tiempo, como hacía yo con el mundo cuando estabas vos. Nos querían mucho y a veces te extrañan más que yo, y me lo dicen, porque son egoístas, y me dejan tirado sin ganas de dormir, ahogándome en la vergüenza de la medianoche. Pero esos momentos también pasan y cada vez me hablan menos de vos y ahora queda poco. Yo me escapé solo un instante y de repente ya estábamos muertos. El amor poco a poco se va convirtiendo en una tarjeta postal.

Yo creía que era un niño bueno. Que la antagonía que vivíamos a veces, no sería suficiente, que siempre quedaría algo que podríamos juntar y usar. Las horas de pensar en vos obstinadamente significan poquísimo para este ritual de paso, para este diálogo de sombras, vos que siempre supiste olvidar rápido, yo que nunca he podido controlar la sucesión del tiempo, el segundo que se derriba sobre su vecino, el año que agota la esperanza y da paso a la máquina psicoanalítica que intenta limpiar la tierra. Se llama Mario, seguro te caería bien.

No todas las muertes matan. Muchas transforman al cuerpo en un bloque solemne, pero también hay algunas que sanan o intentan sanar el dolor desconocido y temible que se lleva por dentro. Eso es lo que creí que era importante, el intento por sanar lo que estaba mal, lo que se esconde en el cráneo y habla y mira y toma decisiones y abraza y mata y se deja matar.

domingo, 30 de octubre de 2011

Hora triste para seguir jugando

Alguna vez dijeron que únicamente los muertos no pensaban. Qué mentira. A mí la mente me ha quedado intacta.

Un año pasa. Sigo viendo el mismo lado del bar, izquierdo y azul, por el que ella se fue. Sin cólera veo la forma en la que seguimos siendo lo mismo. El mismo movimiento de las manos, el ritmo de los ojos, de nuevo las manos. Pero sin sentir ya el espejo, ni la cascara de los huevos del desayuno hipotético.

¿El saldo del año? Podría decir “números negativos”, pero quedaría debiendo. ¿Y quién lleva la cuenta? Tal vez mis papás, que ven en Facebook lo mismo que yo pero no lo aceptan. Lo mismo que yo.

No veo la cara del suplente por acá y qué dicha.

Llamo al director técnico del equipo de mi colegio y no sabe qué decirme. Llamo al entrenador de la escuelita de fútbol a la que iba los domingos. No se acuerda de mí. Yo, de nueve años, soy solo otro par de piernas de pestañas pequeñas. “Los suplentes nunca duran” – solo eso me dice. Su experiencia empírica me deja menos triste, pero yo ya perdí la guerra, por combustión espontáneamente.

Las numerosas mesas por las que he pasado en estos meses no trazan una dirección, ni siquiera una señal que parezca acercarme devuelta a la población del mundo. Me mantengo variando de futuro porque a veces talar algo resulta un placer irrenunciable, que nunca ayuda.

De alguna forma llegará el año nuevo, lo quiera o no.

La rebelión de la rebelión aparece, resulta en abrazos que sacuden cada punto de los ojos. Ese abrazo nos lo debíamos. Nadie llama al deseo, pero aparece de oreja a oreja. Los muertos vivientes suenan de fondo.

La mirada cae desde un árbol al frente de los pasos. La retina se incrusta, como queriendo cerrar los ojos o salir corriendo. En el espejo del baño escupo la pregunta inaudible. Y salgo pronto de la casa donde oigo hablar de mí.

sábado, 22 de octubre de 2011

En la autopista los animales corren descubiertos

Vamos en un automóvil, haciendo un viaje muy largo. No puedo decir si vamos lejos, pero sí que el viaje será largo. El camino y todo lo que está alrededor se encuentra cubierto de una fina capa de resentimiento.

El clima no es el adecuado para recorrer la autopista. Llueve como si el cielo hubiera entrado en pánico o como si nosotros hubiéramos entrado en el cielo. “Despertá” grito en mi auto. Las ventanas vibran, afuera recorremos las gotas, adentro olvidamos las reglas.

