jueves, 3 de noviembre de 2011

El cielo se abre sobre la autopista


La autopista se abre bajo el cielo, corriendo rápidamente en todas direcciones. En una dirección. Todavía puedo ver el puesto de policía que había pasado el carro hace horas. Todavía suena su gemido estrecho y desordenado.

Lanzo mi mano con mi brazo al asiento del pasajero y no sé qué siento, no sé qué monumento amasado viaja aquí, a la par mía, añadiendo horas de distancia al último puente, apostando por nuevas memorias benditas, de las futuras y frágiles, tomando mi mano y devolviéndomela acompañada de otra.

Me digo que nada está sucediendo, que el carro todavía viaja desesperado, que esa punta donde veo la autopista acabar no es una punta, sino la cima de un acordeón que se precipita llevándonos. Jalándonos, torciéndonos los pies, poniéndonos cubitos de hielo en la boca, manchas de tinta en los ojos.

Al final no me creo las mentiras del miedo y sigo escribiendo en una hoja arrugada y sucia de comida. Y ahí está la pista, la mancha que delata la compañía, porque yo solo no como, me tomaré una cerveza, pero comer no, no encaro nunca al animal de la comida a solas, no desde España, donde me terminé de romper y por eso manejo ahora, esquizofrénicamente, en esta autopista abierta, donde el cielo se cierra y se abre a cada señal del párpado del más allá.

Los ligamentos rotos y el efecto cebolla en cada uno de los ojos han producido la reeducación, el aprendizaje forzado capaz de la vuelta a casa. La saliva que sostiene la pared de mis manos al volante comienza a detener el auto. Chispas y música caen del cielo abierto.

Curiosamente nos miramos en silencio. Fallo todas las letras de una palabra. Pero me entendés y nadie se defiende. Nadie niega nada. Torpemente no paro de hablar dentro del silencio, para llenarte el cuerpo de todo eso que tal vez olvidaste que soy, las cosas buenas, es decir, la habilidad mediocre para coser, pero habilidad; la ganas de manejar horas para o por vos; también la presión de cada uno de los órganos de mi cerebro, que no sé si sea bueno, pero sigue acá.

La autopista se prolongará lo que desee prolongarse, en forma de collage o en forma de flashback. Poco importa. El carro mantiene la misma gasolina de justo antes de morir. También mantiene su orientación enigmática, casi fugitiva, permitiéndome quitarme los lentes y explorar tus muslos, aunque sea a la distancia y en polaroids robadas. La música de fondo es el cielo abierto sobre la gran autopista y no queda mucho que decir.

No es mucho de lo que te puedo decir que soy dueño, de un perro loco, de algunos pares de zapatos bonitos y muertos, de todos los libros de dentro de este sueño. No sé si sea suficiente, pero ahora soy un poco más dueño de mí mismo.

La autopista se abre desde el ojo hasta cualquier día del mes de Noviembre, en el medio está la nicotina, los edificios, los poemas que citan los vecinos en sus cartas de amor. Junto a nosotros el carro azul de la autopista, las ventanas izadas, la muerte tirada en un lote baldío, el ruido sordo del cielo que cae abierto.

Una niña de pecas se acuesta y la peinan. Su cabello es un círculo muy suave, ya te lo habrás imaginado alguna vez. Cerca, en el jardín, un niño más pequeño juega, junto a la casa que construyó Gustav Klimt al lado del árbol de la vida. Es pequeño y fuerte, corre a todas partes y mira a su mamá como si pensara en zapatos atados y cajas llenas de lluvia. Tenía 147 años, Klimt, cuando construyó esta casa, en el 2009, al lado del árbol de la vida. Vos y yo todavía mantenemos edades similares, como ha sido desde siempre y lo único que te puedo ofrecer es pasarle mis pecas a ella.

lunes, 31 de octubre de 2011

Este lugar es enorme

Se han confundido. No comprenden que yo no pido nada, ni siquiera que entiendan mi manoteo desesperado. Actúan como si les hablara a media voz, oyen la mitad de lo que les digo, la mitad de lo que no quieren que les diga. La gente no entiende que yo no escribo para hacer preguntas, mucho menos para manufacturar respuestas. Yo escribo para inundar el laberinto, para revisar las tumbas del cementerio indio bajo la casa.

