viernes, 10 de febrero de 2012

Ilppal



El nombre lo escuché sin entender de qué me hablaba. Era tarde y no llovía, la luz era primitiva en la universidad, flotaba. Yo sentía que nos escondíamos debajo de la cama, con el misterio del Ilppal ahí afuera, del lugar que nunca conocería y que había sido la vida de ella. Yo me escondía de la idea del Ilppal, del pasado, que si no es el de uno resulta amenazante, como menos.

“¿Cómo se escribe Ilppal?” – le pregunté, manteníamos los brazos cruzados, éramos dos figuras precolombinas de poses ambiguas.

“Así, como se oye” – me dijo. Yo removía haches mentalmente y comenzaba a caer en cuenta de que la eñe muda y final nunca fue una posibilidad.

Acá teníamos que esperar un par de horas a que ya no hubiera presa. No queríamos movernos o yo tenía miedo de que nos moviéramos. Seguíamos conversando, cada vez de cosas más pequeñas. De la mano cruzábamos temas peligrosos y ambiguos, de los que no se habla, de los que uno se lleva a dormir. Yo me esforzaba por hablar como si no estuviera ahí, decir “Sí, ésa me parece la mejor opción para que vos resolvás aquel problema”. Me esforzaba por ser una persona que da consejos, que señala y corrige errores, que pone barreras. Me esforzaba por no estar ahí como yo. Me daba miedo.

“Como en su sueño, a mí también me da miedo que usted ya no me reconozca, lo de la enagua no me importa tanto” – le dije, hablando en serio pero intentando ser gracioso, cuando nos agotábamos, trayendo palabras de conversaciones recientes, no tan pasadas. Ella quedó en silencio, como quedaba a veces, cuando yo era más oscuro.

El aire se vuelve un muro para leer su mente. No logro saber lo que piensa, como ahora que se ríe y luego se disculpa y hace que todo esté bien. Yo estoy echado desnudo sobre la calle y hablo como llorando, he sido arrojado al mundo dirían los existencialistas. Ella no puede no conocerme.

Le pregunto cosas de su pasado, cuidadosamente. El hermano, los papás, los viajes en carro en familia a lugares que se alcancen cuando se hace de noche.

El terreno neutral se comienza a acabar, ya se acercan las cosas que no se dicen, las que uno corre el peligro de expulsar durante este Zeitgeist tibio.

Siento deseos de salir a caminar, tomo fuerzas y decido hacerlo. Dormirme de camino, con un brazo encima, que mañana amanezca y sea domingo.

“¿Le puedo contar un cuento? “– le pregunté sabiendo que no se negaría. Me acerqué a ella dejando de ser dos que se sienten a la orilla de la noche en un parqueo, la luna llena.

Comencé:

En el Ilppal crece un árbol que casi nadie ha visto. Nació solo, como el niñito Jesús. Tiene un encierro de madera alrededor, como un redondel. Como un grupo de gente que lo abraza. Y está bien. Vive bien ahí el árbol, que no es tan alto como lo son regularmente, pero que es muy bonito y lo quieren mucho. Tiene hojas verdes que a veces se vuelven amarillas, como los ojos de los animalitos que vienen a dormir debajo de él, animalitos de barba y con un ligero olor a alcohol.

Más allá de su vida feliz en el Ilppal, el árbol tiene un deseo muy grande, que a veces se le olvida, pero eso no lo hace menos grande. El problema es que está encerrado, tiene un redondel de manos que lo abrazan y le impiden moverse a veces. No siempre.

El árbol cree que debe mantenerse firme, pero los animalitos le susurran al oído que no es cierto. Suben hasta su rama/oreja y le dicen que los médicos han dicho que su salud es buena, que es flexible, que no tiene que descansar si no lo quiere.

Entonces queda la duda en el árbol, que busca algo que no sabe qué es, pero que busca algo que debe ser algo.

Al mediodía llegó un animalito muy pequeño. Los dedos casi no se le veían, tenía los labios rojos y ojos grandísimos. Comenzaron a andar.

Comerán pan y atún, pelearán con perros, harán canciones, ocasionalmente verán un animalito de barba que las sigue, se percatarán de él por su leve olor a alcohol. Luego no se verán por un rato, pero ellos estarán bien.

martes, 31 de enero de 2012

Los amores imaginarios I




Lo único que me permite ver su perfil de Facebook es que asistió a aquel concierto donde la vi por primera vez. Ese día llegué a medias, esperé en el parqueo, luego pedí una gin, había gente en un restaurante peruano.

