martes, 4 de septiembre de 2012

Hacer trampa



Cuando estaba en el cole tuve una novia que me gustaba un montón. Se llamaba Susana, pero yo le decía Su. A veces también le decía Us, solo por variar un toque. Yo a ella le caía mal al principio, pero luego ya le gustaba y creo que una vez intentó decirme que me amaba, pero yo intenté que no lo dijera porque seguro no era verdad y yo no quería tener una novia que mintiera. Teníamos 17 y no estábamos enamorados o yo no estaba y qué salvada que no estaba.

Éramos compañeros de clase y ella se sentaba a la par mía y nadie sabía que era mi novia porque ella no quería, porque ella terminó con el exnovio para estar conmigo, entonces en el cole no andábamos de la mano ni nos decíamos mucho, pero yo creo que todo mundo sabía que pasaban cosas entre los dos. A veces, cuando yo me portaba bien y si la gente no estaba viendo, ella me daba un beso en media clase.

El otro día un amigo me dijo que la hermana de Susana se casó y que qué picha. Y yo le dije que sí, que qué picha, porque la hermana de Susana era más guapa que Susana y mayor y más tonta y más cosas buenas. Pero más tarde ese día se me olvidó que la hermana de Susana se casó y se me olvidó Susana y cuando pasa eso no siento nada. Yo ya no siento nada por Susana.

Igual a veces me gusta ponerme a pensar en cosas de antes. De cualquier antes, siempre puedo sacar alguna tonterilla que dije o alguna tonterilla que me dijeron. El pasado creo que no me enoja, nada más me da tristeza, pero no de la mala aunque a veces sí de la mala, pero no siempre.

Me acuerdo que cuando Susana era mi novia y nadie sabía, se puso de moda hacer una cosa en los exámenes del cole. Los profes eran todos mediocres, entonces la mayoría solo hacían exámenes de marque con equis, entonces revisaban el examen con una plantilla que ponían encima de la hoja de respuestas. Entonces lo que a la gente le agarró por hacer era marcar opciones dobles en cada respuesta, se le decía hacer dobles. En los recreos cuando salía uno del examen la gente llegaba y le preguntaba que si había hecho dobles y luego cuando la vara se puso más intensa nada más llegaban a preguntar que cuantas dobles habían hecho.

Por algo, no sé por qué, yo no hacía dobles, nada más me entraba la idea fija de que por hacer dobles no iba a ganar o tal vez nada más me valían picha las notas y tenía un sentido marcado de lo correcto que espero ya haber empezado a perder. Entonces yo no hacía dobles y un día, cuando ya las dobles estaban totalmente implantadas en nuestra cultura colegial (creo que incluso gente de años menores ya estaban empezando a hacer) un profe se dio cuenta de la vara. Entonces le contó a los demás profes y se dieron cuenta que un 88% de la población de quinto año del colegio Saint Michael, que oficialmente se llama San Miguel Arcángel pero a ellos les pareció que tenía más caché ponerlo en inglés (¿tener más caché? ¿Así se dice? Nunca había usado esa palabra pero creo que va bien ahí), entonces le hicieron una boleta a todos los que habían hecho dobles.

En esa sanción legendaria de mi cole se fue con boleta la señorita Susana Cárdenas, la buena estudiante Susana Cárdenas, Susanitalaangelitalamásbonitaolamástontitaqueeslomismitomamita, también se fueron todos mis amigos y la mayoría de las amigas de Susana y Ana Melissa la más sapa de la clase y Francisco Rivera el de las mejores notas de la generación (anoto, no el más inteligente) y también los maes que eran mayores que se habían quedado y otra gente en la que no había pensado en años y otra gente de la que creo que nunca en lo que me queda de vida me voy a acordar. Unos amigos que tenía, Víctor y Macho, hacían triples, creo que Alexito también hacía triples.

Me acuerdo que Ana Melissa se puso a llorar cuando le dijeron que le iban a hacer boleta. Yo no sé cómo, pero a mí nunca me hicieron una boleta en el cole. En noveno me contaron mis amigos del momento que Pablo, el orientador, me quería hacer una boleta, pero que al final no me la hizo. Putazo ese que nunca ha sabido nada.

El otro día vi que Susana se acaba de graduar de Ingeniería Civil en una universidad ahí. Mi hermana me molestaba diciéndome que yo había terminado con Susana porque ella no había entrado a la UCR. Yo le respondía que no, que yo había terminado con ella porque me había dado una mierda de regalo en navidad. Las dos son opciones muy plausibles.