Juego a disparar pequeñas balas imaginarias que atraviesan el corsé de la memoria. Despacio, intento derretir el olvido, pero siempre consciente de lo inadmisible de mi propuesta: Revisitar espacios fragmentados por las ramitas de la nostalgia.

Hace meses tuve que abandonar la casa porque me lo pediste. Y no es una queja, es una verdad. Probablemente tenías tus razones. Pero las razones nunca son suficientes para destituir al niño que no había acabado de jugar y obligarlo a escribir ficciones, cosas que hace mucho no recordaba.

Yo no sé, mirá, hace más o menos un año comencé a enfermarme por primera vez y viniste con tu familia a ver al monstruo triste y barato tomar jugo de uva. ¿Qué quiere decir eso? Poco, pero recurrir a lo evaporado ciertamente no daña a nadie.

Pronto tu familia se fue y quedé yo y quedamos solos nosotros dos, sobre la almohada, en el suelo, disfrutando las paredes de mi cueva, que ahora es blanca y no llegaste a conocer. Mis papás se desentendieron de nosotros durante ese tiempo, como hacía yo con el mundo cuando estabas vos. Nos querían mucho y a veces te extrañan más que yo, y me lo dicen, porque son egoístas, y me dejan tirado sin ganas de dormir, ahogándome en la vergüenza de la medianoche. Pero esos momentos también pasan y cada vez me hablan menos de vos y ahora queda poco. Yo me escapé solo un instante y de repente ya estábamos muertos. El amor poco a poco se va convirtiendo en una tarjeta postal.

Yo creía que era un niño bueno. Que la antagonía que vivíamos a veces, no sería suficiente, que siempre quedaría algo que podríamos juntar y usar. Las horas de pensar en vos obstinadamente significan poquísimo para este ritual de paso, para este diálogo de sombras, vos que siempre supiste olvidar rápido, yo que nunca he podido controlar la sucesión del tiempo, el segundo que se derriba sobre su vecino, el año que agota la esperanza y da paso a la máquina psicoanalítica que intenta limpiar la tierra. Se llama Mario, seguro te caería bien.

No todas las muertes matan. Muchas transforman al cuerpo en un bloque solemne, pero también hay algunas que sanan o intentan sanar el dolor desconocido y temible que se lleva por dentro. Eso es lo que creí que era importante, el intento por sanar lo que estaba mal, lo que se esconde en el cráneo y habla y mira y toma decisiones y abraza y mata y se deja matar.

domingo, 30 de octubre de 2011

Hora triste para seguir jugando

Alguna vez dijeron que únicamente los muertos no pensaban. Qué mentira. A mí la mente me ha quedado intacta.

Un año pasa. Sigo viendo el mismo lado del bar, izquierdo y azul, por el que ella se fue. Sin cólera veo la forma en la que seguimos siendo lo mismo. El mismo movimiento de las manos, el ritmo de los ojos, de nuevo las manos. Pero sin sentir ya el espejo, ni la cascara de los huevos del desayuno hipotético.

¿El saldo del año? Podría decir “números negativos”, pero quedaría debiendo. ¿Y quién lleva la cuenta? Tal vez mis papás, que ven en Facebook lo mismo que yo pero no lo aceptan. Lo mismo que yo.

No veo la cara del suplente por acá y qué dicha.

Llamo al director técnico del equipo de mi colegio y no sabe qué decirme. Llamo al entrenador de la escuelita de fútbol a la que iba los domingos. No se acuerda de mí. Yo, de nueve años, soy solo otro par de piernas de pestañas pequeñas. “Los suplentes nunca duran” – solo eso me dice. Su experiencia empírica me deja menos triste, pero yo ya perdí la guerra, por combustión espontáneamente.