Antes ella no existía, después dejó de hacerlo. Ese día se presentaba un libro y yo veía a mis amigos por primera vez, después de un mes grande.

Durante los días anteriores al concierto no había habido alcohol. Solo hubo una visita y media al hospital, un cadáver que desfiló engañado por los pasillos de la universidad, hubo numerosas pocas cosas. 

Conectaban cables que terminaron sonando mal. Afuera quedaba la marca de un tren grande que recorrió muchas veces la superficie antes del concierto. El libro tenía estrellas superpuestas en la cara y mi espalda parecía de otro cuerpo.

Con la espalda inútil, saludo a muchos y caigo incómodo entre la multitud semialfabeta. El dolor me hace girar la cabeza hacia la derecha. Mi cuello se mueve menos que el segundo piso y ocurre lo predicho en la primera frase. Destruyo a la multitud con los ojos y solo queda un cuerpo con estrellas superpuestas en la cara. Se pasa un brazo por la cara, “parece una pared de hojas” me digo.

Un impulso primitivo me hace querer tocar sus dedos. Lo evito, lo controlo. Como castigo aletea la mariposa que hace terminar la noche. Estoy en el auto, sin darme cuenta. La noche resulta espesa. Se ha ido el tumulto con su olor a marihuana. Yo pasé la noche a secas.

La espero 300 sur de una antigua relación.

sábado, 7 de enero de 2012

Cerca del redondel del Coco


La casa alcanza a llenarse con el calor. Gira despacio el ventilador de la sala, que parece una persona que se acerca lentamente, alguien a quien desconozco. Una pareja de flores hacen la luz de la habitación, guindan en la pared sin ver a nadie. Discos transparentes se apoyan para hacer puertas. Estamos reunidos en familia en este punto sudoroso que se llena de polvo cuando abrimos los ojos.

Un rompecabezas se acuesta de espalda al suelo. Lo vemos todos los días cuando bajamos a desayunar, cuando intercambiamos llaves para organizar, de la mejor forma, la salida y entrada a este sitio que juega a encerrarnos. Ésta es la casa de nadie.

Exuda no es una palabra. Alguien dice.

Tomo lo que me dan. Una coca, una cerveza, tres cocas largas que hay que atravesarse, como si fueran zancadillas.

Nos juntamos para comer en casa, a pesar de que resuena en mi cabeza “el gato está echado”. El perro ladra. No sabe bajar gradas.

La familia se refleja como una sombra en las puertas, están cerca. Van al súper, traen bolsas, traemos bolsas del súper.

La casa alcanza para un mes, quizá un poco más. Llevamos días enteros ensayando la vida que ya pasó. Somos esa familia que fue una familia por muchos años. Acá hace calor, para eso está el ventilador.  La pasamos bien, pero cómo hace calor.

Gira despacio como una persona que se aleja.

martes, 13 de diciembre de 2011

Other Truths


it's okay...i'm just a kid

Hay una gran energía en estas conversaciones, donde se habla de cosas prohibidas, de cosas que parecen mentiras que uno le fabrica al otro para ser felices por ratos. Son las conversaciones del mercado negro del cerebro, donde se muestran y esconden lo que la esperanza hará inalcanzable.

Le menciono una canción, como si hablara conmigo mismo. Volvemos a ese idioma ambiguo como si estuviéramos dentro de un pájaro, de un búho que se recuerda en el día. Las plumas son hojas enormes que cuelgan del cielo. Hay ojos por todas partes, ojos que te ven, eso lo he sentido siempre.

Estamos dentro del terreno ambiguo donde mi cerebro se vuelve la figura más irregular del hogar. Por ahí paso todos los días, veo adentro, a través de las ventanas que ya se sientan, cansadas de tanto esperar y ver pasar gente. Ese cuerpo acostado es una casa, donde se habla el idioma roto que ha salido de mi lengua, una rama doble que acosa los puntos intocables de la mente.

Un movimiento lento y lleno de chispas rescata al juego, evita que roce el cuerpo, monstruoso y lleno de mensajes, de la realidad. Con un movimiento sutil, de pestañeo, de mano que suelta la espalda baja del otro, borramos las huellas del espacio propio e imaginario, los dos cuerpos desaparecen. Nadie podrá entrar a la mente y encontrar boronas de pan regadas encima de la alfombra. Si alguien entrara, lo único que encontraría serían puntos inconclusos, una puerta aceitada, dos o tres docenas de gatos que piden alimento.