Yo no sé si Susana se habrá puesto a pensar alguna vez en mí, pensar si estoy en una playa sintiéndome solo. Ella nunca me ha visto fumarme un cigarro, ni darle sexo oral a una mujer y creo que ya no queda tiempo para ninguna de las dos.

A veces me gustaría decirle algo, nada más llamarla y decirle ¿Su, cómo eran las canciones que yo oía en esa época? Pero mejor no, no sé si tendrá el mismo número.

Con Su fue que pasó todo lo del principio, eso que no se sabe bien qué es pero que es una etapa. El estar en un sofá mucho rato dándose besos y no aburrirse o no estar esperando algo más. Todo eso que pasa al principio. Como estar en la sala viendo por la ventana que los papás de ella todavía no lleguen, y ver que pasan los chiquitos del condominio en bicicleta justo en el momento en que ella se da cuenta que lo que sigue es meterse mi pene en la boca por primera vez, es parte del principio eso de su primer descenso, el ver sus ojos desactivarse, su boca sin sonrisa que se sorprendía. Díganme que todo eso no es del principio. Como las primeras veces en que el tamaño de sus tetas cambiaba y yo me daba cuenta que cambiaba. Hey, le crecieron y yo grito y corro por toda la casa enseñándole dos manos vacías que actúan que están llenísimas o también está lo otro, hey, las tiene más pequeñas y hacer como que no me importa y no mostrarme decepcionado, no mostrar que tengo junto al corazón a mi cerebro y a mi pene hermanados. ¿Qué? No sé, pero eso es parte del principio.

Si alguna vez me hacen otro examen con hoja de respuestas, por vara me gustaría hacer una doble, por sentirme cerca de una exnovia, aunque sea de esa, de la del principio, de la del cole, de la que ahora hace maratón o algo así, de la que tenía una hermana más guapa que ella, de la que me cocinaba una pasta toda fea y que no le gustaba que yo le pidiera que me hiciera algo de comer, de la que terminé por mensaje de texto o casi así, de la que solo sé cosas que se saben por Facebook.

Y ya como que no queda tiempo para acercarme a casi nadie, ahora con la U y todo eso y sin brete y estresado por eso y ella que no entró a la UCR y ella que corre maratón y yo que casi me muero subiendo el Chirripó (en serio).

Ahora lo que me pasa es que creo que de alguien hay que sentirse cercano en la vida. Aunque sea de la novia del cole, de la que casi nadie se acuerda, solo cuando se está solo, solito, escribiendo desde la playa o desde algún lugar así. Entonces uno se pone a hacer trampa y habla de la novia del cole, como si uno de lo que quisiera hablar es de la novia del cole.

viernes, 10 de agosto de 2012

San Pablo




Mis papás nacieron en una casa amarilla que yo no conozco. Eso sucedió antes de que yo apareciera, obviamente. El barrio estaba todo pintado del mismo color, bueno, por lo menos así se ve en las fotos, que son todas viejas porque yo no había nacido. En realidad yo me imagino que así son las fotos, porque tampoco es como que alguien me ha enseñado fotos del barrio de cuando yo no estaba vivo. Hacer eso sería peligroso.

Solo una vez, me acuerdo que pasamos al frente de la casa y me la enseñaron. “Nosotros antes vivíamos ahí” – dijeron mis papás, no al unísono, nada más hablando normalmente, uno lo dijo, el otro en un movimiento reflejo y telepático levantó la mano y señaló. Yo vi una pared larga y amarilla, luego el comentario de mi mamá “antes no tenía rejas, nosotros le pusimos una tapia atrás porque daba a un cafetal”. A mí nunca me ha gustado el café, y yo en esa época no conectaba bien las ideas, como ahora.

Es posible que otros días yo haya pasado al frente de la casa y no la reconociera. Como ayer (honestamente eso fue el domingo y no ayer, pero últimamente siento que las cosas solo pasan ayer). Entonces digamos que fue ayer que estacioné en ese barrio, era de noche, hace un montón que no andaba por ahí (en realidad últimamente estoy yendo mucho, pero eso es super reciente y todo bonito). No me acuerdo cómo era la casa frente a la que estacioné, pero me acuerdo que había un cafetal cerca y que me metieron una mano en el pantalón, antes me habían bajado el zipper y antes de eso me había llegado el olor de una mano que olía como a coco y cigarro. Pudo también haber sido su pelo.