Las numerosas mesas por las que he pasado en estos meses no trazan una dirección, ni siquiera una señal que parezca acercarme devuelta a la población del mundo. Me mantengo variando de futuro porque a veces talar algo resulta un placer irrenunciable, que nunca ayuda.

De alguna forma llegará el año nuevo, lo quiera o no.

La rebelión de la rebelión aparece, resulta en abrazos que sacuden cada punto de los ojos. Ese abrazo nos lo debíamos. Nadie llama al deseo, pero aparece de oreja a oreja. Los muertos vivientes suenan de fondo.

La mirada cae desde un árbol al frente de los pasos. La retina se incrusta, como queriendo cerrar los ojos o salir corriendo. En el espejo del baño escupo la pregunta inaudible. Y salgo pronto de la casa donde oigo hablar de mí.

sábado, 22 de octubre de 2011

En la autopista los animales corren descubiertos

Vamos en un automóvil, haciendo un viaje muy largo. No puedo decir si vamos lejos, pero sí que el viaje será largo. El camino y todo lo que está alrededor se encuentra cubierto de una fina capa de resentimiento.

El clima no es el adecuado para recorrer la autopista. Llueve como si el cielo hubiera entrado en pánico o como si nosotros hubiéramos entrado en el cielo. “Despertá” grito en mi auto. Las ventanas vibran, afuera recorremos las gotas, adentro olvidamos las reglas.

Esta calle, que parece estar perdida, también forma parte de la autopista, a pesar de no tener líneas, a pesar de no tener nombre ni cintura. Dejo que mis ojos se cierren un momento mientras viajamos en la autopista. Sueño con la infraestructura de mi autoexilio, todas las habitaciones vacías, este carro que mira la ruta menos dura y se desliza sobre la lluvia.

Antes, cuando vos y yo íbamos lejos, yo manejaba. Vos decías las cosas que solo vos aprendiste a decir. Sentíamos que el viaje era suficiente para ser felices, no teníamos que llegar a ningún lugar y no lo hicimos y fuimos felices.

Ahora no sé quién maneja. Veo el volante vacío, nadie en él, voy solo en este carro, con tanto cadáver besado, con tanto hueso de almohada.

En algún momento lo correcto sería inclinarnos y ver al otro lado, ver a quién llevamos con nosotros. Quizá vos vas acompañada, en tu auto, que no es tuyo, pero es tuyo porque estás en él. Yo no sé si vas acompañada, solo puedo desear, ¿desear qué? No sé.

Vamos en bestias que se alejan. Las puertas siempre han sido el mecanismo preferido por la violencia.

La autopista no está vacía. Pareciera que nadie más recorre esta tierra inundada, esta tierra de una sola estación. Pero nuestras vidas posibles viajan en otros automóviles. Saliendo del mismo sitio, viajan los trenes de esta ciudad donde la lluvia ha caído por 5 meses (casi ya).

Viaja el tren del vientre, el de la hija, de los pasos fantasmas. También va el tren encarrilado y suicida, el de las cuatro mujeres desnudas, el de las cervezas diarias. También el tren de la sin memoria, el tren del regreso, el tren fácil, el tren del error, el tren de la nostalgia, el tren del “perdoname, ya estoy bien, te amo”, el tren de la mentira, en parte.

Esta lluvia que ha acabado con los bares y con las casas humedece mis cartas. Me obliga a esconderme durmiendo, a no posar los ojos sobre la tierra en la que posás los ojos. Evito que lo último sea lo último. Evito que la última señal de ese viaje sean mis pezones heridos. Las cosas viven hasta cuando se guardan.

El automóvil se sujeta a mis manos cuando el camino nos empuja fuera de la autopista. Mis manos no se comportan como las de un hombre, se mueven vacías e inmaculadas, pero dejan que la guerra tome la autopista. Mis manos matarían a cualquier enemigo que sonría.

lunes, 3 de octubre de 2011

Mute 2

Lo primero es simple, me das tu mano y yo la pongo entre las mías. La observo, le enseño a decir un par de cosas. Jugamos a no mirar a la máquina del tiempo. Todo va bien, por un momento la forma del mundo es la correcta. Pero luego, esta tierra nos golpea con los ojos y te caés de cabeza sobre tu cabeza y la paloma me corta un dedo. Me muerde con el pico, me muerde con las alas. Esta paloma muerta es tu mano entre las mías. La he dejado estar ahí mientras una película corría. La dejé que palpitara algunas medias horas, mientras, inofensivamente, setiembre acababa.