Esta calle, que parece estar perdida, también forma parte de la autopista, a pesar de no tener líneas, a pesar de no tener nombre ni cintura. Dejo que mis ojos se cierren un momento mientras viajamos en la autopista. Sueño con la infraestructura de mi autoexilio, todas las habitaciones vacías, este carro que mira la ruta menos dura y se desliza sobre la lluvia.

Antes, cuando vos y yo íbamos lejos, yo manejaba. Vos decías las cosas que solo vos aprendiste a decir. Sentíamos que el viaje era suficiente para ser felices, no teníamos que llegar a ningún lugar y no lo hicimos y fuimos felices.

Ahora no sé quién maneja. Veo el volante vacío, nadie en él, voy solo en este carro, con tanto cadáver besado, con tanto hueso de almohada.

En algún momento lo correcto sería inclinarnos y ver al otro lado, ver a quién llevamos con nosotros. Quizá vos vas acompañada, en tu auto, que no es tuyo, pero es tuyo porque estás en él. Yo no sé si vas acompañada, solo puedo desear, ¿desear qué? No sé.

Vamos en bestias que se alejan. Las puertas siempre han sido el mecanismo preferido por la violencia.

La autopista no está vacía. Pareciera que nadie más recorre esta tierra inundada, esta tierra de una sola estación. Pero nuestras vidas posibles viajan en otros automóviles. Saliendo del mismo sitio, viajan los trenes de esta ciudad donde la lluvia ha caído por 5 meses (casi ya).

Viaja el tren del vientre, el de la hija, de los pasos fantasmas. También va el tren encarrilado y suicida, el de las cuatro mujeres desnudas, el de las cervezas diarias. También el tren de la sin memoria, el tren del regreso, el tren fácil, el tren del error, el tren de la nostalgia, el tren del “perdoname, ya estoy bien, te amo”, el tren de la mentira, en parte.

Esta lluvia que ha acabado con los bares y con las casas humedece mis cartas. Me obliga a esconderme durmiendo, a no posar los ojos sobre la tierra en la que posás los ojos. Evito que lo último sea lo último. Evito que la última señal de ese viaje sean mis pezones heridos. Las cosas viven hasta cuando se guardan.

El automóvil se sujeta a mis manos cuando el camino nos empuja fuera de la autopista. Mis manos no se comportan como las de un hombre, se mueven vacías e inmaculadas, pero dejan que la guerra tome la autopista. Mis manos matarían a cualquier enemigo que sonría.

lunes, 3 de octubre de 2011

Mute 2

Lo primero es simple, me das tu mano y yo la pongo entre las mías. La observo, le enseño a decir un par de cosas. Jugamos a no mirar a la máquina del tiempo. Todo va bien, por un momento la forma del mundo es la correcta. Pero luego, esta tierra nos golpea con los ojos y te caés de cabeza sobre tu cabeza y la paloma me corta un dedo. Me muerde con el pico, me muerde con las alas. Esta paloma muerta es tu mano entre las mías. La he dejado estar ahí mientras una película corría. La dejé que palpitara algunas medias horas, mientras, inofensivamente, setiembre acababa.

Después aparecen como conejos los diálogos oscuros, cuando mis dedos ya no tienen esperanza. Y no hay que llorar por los dedos, a casi nadie le importan ellos. No, no estaremos tristes, mis dedos no sirven para nada, para una o dos cosas solamente. Para medir la dirección del viento o para combatir la soledad, marcando un número de teléfono espontáneo.

En estos diez días que llevamos, hemos terminado diez veces. No lo digo exagerando. Pareciera como si la vacuna contra el suicidio no nos llegó a tiempo. Te pediría que no te dejés morir, que no te tirés en medio del parque a esperar que tus colmillos ahoguen la sustancia viva, pero a mí no me toca pedirte nada. Solo puedo ser otro más que observa la construcción o deconstrucción del aire, de los brazos queridos, de los nombres que susurramos.

Estamos a la espera de la construcción o deconstrucción del cataclismo. Son los momentos poderosos y posteriores a un viaje.

A esta hora solo me abrazan mis dedos, ya más cansados y viejos, pero todavía con un lindo gesto. Como si arrastraran, cada vez, menos cosas pesadas.