Cuando mis papás vivían por aquí no tenían roommates. Bueno, ellos eran sus propios roommates y luego llegó mi hermana y fue feliz por un rato. Luego nos fuimos de la provincia para la capital. Y eso en este país significa tan poquito que no sé para qué lo cuento. Nos vinimos a vivir (lo digo así porque yo ya casi estaba cerca) a donde vivía un montón de gente que ahora sé quienes son. Por acá están mis tíos y tías, mis primitos, mi abuela, ahora viven mi abuelo y la hermana también, hay borrachillos que antes no eran y yo los vi irse deshaciendo (¿alguien me habrá visto a mí deshacerme?), ahora andan sin bañar, con polvo en la cara y no estoy exagerando, sus caras ahora están hechas de polvo. También hay una iglesia rara que se llama Nido de Águilas del Nido de Águilas, o puede que no y solo sea el recuerdo de una broma que tenía con otra persona, alguien que ahora vive en el barrio de mis papás, pero en el de los ochentas, no el de ahora, es decir, vive en un lugar donde yo no estoy vivo. Suena música de los ochentas cuando paso por ahí y veo casas que pudieron ser mi casa, pero que ciertamente no lo son o por lo menos ya no. Acá hay algo que se entrelaza.

Tengo una amiga en ese barrio. Solo una. No sé qué tan cerca de ella estará la casa de cuando mis papás eran felices pero diferentes. Ojalá no muy cerca. No me gusta el olor a muerto. El de la gasolina sí, pero no sé qué tiene eso que ver. El cuarto de mi amiga no sé de qué color es. Puede que siga siendo azul como se lo pintaron con intención equivocada cuando nació (los doctores no saben nada) o puede que ella, como reproche al pasado, lo haya pintado rosado. Yo también sigo peleando con el pasado. También es posible que el cuarto de ella sea blanco como el mío, que sirve para pasar desapercibido. Me gustaría pasar una noche ahí, en ese barrio de otras gentes, y que en la mañana mi relación con el barrio siga igual, o por lo menos, parecida, que no me empiece a acordar de los recuerdos de otras personas. Que no empiece a contar anécdotas de gente feliz que quiere a su barrio. Nada más me gustaría despertarme y olerme las manos y el pelo y que me huelan como a palomitas.

Hasta ahora, nunca había andado de noche por ahí. Vieras que no suenan perros, no sé si podría vivir así, en un lugar tan tranquilo, sin gente enemiga, sin ventanas que se inclinan sobre mi patio, sin un caballo fantasma que camina por el cafetal y asusta a mi perro. Ahí hay poquita gente en la calle, en los parques hay gente que fuma, pero casi no hay nadie.

De cuando era pequeño yo no me acuerdo de casi nada. Es posible que en alguna visita a la casa de mi tía, que vive cerca de ese barrio, hayamos tenido que desviarnos para evitar las presas mientras nos devolvíamos a la casa, casualmente terminando en un punto de ese barrio y en ese momento yo haya dicho que me quería quedar a jugar. Es poco probable, pero de nuevo, no tengo memoria de que no haya sucedido, así que tal vez mis papás frenaron, nos bajamos del Honda azul, “el Hondilla” le decía mi papá, y pude jugar ahí, en ese barrio, donde mis papás nacieron como papás. 

Luego de eso, seguro yo me monté al carro todo despeinado y feliz, seguro solo sonreía, así le dicen mis papás a estar feliz.

Tal vez si en ese barrio hubiera habido un pedacito de río cerca nos hubiéramos quedado más. Yo hubiera nacido ahí y no en la capital, donde las cosas no han andado tan bien. También hubiera conocido a mi amiga antes, que eso es importante porque ahorita seguro me voy y no de vuelta a la capital, como hago a la medianoche, luego de que di vueltas por su barrio, luego de que escondí mis manos en lugares lindísimos. Si no que me voy más largo.




domingo, 5 de agosto de 2012

¿Dónde está Chicho?




Así se llama un cuento para chiquitos que escribí. Es decir, es para mí. A veces me gusta escribir para mí (siempre). No para amigas, pero la verdad eso no importa tanto, tener amigas es bueno. Chicho no tiene la nariz grande, como en algunos dibujos que ilustran el cuento, pero sí los ojos, para verme cuando cierro los míos y digo tonterillas. Decir tonterillas es bueno. Casi nadie escribe para chiquitos, la gente que dice que lo hace no lo hace, son solo gente vieja que cree que los chiquitos son una cosa, cuando son otra. Yo sí conozco gente que escribe para chiquitos en serio, pero ya están muertos. Se murieron a los 25 o 27 y todavía los extrañan en Guatemala.