Después aparecen como conejos los diálogos oscuros, cuando mis dedos ya no tienen esperanza. Y no hay que llorar por los dedos, a casi nadie le importan ellos. No, no estaremos tristes, mis dedos no sirven para nada, para una o dos cosas solamente. Para medir la dirección del viento o para combatir la soledad, marcando un número de teléfono espontáneo.

En estos diez días que llevamos, hemos terminado diez veces. No lo digo exagerando. Pareciera como si la vacuna contra el suicidio no nos llegó a tiempo. Te pediría que no te dejés morir, que no te tirés en medio del parque a esperar que tus colmillos ahoguen la sustancia viva, pero a mí no me toca pedirte nada. Solo puedo ser otro más que observa la construcción o deconstrucción del aire, de los brazos queridos, de los nombres que susurramos.

Estamos a la espera de la construcción o deconstrucción del cataclismo. Son los momentos poderosos y posteriores a un viaje.

A esta hora solo me abrazan mis dedos, ya más cansados y viejos, pero todavía con un lindo gesto. Como si arrastraran, cada vez, menos cosas pesadas.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Mute 1

Nunca tuvimos una cita, se nos fue el tiempo en otras cosas. Intentando racionalizar lo que pasaba. Buscando las cosas interesantes de un carro. Ignorando todo lo que ya existe allá, donde parecía lejos.

No malgastamos el tiempo, jamás diría eso, hicimos lo que pudimos con lo que nos dieron. ¿Quién? ¿Vos? No sé, tal vez.

Lo que digo es que si hubiera habido más tiempo, podríamos haber ido a conocer al gran mamífero del Poás. Dirás que ya lo conocés y que yo también, pero con vos cada sitio ha sido un redescubrimiento de la sábana del mundo. Por eso iríamos ahí.

También me gustaría confundirte llevándote a otros lugares. Justo el día que volvía de decirte adiós, me dieron ganas de llevarte a estas fiestas terribles que organizan donde vivo. No para hacerte sufrir, sino para que conocieras donde viven desterradas estas hojas. Te presentaría al hombre del parche que siempre espera el bus cerca de la iglesia, su sonrisa nos daría ternura.

Pero también se me ocurrieron planes menos complejos. Que conocieras mi casa, mi cuarto, mi biblioteca, que es todo lo mismo. Llevarte a ver lo que los japoneses nos trajeron, cosas esqueléticas y ventanales, imprescindibles. Drogar juntos las horas en alguna parte de San Pedro, solo nosotros, o solo nosotros con otras 4 personas de la confianza de alguno. Vivir menos la intermitencia y más los dos cuerpos.

¿Si ahora cambiara todo, qué haría? Menos preguntas, probablemente. Volverte a estrechar las manos, primero que todo. Después esperar que tus ojos de pequeña me recojan y me lleven a tu boca. Solo pienso en eso, en besarte la nuca.

¿Y cómo te hablo ahora si ya no te puedo hablar? Tal vez la pregunta correcta sea, ¿por qué te hablo ahora si nos mantenemos en la línea de banda, como si estuviéramos en dos baños, distintos y alejados, a la espera de la muerte?

¿Y qué se va a hacer? No me voy a matar, pero igual ¿a quién le gusta vivir así?