Es curioso. Esto sucede en una sola cabeza, una que se llena de invitados hasta parecer parte de algún instituto de ayuda mental. Pero eso está bien, no hay llanto, nadie se queja por encargarse de la compañía propia. Esta consciencia no dura casi nada, lo mismo que el mirarse de reojo en el espejo, lo mismo que el notar que las medias no combinan con la mirada propia que ya se va enfriando.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Baños


Me basta mirarte para saber que con vos me voy a empapar el alma

Un tal Julio

Desde el principio no murmuramos, nos saludamos un par de veces, casi sin saber quién era el otro.

No intentamos meternos en una misma bolsa y decir que no a algunas cosas y decir que sí a otras. Al principio intentamos el saludo fraterno, los chistes, las caminatas llenas de otra gente, pero creo que eso no funcionó.

Un extraño invisible se nos acerca por detrás. Sube, abre las cortinas y dice diciembre, dice enero. Hace planes. Organiza las tardes y las noches para que trasciendan a las barreras de contención, que la preocupan a ella. 

Las luces se han encendido, aunque no las veamos, igual que las nubes, que sabemos que también pasan.

Esto que se baila es una contradanza. Un baile que resulta caminar hacia atrás, rompiendo el movimiento tradicional de los ojos que se ven entre tanto aire; las manos se tocan, cientos de años después de haberse conocido.

La canción de la danza no es una palabra verdadera, pero eso no nos importa (ya se ha descubierto un lugar adecuado para existir). Los primeros 12 segundos son su voz que habla en un idioma nuestro. Sube y baja, sopla y perdura. También está el tacto de la mano fantasma que hace un canal entre el pecho, o el muslo o el ojo, que inevitablemente se quiebra.

Y creo que tengo todo el derecho de dejar el resto para nosotros. De usar el tiempo y el espacio aquí presentes para describir la iluminación de ciertos espacios que la rodean. Como hoy, el humo rojo, el cielo dejándose caer en pequeñas gotas que nadie más nota, los edificios, imprudentes, se asoman a verla mirar el cielo. Sobrevivo a la noche. Me espera el día. Corro haciendo una danza que devuelve el tiempo o que más bien lo cambia.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Un día antes de diciembre


Si vieras.
Dos semanas de temporal
borraron la huella ocre
de las macetas


L. Chaves

Se pone mi abrigo. Toma con sus brazos el interior del día y de mi saco negro, ese cobijo agotado por todos los días en que desisto de la cama, y salgo a la calle a enfermarme.

Ella inclina su cabeza en ángulos imprecisos e inseguros hasta tocar con su oreja mi hombro, que le agradece. Estamos en un pasillo de una universidad de pasillos. Nos podemos ver, podemos notar cosas graciosas y secretas en el cuerpo del otro. Un lunar mal acomodado, unos labios que parecieran pequeños, pero que no lo son, una gran mirada indefinida, con paredes en todas partes.

Es una tarde de Diciembre, en Noviembre. Rompemos los bordes, pasamos de algo que parecía una visita guiada, a dos nativos que se han conocido en un sueño. Estamos cerca, como Noviembre tocando la mano de Diciembre, en una tarde en que no hace tanto frío, pero donde alguien se pone un abrigo más e investiga los olores que la otra persona puede traer.

Entre nosotros, la gente. Mucho espacio, unos párpados que solo deberían servir para abrirse, un hueco que se llena con dedos apretados, cuerpos que se cruzan y se despiden, hombros rotos, ojos rotos dentro de una boca. Hace tan solo una semana nadie se conocía. Ahora ya hemos repetido ese pasillo aplastado, ya hemos descubierto en el otro alguna forma de respiración, de comodidad inesperada.

Para esto no hay ley. Hay extremos de un largo corredor que se conecta. Hay canciones que caen en los oídos como lluvia y nos ayudan a dormir.

Estoy en una cama que cruje y libros me golpean la cabeza. Hace tan solo unos días nos hablábamos tranquilamente, ahora los cuerpos desaparecen como siempre.