Yo seguro ahorita me resfrío, estoy en alitas de cucaracha. Yo siempre estoy en alitas de cucaracha. Como cuando manejo y creo que la moto de alguien me sigue. O cuando entro en una rotonda y una grúa grande sin luces acelera y no me quiere ayudar, quiere molestarme, asustarme, gritarme cosas que solo las grúas gritan. “Váyase a la casa” – me gritan. “Sí, para allá voy, ahorita llego, a quinientos metros de acá tengo que doblar a la izquierda, sigo un poquito más y llego” quiero decirles eso, pero mejor no, mejor sigo como si nada, y las grúas grandes sin luces se van y las motos de alguien también se van. No creo que se vayan a donde Chicho, casi nadie sabe donde está Chicho. A veces me dan ganas de preguntarle que dónde está, pero mejor no lo hago, porque seguro es una tonterilla hacerlo, entonces me voy a mi casa y no como nada, porque no consigo amigos que me acompañen a comer y si uno no tiene amigos que lo acompañen a comer eso significa que uno no merece comer, porque ha hecho algo malo, entonces le toca manejar hasta la casa, preguntarse solo dónde está Chicho, qué hizo Chicho hoy, por qué Chicho está allá y no acá cerquita, como me gusta que esté Chicho.

A veces me salen nombres raros cuando escribo, como Jorge. Y entonces me dan ganas de escribir sobre un personaje que se llame Jorge, pero luego me digo que no, por que no sé quien es Jorge. Bueno, tampoco sé muy bien quién es Chicho y acá estoy dándole vueltas a la pregunta. Pero sé cosas de Chicho, como que tiene los ojos grandes y que la gente vieja no conoce esos ojos. Hay que ser pequeñito para conocerlos, poder metérsele a Chicho detrás de la oreja y decirle cosillas.

“Estoy en mi casa”, Chicho no dice eso hoy. Chicho escribe a veces y dice cosas bonitas, pero no las dice en realidad, solo las escribe. A Chicho le cuesta decir cosas bonitas y eso puede preocupar a la gente.

También a veces se le pierden las cosas, pero de eso no trata el cuento, pero es un dato importante, sí sí. Ahí, afuera, en la nieve que no cae pero está, a Chicho se le pueden perder cosas, no porque sea todo blanco, sino porque casi no toma y cuando la gente no toma tiene mayor tendencia a acordarse de que se le olvidó algo. Eso dicen los estudios que yo consulto, que no son muy elevados ni importantes, pero son los que me sirven a mí a esta hora, cuando ojalá Chicho esté durmiendo, en una cama grande y que no se le hayan resbalado las cobijas y que ojalá no tenga zancudos molestando.

Chicho podría contarles sobre otro cuento que escribí pero no sé si lo conoce. Es bonito, habla de un pueblo en otra provincia, donde vive y ha vivido gente. No suena muy bueno, ni muy interesante, y eso está tan bien que no quiero decir más. Ese cuento es una cosa solo para Chicho.

Chicho tiene un secreto que yo conozco un poquito. Está en el interior de sus muslos (alguna gente le llama a eso la entrepierna pero a mí no me gusta ese nombre). No sé quién más lo conozca y espero que nadie más lo conozca y que así ese secreto sea más bonito. A veces me da miedo que nadie pueda lavar mi boca de estas cosas que digo, pero luego se me va el miedo y entonces me doy cuenta que no es un miedo grande que tengo, como los otros que sí son grandísimos y me ponen a decodificar mensajes en la música o en la ropa de la gente y a obsesionarme mucho hasta que me acuerdo de algo bonito y se me va el miedo otra vez y qué dicha. Se pueden construir casas en las pestañas de Chicho.

Yo conozco a otro Chicho que sí se llama Chicho y que no tiene otro nombre más bonito. Me llevaba a desayunar tempranísimo y tenía buses y ahora ya no, pero ahora tiene más plata y ojalá sea feliz. Tiene cara de pez mafioso. Eso me dice mucho y si Chicho conociera a Chicho entendería lo de pez mafioso. Pero Chicho del cuento no tiene cara de pez mafioso, tiene cara de usar vestidos aunque nunca le haya visto uno, tiene cara de juntar frutas secretas que yo no conozco y dármelas luego. Chicho tiene algo en el pecho que no se puede tantear con la mano, algo que uno tiene que escuchar, preferiblemente con la precisión de los simulacros. Solo así uno sabe lo que Chicho, cuando hay una luna enorme en el cielo aunque no se vea, quiere.