Temprano dije que hoy no tomaría, luego volvió a correr la vida y bueno, ¿a quién le gusta vivir así?

sábado, 17 de septiembre de 2011

Siempre empezó a llover en la mitad de la película

Yo antes no escribía así. Escribía diferente. Llevo todo el día pensando en eso. Y, meses antes, que no es un antes que la gente usualmente tome en cuenta, escribía diferente. Escribía sobre gatos enormes, que olían a pelos largos, corriendo por una ciudad sola. Mi ciudad sola, de nadie más. También escribía sobre estos otros animales que se pelean con las cosas que ocurren en la cabeza de un hombre durmiendo solo a la par de una mujer que no escucha. Es decir, escribía sobre las cosas que no suceden donde deberían suceder. Una escritura escapista, por más que la palabra me parezca el estigma más grande sobre la libertad de escribir. Pero en mi caso así era. Todo me aburría. El ir y venir dentro de una suciedad que se llama San José.

Así que por eso se me ocurría escribir sobre toros perdidos en los patios de barrios cualquiera o sino hablaba sobre las vacaciones padre e hijo que acaban en el segundo almorzándose al primero. Por ahí también habrá habido meseros con forma de conejos. Pero ya no es así.

He caído sobre el bulto que es entusiasmarse. Vivir en la distracción que es alegrarse, todavía solo, pero no tanto como antes.

Hundido en la vanidad de creer que las cosas se darían como yo quisiera he vuelto la mirada sobre lo real, no lo realista, cabe la aclaración.

El otro día te hablaba sobre este poema de Rexroth

En sólo un minuto nos diremos adiós
Me iré conduciendo y te veré
Cruzar el bulevar en el espejo retrovisor
Quizás distingas mi cabeza
Perdiéndose en el tráfico
Y luego nunca jamás nos volveremos a ver
Esto ocurrirá en sólo un minuto

Y creo que justo sucede ahora, cuando más embriagado estoy. Yo, que nunca me embriago, por más que intente tomármelo todo. De golpe, de un trago, como si un río me lloviera adentro. Ahora que por fin puedo volver a verme las manos y decir que está bien que estén ahí, te me empezás a desvanecer con la aceleración del humo.

Esto que escribo ahora no lo hago para estremecerme. Ya lo estoy. Ya me creció en el balcón de los párpados este setiembre inamovible. Un mes que se compone de las cervezas que me tomé con vos y de las cervezas que me tomé sin vos.

Justo ahora, cuando nos vimos hace poco, hace unas horas que parecen máquinas que nos apartan, tengo la necesidad (por ponerlo en palabras diminutas) de que la teoría Rexroth no se cumpla.

Esa tristeza que se me viene precipitando desde que te tiré en la mesa mi niñez. Tenés que acordarte, porque me viste llorar, porque no había forma de que no vieras esta enorme masa flaca metida en una camisa a cuadros con la cara empapada.

Eso mismo. Te he dicho las cosas indebidas. Me he sentado frente a vos con las piernas entre el aire y las tuyas. Por eso ahora te digo que cerrés las cortinas, que no salgamos nunca más al ventolero.

Alexánder Obando decía en su mejor poema que vivir solo es “tratar de convencer a los amigos de que aún es muy temprano para tomar el bus, y llegar a la torpeza de mentirles respecto a la hora”. Y creo que no hace falta que te diga más, con tantas veces que me quedan por decirte que no te bajés del carro todavía, que ese que se asoma no es Miguel, que aquel que te busca no ha llamado todavía a tu casa.

Por eso digo que yo antes no escribía así. Antes no sentía que estaba diciendo algún tipo de verdad, mucho menos la mía. Eso me hará falta, no sentir la posibilidad de agotar mis dedos en tus manos, estando a la par o estando lejos como ahora.

Y sí, las letras son poquito, cualquier persona que lleve tiempo escribiendo te lo puede decir, pero no queda más, solo así se vive en esta piedra, dentro de este torso que se acuerda de la forma en que tu oreja izquierda se apoyó, causando la misma presión que cuando se mira la orilla del mundo.

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Ya no quiero que estos textos sean el músculo que sostenga algo tan complicado, tan hambriento, tan necesitado de que mostrés algo más que tu liquidez diplomática.

Así que te doy la oportunidad ahora mismo, que leés esto. Escribime, si eso querés, que no va más. Si eso querés, mandame un mensaje que diga “De aquí, no pasás”.