Es diciembre, ahora ella está donde el aire se calienta en el día y en la noche. Su cuerpo suda, la figura blanca y delgada se cubre de una pequeña capa perfumada que no conoceré. En realidad, poco importa eso. Lo único que importa es la posibilidad de raptar uno o dos pensamientos, durante las horas de consciencia, mientras la madre llama e insiste que coma más, mientras el hermano cuenta historias que vivirá como ingeniero aeronáutico, mientras una sombra camina y abre puertas por la cabeza de ella que suda, en su calor de playa.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Hombre sonámbulo


El sueño comienza con un sueño. Estamos, o, primeramente, estoy en un río. Del lado derecho, el suelo se encuentra cubierto de piedras grises y dificultosas. También está mi carro sobre ese extremo del río, que es azul y me da la espalda.

Me doy cuenta que estoy en el agua, verde, de río, agua de tregua. Todo ocurre muy lento, porque estamos hundidos en un sueño, embarrados en una nube de ruido fresco, todo ocurre muy lento. Mi exploración consiste en mi parpadeo.

Lentamente me llamás, sin ninguna palabra de pizarra, con un lenguaje secreto que mira hacia el piso y dice que estás ahí, en el sueño, en el río. Todo está iluminado indirectamente, por eso digo que son las cinco de la mañana o las cinco de la tarde. También el frío, de piernas, no de cavidades, dice que son las cinco de la mañana o las cinco de la tarde. En fin, se puede nadar aquí donde estamos los dos, donde yo ya he descubierto esa figura cierta que sos o que podés ser.

Juguetes, música, eso le haría falta al sueño, porque los dos nos mantenemos sobre este río con las manos vacías, y ansiamos un poco.

Podría recalcar ciertas cosas, como tu cuello lleno de viento ahora en el sueño, como seguro te sucede cuando das los pasos necesarios para cruzar la calle y llegar al punto en el que podré percatarme, solo con verte, que algo se mueve, indeteniblemente, en el espacio.

Luego vino lo demás. Los leones, que eso nadie lo esperaba. En el tiempo, que poco quiere decir, que dura un sueño, nuestra esbeltez recibió visitas. Giré la cabeza hacia el lado izquierdo del río. También ahí había suelo de piedras grises, sin sombra, estáticas, ahí tiradas. Además había una montaña pequeña, que se parece a la de la casa de mi abuela, al otro lado del río.

La montaña, pequeña y acumulada en mi sueño, dejó bajar a 2 leones y 2 leonas, como una familia de amigos. El espectáculo fue lento y ligero, fue natural y silencioso. Nosotros los veíamos desde el río, frío por el color, pero cómodo como lo que se ve en el día y que reemplaza luego estos ojos en la noche.

El agua comienza a subir. Aceleradamente. Si en ese momento hubiera visto a los árboles, probablemente se habrían agitado de una forma oscura. El agua comienza a tocarnos en lugares peligrosos y se empieza a acumular en el medio de nosotros. Los leones dan sus pasos largos y crueles hasta entrar al agua. Caigo en el miedo. Te veo y ya no decís nada, ni te movés. Te dejás apropiar por la erección del río. Mi movimiento de huida no te interesa y te vás perdiendo en el agua del río, que se alimenta de vos. Te sujeto de la muñeca y empiezo a tirar de tu boca, de tus sonidos no conocidos y de tus ojos que ya pronto se sumergirán en sus párpados.

Nos movemos, yo te arrastro, e intento que olvidemos al río. Acaricio la mano blanca esperando que reaccionés, que no estés muerta de sueño, es terrible cómo llueve dentro de las sábanas.

Los leones ya están cerca. Sus cabezas son enormes y empiezan a rozarnos. Todo sucede rápidamente. El cuerpo de uno de los más grandes se pone en el medio, rompe mi mano y te libera. Comienza la gravedad a tirarte al centro del río y a mí a sacarme de él. Me acerco a la orilla, el carro se ha inundado y solo cuenta con un techo azul por encima del nivel del agua. Vos vas bajando gravemente, como si descendieras una escalera submarina, dando pasos, dejando que el agua te despeine, sin decir adiós, sin haber dicho hola, abriendo tu boca a un idioma de pocos.

Te veo desde la orilla seca y ahogada del río. No sé si sabré de vos. Estaré bajo el cielo el tiempo que sigue, mordiéndome los pies secos, viendo desde los puentes el agua de los ríos romperme la paz, en esa ceremonia inútil en la que espero que todos los ríos dején salir algo de ellos.