En este momento me imagino a Chicho como los últimos ratos de la última vez. Un cigarro en sus labios, mi mano que se esconde debajo de su camisa, que huele a Chicho, mis ojos desconectados de la boca que se esfuerza por hacer un sonido bonito mientras mi mano desabrocha su pantalón. Luego un abrazo que se prolonga hasta que amigos recién hechos se duermen. Me doy cuenta ahora que estoy mezclando momentos con Chicho, pero no importa. Aquel que no entienda lo que es sentir la falta manos para tocar todo lo que es Chicho, por dentro y por fuera, lo digo con grandísima certeza, no mereció el nacimiento.



martes, 31 de julio de 2012

Yo cuando estaba bien



Yo cuando estaba bien te tejí un caballo, porque creí que con eso iba a estar todo bien para siempre. Pero no y entonces cambia todo, pasa el tiempo corriendo pero con una pata renca, como la del caballo que tejí.

Cambian las cosas, Dios es negado a diario, vos y yo ya no nos hablamos y yo estoy todo tatuado. Bueno, en realidad no tengo ningún tatuaje, pero sí me gustaría hacerme uno, pero me da un toque de miedo. Mi hermana tiene novio ahora, me costó un toque creerlo, seguro a vos también. ¿Qué le dirías a ella? “Ojalá no salga como Juan”.  Es posible. Pero tranqui, no me molesta, yo no quiero a más gente como yo. Yo no quiero a más gente.

Antes, yo no era así. Cuando yo estaba bien era todo flaco y usaba tennis o camisetas. Ahora es diferente, aunque use tennis o camisetas no es lo mismo, me veo diferente, como que no estoy, como si la persona de atrás caminara lento. Se ve raro cuando uso ropa de cuando estaba bien. No es lo mismo. A vos te conocí cuando estaba bien, creo. En esa época yo apenas comenzaba mi relación con Piyi, mi amigo azul. Él nos llevó a todo lado, a mí todavía me lleva a todo lado, pero ahora está como cansado, parece que se agita cuando sube cuestas, él ya no está bien, pero está conmigo. Lo he chocado dos veces a Piyi, una cuando vos todavía estabas cerca y fue mi culpa, otra cuando ya no tenía a casi nadie y ya no estaba bien.

Yo ya ni sé. El camino es esta cosa que empeora.  Ya no hago tareas, ya no saludo al perro de afuera (apenas si le hablo), como carne, como mucha carne ahora, fumo más, tomo mal. Porque la vida es corta, pero se hace larga. Siento como que alguien me dejó perdido, o como que me dejé perdido y ahora no sé si soy el que se fue o soy el que quedó de camino. ¿Se entiende? No. No importa.

Si yo tuviera algún superpoder me gustaría que fuera el de esconderme. Como Zelig. Tal vez así las cosas habrían salido mejor y no estaría hablando hoy de otras épocas, de cuando no le dirigía la palabra a carniceros, de cuando no tenía todo roto. Nos habríamos escondido en la panza rellena de algodón del caballo, seríamos lo inverso del de troya, dos personas que huyen de la emboscada del exterior. Con mi superpoder nos podríamos esconder de las cosas feas, de lo que sigue, de dejar de estar bien. Me hubiera gustado esconderme del haber dejado de estar bien.

Ahora no espero nada, la mierda es que eso igual me ahueva, pero esa es la idea con esto de ya no estar bien, creo.

viernes, 27 de julio de 2012

Nightfishing




No empieza mal, pero empieza con un gringo imbécil. O más bien, con alguien que espera a ese gringo. Otro gringo, para ser específico. Un subnormal, calvo, pro-bush y que no tiene amigos. Por eso se viene a sentar con nosotros, mientras el gringo imbécil (más imbécil) pesca red snapper a las 9 de la noche,  mientras nosotros fumamos un cigarro en el corredor del Hostal. “He’s nightfishing” – dice y a vos te invita a ir a la playa a esta hora, le decís que no, lo jodés, él no entiendo tus chistes, yo me encuentro incómodo. Él se pasa riendo, yo mido lo que dice y estoy a la defensiva, espero cualquier desliz, cualquier palabra que toque un punto sensible para cortarle la cabeza. Vos en una hamaca que se siente sticky, dirás esto 10 veces más durante la noche, que se extenderá hasta pasadas las tres. Rotan las personas que nos rodean. Los que estamos en este viaje juntos, nos vemos obligados a entrar y salir de cuartos huyendo de los gringos. Jacó es el Puerto Rico de Centroamérica.

