martes, 31 de enero de 2012
Los amores imaginarios I
sábado, 7 de enero de 2012
Cerca del redondel del Coco
martes, 13 de diciembre de 2011
Other Truths
lunes, 5 de diciembre de 2011
Baños
Un tal Julio
jueves, 1 de diciembre de 2011
Un día antes de diciembre
Si vieras.
Dos semanas de temporal
borraron la huella ocre
de las macetas
L. Chaves
Se pone mi abrigo. Toma con sus brazos el interior del día y de mi saco negro, ese cobijo agotado por todos los días en que desisto de la cama, y salgo a la calle a enfermarme.
Ella inclina su cabeza en ángulos imprecisos e inseguros hasta tocar con su oreja mi hombro, que le agradece. Estamos en un pasillo de una universidad de pasillos. Nos podemos ver, podemos notar cosas graciosas y secretas en el cuerpo del otro. Un lunar mal acomodado, unos labios que parecieran pequeños, pero que no lo son, una gran mirada indefinida, con paredes en todas partes.
Es una tarde de Diciembre, en Noviembre. Rompemos los bordes, pasamos de algo que parecía una visita guiada, a dos nativos que se han conocido en un sueño. Estamos cerca, como Noviembre tocando la mano de Diciembre, en una tarde en que no hace tanto frío, pero donde alguien se pone un abrigo más e investiga los olores que la otra persona puede traer.
Entre nosotros, la gente. Mucho espacio, unos párpados que solo deberían servir para abrirse, un hueco que se llena con dedos apretados, cuerpos que se cruzan y se despiden, hombros rotos, ojos rotos dentro de una boca. Hace tan solo una semana nadie se conocía. Ahora ya hemos repetido ese pasillo aplastado, ya hemos descubierto en el otro alguna forma de respiración, de comodidad inesperada.
Para esto no hay ley. Hay extremos de un largo corredor que se conecta. Hay canciones que caen en los oídos como lluvia y nos ayudan a dormir.
Estoy en una cama que cruje y libros me golpean la cabeza. Hace tan solo unos días nos hablábamos tranquilamente, ahora los cuerpos desaparecen como siempre.
Es diciembre, ahora ella está donde el aire se calienta en el día y en la noche. Su cuerpo suda, la figura blanca y delgada se cubre de una pequeña capa perfumada que no conoceré. En realidad, poco importa eso. Lo único que importa es la posibilidad de raptar uno o dos pensamientos, durante las horas de consciencia, mientras la madre llama e insiste que coma más, mientras el hermano cuenta historias que vivirá como ingeniero aeronáutico, mientras una sombra camina y abre puertas por la cabeza de ella que suda, en su calor de playa.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Hombre sonámbulo
El sueño comienza con un sueño. Estamos, o, primeramente, estoy en un río. Del lado derecho, el suelo se encuentra cubierto de piedras grises y dificultosas. También está mi carro sobre ese extremo del río, que es azul y me da la espalda.
Me doy cuenta que estoy en el agua, verde, de río, agua de tregua. Todo ocurre muy lento, porque estamos hundidos en un sueño, embarrados en una nube de ruido fresco, todo ocurre muy lento. Mi exploración consiste en mi parpadeo.
Lentamente me llamás, sin ninguna palabra de pizarra, con un lenguaje secreto que mira hacia el piso y dice que estás ahí, en el sueño, en el río. Todo está iluminado indirectamente, por eso digo que son las cinco de la mañana o las cinco de la tarde. También el frío, de piernas, no de cavidades, dice que son las cinco de la mañana o las cinco de la tarde. En fin, se puede nadar aquí donde estamos los dos, donde yo ya he descubierto esa figura cierta que sos o que podés ser.
Juguetes, música, eso le haría falta al sueño, porque los dos nos mantenemos sobre este río con las manos vacías, y ansiamos un poco.
Podría recalcar ciertas cosas, como tu cuello lleno de viento ahora en el sueño, como seguro te sucede cuando das los pasos necesarios para cruzar la calle y llegar al punto en el que podré percatarme, solo con verte, que algo se mueve, indeteniblemente, en el espacio.
Luego vino lo demás. Los leones, que eso nadie lo esperaba. En el tiempo, que poco quiere decir, que dura un sueño, nuestra esbeltez recibió visitas. Giré la cabeza hacia el lado izquierdo del río. También ahí había suelo de piedras grises, sin sombra, estáticas, ahí tiradas. Además había una montaña pequeña, que se parece a la de la casa de mi abuela, al otro lado del río.
La montaña, pequeña y acumulada en mi sueño, dejó bajar a 2 leones y 2 leonas, como una familia de amigos. El espectáculo fue lento y ligero, fue natural y silencioso. Nosotros los veíamos desde el río, frío por el color, pero cómodo como lo que se ve en el día y que reemplaza luego estos ojos en la noche.