Nosotros, al igual que el calvo, esperamos a amigos, pero los de nosotros sí son de verdad, no son amigos porque nos regalan marihuana o cerveza, aunque sí lo hagan. Llegan riéndose, estaban en la casa junto al hostal, compraron mota barata, les trajeron putas por si querían, eran jóvenes, yo pregunté si se veían putonas y alguien me regañó por la pregunta. “No, se veían normales” –me respondieron. Yo no conozco a ninguna puta.

Temprano habíamos caminado 50 metros por la playa para sentarnos bajo un techito, porque yo me quemo. Los otros se pusieron al sol de las 4 de la tarde a rogar por fuego. No lo consiguieron. Así que comenzamos la acumulación de cervezas vacías sobre la arena, la repartición de cigarros que a diferencia de los panes, nunca se multiplican. Por eso mismo, 8 horas después, cuando ya no había gringos a la vista, saldremos vos y yo a buscar cigarros. Cuando ya estamos en la principal, le preguntás a nadie y no nos sabe decir, nos dice que tal vez si caminamos 600 metros podríamos encontrar un súper abierto. Yo digo “jamás”. “¿Jamás qué?” – debiste haberme preguntado. Caminamos en silencio, cruzamos la calle amplia de Jaco Beach, entramos a un bar y compramos, por primera vez, cigarros juntos.

Los lapsos en que estamos acompañados y en los que estamos a solas se intercalan como fragmentos de películas que no se conocen entre sí. Es decir, a los ojos del espíritu santo, en un momento somos un grupo de carajillos que experimentan con drogas en la playa, que se asustan cuando les ofrecen perico, que tienen prohibido preguntar si las putas estaban ricas. Luego cambia el filme, dos puntitos temporales en la arena no se acercan mientras caminan pero se ven, en la cabeza de uno suena la banda sonora íntima de cualquier cabeza, en la otra, no se sabe, fuma sentada en la esquina de alguna calle, espera el café de la mañana, esa sos vos. Pero la mañana no vendrá al día siguiente, estamos lejos de casa y probablemente no sepamos cómo llegar. Mi cabeza es este televisor mal sintonizado donde películas se entrelazan sin razón evidente.
Cuando veníamos en el carro hacia Jacó decías poco y creo que yo hablaba mucho,  estuvimos en una presa por cuarenta minutos sin movernos, ahora que digo esto, ¿de qué estoy hablando? No importa. En la noche, hicimos lo mismo, quedarte callada es la forma en que decís mi nombre.

Y hay algo de desgastado en esta historia. Las horas que llegan tarde y se van rápido. Vos y yo, acostados mi cabeza cerca de tu hombro, tu cabeza flotando, siempre alejándose del suelo. Yo empiezo un ritual que ya debería odiar, el acercamiento metafísico, eso que vos no sabés, pero que significa “yo me quedé en tantos cursos”.

La noche, como todo, se acaba. A muchos les dejaría el sabor a tiempo perdido, porque la idea del beso de cabeza entre Spiderman y Mary Jane Watson en la primera película, estuvo instalada. Porque los cuerpos apuntaban en direcciones opuestas, pero las mentes también. Así que el sueño brota sin que nadie lo vea llegar, mis dedos en tu cuello, repitiendo el movimiento que nunca aprendieron verdaderamente durante las clases de guitarra. Vos caés dormida primero, yo me conformo con este tacto unilateral, por darte la sensación de lluvia en los hombros con mis dedos, mientras la playa camina hacia atrás, dejándonos.

Al día siguiente todos despiertan en sus camas a pesar de que una está vacía. Gran misterio para los que no estuvieron ahí. Nadie dice “desayunemos”, todos tenemos cara de merecer una ducha. Pasamos uno por uno por esa arcaica máquina contra la goma. Luego ellos se van con vos a la playa y quedo yo en una de las hamacas, sigue sticky, te digo telepáticamente mientras estás en la playa no viendo que releo los poemas que ya te leí ayer.

Vuelven en partes, vos primero, luego los otros. Ya tenemos las cosas listas para irnos, salís con ellos y yo vuelvo para cometer un crimen. Bueno, no sé si el hurto es un crimen. Un 27 de julio robo el primer libro de mi vida y es para vos. Siempre supe que ocurriría, pero nunca imaginé que sería en la playa, en un hostal y que no me lo dejaría yo.

No pude ver tu cara cuando te lo di, manejaba y debía concentrarme en que nadie nos matara. Ahora imagino el tamaño de tus ojos, que desde esta distancia adquieren proporciones mitológicas. ¿Te han dicho, alguna vez, el camino que recorren las mujeres de ojos grandes desde este lugar donde nacen hasta el país desconocido del que alguna vez salió esa mujer que nunca fue invitada a jugar? Una lástima, una historia triste. Así debería comenzar la próxima historia que te cuente, no hablarte sobre perros que no saben ladrar. Soy torpe y es vano creer que cuando nos volvamos a ver ya no seré así.

Siento que me faltó hablarte en la noche sobre un montón de cosas, como del fresco de cas o de mi forma confusa de organizar los libros. Te digo, ahora, que cuando manejaba espiaba por el retrovisor, jugaba solo y en peligro cuando cruzábamos el kilómetro 51, ustedes iban tan tranquilos cantando y yo jugaba solo y con sus vidas, y ¿por qué? Por ver lo que cantabas en esa, mi esquina buena.

sábado, 21 de abril de 2012

Perú 2011


Hicimos pan tan blanco
para bocas ya muertas
Julio Cortázar


Este año no parece este año. Parece otra cosa, como si el año 2011 durara, solo por esta vez, 16 meses. Sobre esto ya he escrito, diciendo que lo cruel se alarga, como aquella mano amarga que camina sola. Esto que me rodea es Área City, bar de mala muerte, pero de muerte a fin de cuentas, que es lo que importa. Camino en línea recta (aunque no creo que sea cierto) de la barra hacia ésa que me ve y me deja de ver. Es una peruana que me ha dicho su nombre hoy. Luego lo repetirá algunas veces más, también me preguntará el mío, incluso cuando ella ya lo sepa. Pero no hay que adelantarse, primero hay que echarnos cosas en los ojos, así que compramos más cervezas. Bailamos de la única forma posible acá, dándole la mano a una cerveza, restregando los ojos por el cuerpo, dejando, a veces, que los pies se eleven un par de centímetros hasta tocar la manta negra que es la noche o que es el techo.

Al humo ya no lo dejan entrar, así que no hace calor, pero se sienten ganas. Como ahora, cuando parece que la peruana y yo estamos solos, que el bar se ha transformado en algo que no vuelve. Como si ya se hubiera acabado la noche y todos se hubieran ido corriendo, en fuga, con los ojos y las entrepiernas empapadas, casi como la peruana y yo.

Somos el cuarto trasero del bar, una esquina del rectángulo donde la luz no cae. Acá nadie nos puede ver. Pero eso es mentira, todos nos pueden ver, no hay nada especial que nos rodee, somos otro conjunto de labios que se aprisiona, viendo quien puede sacarle más al otro. Pero nosotros cerramos los ojos, que resulta lo mismo que si nadie nos pudiera ver. Esta noche se buscan cosas dentro de la boca, es como el ejercicio de la memoria. Movimientos fútiles, reflejos, subconscientes.

Somos la última tijera del mundo. Algo que si se ve en un bar no se entiende y que, curiosamente, asusta.



viernes, 30 de marzo de 2012

El señor Kim




Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
Vicente Huidobro


El señor Kim cruza la calle corriendo, como si detrás de él viniera la policía norcoreana. Lo espero frente a un parque que oscureció con gente y caminamos, me dice que le gustaría verme correr algún día y sonríe, yo no respondo y también sonrío. Me lleva hasta un punto del parque desde donde se puede oír jazz. Nos sentamos y compartimos un cigarro. Hace frío y él no se cubrió lo suficiente antes de salir, le presto mi abrigo, y es un momento un tanto incómodo mientras lo abrazo colocándole mi jacket, quedamos un rato en esta posición un tanto mística, pero ya no es incómodo, estamos unos segundos donde debíamos estar.

Intentamos hablar de amigos en común, pero no hay ninguno o, por lo menos, no cerca. Me cuenta de su casa paterna, la casa de Appa que es como decir Dad, pero en coreano. Hay policías cerca y nos ven tomar, pero no dicen nada, saben que hoy son como un gato triste o un número impar que pasa por el parque.

Le cuento sobre el hombre que vive por mi casa que tiene un parche en el ojo. Hace poco lo vi y me di cuenta que está casado y tiene una hija. Él sonríe mucho y tiene colochos como yo no tengo, “podría ser su amigo” le digo, entonces sonríe, el señor Kim también está buscando algún amigo.

Se ríe mucho cuando me oye hablar así y yo también, pero de forma diferente, él me da su cara sin saber que la disfruto, en cambio yo agacho la mía. Le enseño al piso que yo también sonrío.