El agua comienza a subir. Aceleradamente. Si en ese momento hubiera visto a los árboles, probablemente se habrían agitado de una forma oscura. El agua comienza a tocarnos en lugares peligrosos y se empieza a acumular en el medio de nosotros. Los leones dan sus pasos largos y crueles hasta entrar al agua. Caigo en el miedo. Te veo y ya no decís nada, ni te movés. Te dejás apropiar por la erección del río. Mi movimiento de huida no te interesa y te vás perdiendo en el agua del río, que se alimenta de vos. Te sujeto de la muñeca y empiezo a tirar de tu boca, de tus sonidos no conocidos y de tus ojos que ya pronto se sumergirán en sus párpados.
Nos movemos, yo te arrastro, e intento que olvidemos al río. Acaricio la mano blanca esperando que reaccionés, que no estés muerta de sueño, es terrible cómo llueve dentro de las sábanas.
Los leones ya están cerca. Sus cabezas son enormes y empiezan a rozarnos. Todo sucede rápidamente. El cuerpo de uno de los más grandes se pone en el medio, rompe mi mano y te libera. Comienza la gravedad a tirarte al centro del río y a mí a sacarme de él. Me acerco a la orilla, el carro se ha inundado y solo cuenta con un techo azul por encima del nivel del agua. Vos vas bajando gravemente, como si descendieras una escalera submarina, dando pasos, dejando que el agua te despeine, sin decir adiós, sin haber dicho hola, abriendo tu boca a un idioma de pocos.
Te veo desde la orilla seca y ahogada del río. No sé si sabré de vos. Estaré bajo el cielo el tiempo que sigue, mordiéndome los pies secos, viendo desde los puentes el agua de los ríos romperme la paz, en esa ceremonia inútil en la que espero que todos los ríos dején salir algo de ellos.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
9 de Noviembre
Antes de montarme en este avión, con una maleta que parece llevar algo más que solo ropa, me preguntaron muchas veces que por qué me iba. La única respuesta que me parecía suficiente era, por más dramática que sonara, “¿Por qué quedarme?”. Y no es cuestión de ingratitud o egoísmo, porque la gente rápidamente salta y dice “Tu familia tu novia”. Ellos son tanto de mi vida, que por ser esto así, también son parte de la razón por la que me voy. Me doy cuenta que no se puede razonar con aquellos que no saltarían al vacío solo con una maleta llena de libros tildados con cocaína.
“Por qué irse”. Porque las cosas están mal, porque el país es una mierda, porque la paz es tanta que tanta gente ya no siente nada. Porque no solo el país está mal, también yo estoy mal y me siento como una mierda, que casi es lo mismo que serlo.
Monstruosa patria, sin historia secreta de tantos tachones que le han puesto. Con y sin ríos, con un solo túnel que desfallece eternamente. Es fácil esconderse cuando la muerte es idéntica en todas las calles.
El martilleo constante de este país hace que me sienta como el plato que quedó vacío, con ese resto sucio de las dos gotas que escaparon de la taza. Y la acumulación de las huellas sobre el asfalto que pinta mi casa, las manos azules, las erecciones suicidas. Ese es mi plato vacío, la taza, a medias, de algo que ya se ha enfriado.
Tuviste que venir vos con ese día de la mano, para decirlo a medias, como ahora lo repito. Caminabas o tal vez ya te habías sentado, con cara seria, preocupada, sin saber qué palabras te saldrían de la boca o en qué idioma.
Estábamos en la U, llovía, como hace a veces, para que las cosas tarden, para que lo feo dure. Me tomaste una mano y me dijiste que no te había llegado. No te disculpaste, porque así sos vos y porque estábamos juntos, con las caras tendidas abiertas y el café caliente. Yo seguramente me quedé callado porque nada más se puede hacer y asumí lo que ahora la vida hacía de mí. Te llevé por un helado, compraste de galleta y pronto estabas riendo de nuevo. Somos tanto que nunca hubo que decir que no.
Tenías que venir vos para darme algo verdaderamente mío, para cambiarme todo. Acorralarme, yo con más culpa que vos, si de culpa se puede hablar. Pensé en las reservaciones que se cancelarían, en los 800 euros perdidos, pero nada terrible. Cosas dichosas para el que vuelve a encontrar amigos entre la multitud.
Ya en mi casa, que era un cuarto que me hacía sentir tan solo, no hice más que preguntas. Sin pausa, sin rescate, sin la posibilidad de caerse sobre algo que se pudiera amar.
Me entregué a pensar, porque así soy yo y lo sabés desde hace trece o catorce meses, y la vi. Porque es mujer, te lo digo ahora, porque la primera lo sería. Blanca como yo, linda como vos (tal vez menos cursi que yo, la ayudaría mucho). Con la nariz recta y fuerte, con el pelo oscuro y también los ojos. Sólo podría llamarse Emilia o Eugenia. Podríamos estar los dos en ella, yo en algún lugar, dando pasos.
Conseguí verme de nuevo en el país, con algo que verdaderamente fuera mío, porque sería nuestro, pero también sería mío, porque yo lo ocupo, porque yo ocupo cosas para poder volver de la esquina desde donde veo que la calle ya se acabó.
La necesitaría para recobrar el polvo de los años en Guanacaste o tantos días que terminaban en lluvia, pero que igual volvían a amanecer soleados. Me permitiría volver a este patio donde siempre hay una Iglesia cerca (y tendría que trabajar mucho para que Emilia o Eugenia nunca las conocieran, no sé si lo lograría, porque tu mamá cree cosas y hay hasta 5 cruces en tu cocina, que vos no pusiste pero que igual alguien puso. Mi abuela también podría meter mano)
Entonces sería un vestido blanco y luego uno de quinceaños. Y muchos novios, porque sería tan linda como su mamá, como vos, que recibís lo que escriba, bueno o malo, lo tuyo o de otras, lo real o lo imaginado, lo que me da miedo. Pero una hija no me da miedo, porque estaría acompañado, no sólo por vos, sino por ella. Nadie entenderá lo que es eso. Y una hija y una bici que no la obligaría a aprender y unos zapatos que serían de velcro hasta que ella quisiera y la letra fea y la ropa loca y cuentos y películas y confites y perros y libros (que tal vez sí tendrán cierto grado de obligación). Un hijo sería otros cien pesos.
Y no todo sería bonito, porque así son los proyectos que interesan. A veces llegarías tarde y Eugenia o Emilia ya estaría dormida, yo también, pero más enojado que dormido. Se nos acabaría la paciencia, como pasa para que sea interesante, porque siempre seré indócil, porque hay historias y tinieblas que cumplir. Sólo esperemos que Eugenia o Emilia no le tema a los fantasmas.
Tendría que ser mujer, te lo digo. Porque no cabe otra opción, porque debe tener esa sensibilidad con la que sangrará tanto y que si fuera hombre y tu hijo, no sé si tendría. Además siento que sería mujer, y vos ya sabés que yo adivino esas cosas, como cuando supe que me darías un buen regalo o cuando supe que me darías uno malo.
Y mis papás, no sabés cómo se pondrían, probablemente te asustarías si supieras en qué la estás metiendo, porque apenas les dijera tendrían su cuarto listo y juguetes y hasta un caballo (si todo esto hubiese sucedido hace 20 años). Te digo que es peligroso darle un nieto u otro hijo a ellos, porque sólo ellos, la querrían como yo. Porque vos no sos como yo, que ocupo a alguien que me haga sentir, todavía, parte de este pasillo continental.
Porque ya he dado pasos, quizá hasta tres, lejos de aquí. A veces sé que ya me he ido, como cuando opino en clases o cuando oigo a la gente hablar. Me siento como en el baño de algún hotel, oyendo a la gente hablar. El movimiento es tanto que sé que es un recuerdo, como si ya me hubiera ido.
Por eso necesitaba que me dijeras eso, que tenías un retraso y que yo sintiera, por vez primera, que alguien me esperaba.
Yo ocupaba, ahí está la clave, porque yo sé que vos podés sin mí y que podrías con ella, porque sos vos y no te sentís incómoda con eso que va atravesando el patio de mi pecho. Ahora ya toca la puerta.
Entonces yo me quedaría, para enseñarle a leer, que es lo único que sé hacer. Y ella podría aprender por otro lado otras cosas, a ser feliz, a contar cuentos sin tener que inventarlos a cada momento. Ella me interrumpiría la nostalgia, por muchos años, hasta que ella misma se quisiera alejar de esta mitad de patria. Le llegaría ese momento y yo me ahogaría por días y volvería a recordar cuando la llamé Eugenia o Emilia, tantos años después ya no recordaría el orden. Reconstruiría todo el tiempo que pasamos juntos, serían pequeños suicidios para quedar como un fantasma en carne viva cuando ella se fuera.
Pero igual, me habría quedado y durado aún 20 años más, aquí, para verla crecer y cuando ella se fuera te tendría a vos para la oscuridad del cielo y para nuevas situaciones, quizás ya sin padres, pero con un chico de 15 años que daría tantos problemas pero que sería tan inteligente. Tal vez ya me esté adelantando demasiado, pero es que he vuelto a sentir el ahogo que me corre por las uñas y que me transforma el pecho en un hueco húmedo.
Todo esto sería un futuro, me vendría sin excusas, lo afrontaría sin decir nada, como quien reconoce que la mañana inunda y que ya no es hora de dormir.
Un 8 de octubre me dijiste que compraste una prueba de embarazo. Al día siguiente, dijiste que había salido negativa, ya no recuerdo qué día fue.
PD: Y como si esto fuera una carta y no una conversación que tuvimos un día que aún llueve, te digo algo más. Una pregunta que quizá tiene más respuestas, pero sólo una mía:
¿Qué te dejo? Un par de tennis que no te he regalado, las fotos que me tomaste, las líneas de un mail que no te he escrito.