“Es raro, dice él, a veces en la noche me imagino qué me dirían si volviera a allá”. No entiendo muy bien a qué se refiere así que nada más asiento. Caminamos de vuelta al carro, no tenemos ningún lugar al que llegar, eso puede resumir la situación entre el señor Kim y yo, pero ahí seguimos, caminamos de vuelta al carro como si nos fuéramos separando, ya se desvanece esa tregua de estar sentados los dos muy cerca en el parque, yo vuelvo al sur, él al norte. Lo acompaño hoy, como me ha gustado hacer cuando son otras noches, cuando menos ojos nos han visto juntos.

Saliendo del parque nos encontramos a mis amigos, les digo cosas de las que no me arrepiento, que los odio, luego rocé inconscientemente la mano del señor Kim que se había puesto rojo antes de tiempo, previendo el contacto vano, los ojos del pecho sonriendo. No me arrepiento de nada de este día. Al día siguiente ellos probablemente me dirán “Qué bueno y dulce es Kim”. Nunca volverán a tener la razón de una forma tan dolorosa.

El señor Kim dice ser coreano, a pesar de tener un pasaporte gringo y uno cubano y de no tener los ojos achinados.

“Pues claro, cómo voy a tener los ojos achinados si soy coreano”  – dice, no me ve, nada más revisa rápidamente las fotos que ya me va a enseñar. Estamos en su apartamento, hemos abierto tres portones para llegar hasta acá, la superficie de las gradas era muy pequeña así que me costó subir. Me ha costado mucho llegar hasta aquí.

Temprano fui al ciclo de cine coreano y no lo vi ahí, aunque me hubiera gustado. Debe ser que él no extraña su patria como yo lo hago, o tal vez porque su nombre es más gringo que asiático.

“Ésta no sé por qué la tengo, ha de haber sido alguna demostración militar” – comenta la foto, tres aviones cruzan el cielo echando mucho humo, es a blanco y negro, pero casi puedo ver los colores. Uno tiene las alas rojas, el otro se precipita hacia abajo y parece como si todos se fueran a morir, por un momento me preocupo, pero luego pienso, al final todos se van a morir.

“Señor Kim, ¿por qué me enseña esto?” – quiero decírselo pero no lo digo, nada más lo pienso. Él sigue pasando las fotos, busca algo, me pasa nuevas, un grupo de mujeres norteamericanas, en un parque, riendo, hay mucha comida, en Corea no hay tanta comida. Al Pacino en un taxi, ve a la cámara indiferente, el Señor Kim está enamorado de Al Pacino, me lo dice riéndose. Me gusta cómo se ríe el señor Kim.

Me cuenta que tiene un hermano que se llama Kim-ki y un primo que se llama Kim-chi, me parece que no me quiere decir algo y que por eso sigue hablando como si Corea existiera.

Su apartamento es un sitio donde hay libros míos escondidos debajo de la cama, yo los puse ahí. No sé de qué color son las paredes, tal vez muy blancas. El piso creo que no es de madera, ni el techo tampoco, ambos sirven muy bien para reflejar la sombra del señor Kim, que parece un banco de peces. En una esquina del apartamento hay dos relojes de arena corriendo, uno contra el otro, pecho a pecho. Hay cosas viejas con cosas nuevas, como pasa a veces.

“¿Quiere vino? No queda mucho, yo lo hago, pero hace varios días no hago.” – Se levanta y saca una botella pequeñita de la refri, que también es pequeñita – “Casi no queda, pero así nos refrescamos la boca, está hecho de arroz, como el vino coreano.”

“¿Cómo sabe usted tanto de Corea?” – le pregunto casi sin consciencia de lo que estoy insinuando. No levanto la mirada pero sé que él me ve asustado, no responde, es muy temprano.

“Ay, qué tarde es” – digo, mientras apago mi cigarro, nos vemos a los ojos, redondos de ambos, él se pone rojo, yo lo veo buscar inútilmente una respuesta. 

Corro cosas pesadas de mis párpados, las escondo en otro lugar como si me dijera – “esto lo describiré después”. A veces parece que nos conociéramos desde antes.

Él no quiere despedirse, me pregunta si quiero ver las fotografías pornográficas que carga en su billetera. Por un momento pienso que es una trampa, que lo que está sucediendo tiene alguna carga perversa. Algo nos ha flotado siempre encima. Lo miro, tiene el pelo redondo y corto, sus ojos parecen no mentir, como cuando dice que es coreano, pero aquí ninguno de los dos dice la verdad desde hace rato. Esto se ha vuelto un juego de quien dura más frente al otro.

Todavía nos podemos comunicar, no sé cómo es posible.

“Señor Kim, no sé qué hacemos aquí.”