sábado, 17 de septiembre de 2011

Siempre empezó a llover en la mitad de la película

Yo antes no escribía así. Escribía diferente. Llevo todo el día pensando en eso. Y, meses antes, que no es un antes que la gente usualmente tome en cuenta, escribía diferente. Escribía sobre gatos enormes, que olían a pelos largos, corriendo por una ciudad sola. Mi ciudad sola, de nadie más. También escribía sobre estos otros animales que se pelean con las cosas que ocurren en la cabeza de un hombre durmiendo solo a la par de una mujer que no escucha. Es decir, escribía sobre las cosas que no suceden donde deberían suceder. Una escritura escapista, por más que la palabra me parezca el estigma más grande sobre la libertad de escribir. Pero en mi caso así era. Todo me aburría. El ir y venir dentro de una suciedad que se llama San José.

Así que por eso se me ocurría escribir sobre toros perdidos en los patios de barrios cualquiera o sino hablaba sobre las vacaciones padre e hijo que acaban en el segundo almorzándose al primero. Por ahí también habrá habido meseros con forma de conejos. Pero ya no es así.

He caído sobre el bulto que es entusiasmarse. Vivir en la distracción que es alegrarse, todavía solo, pero no tanto como antes.

Hundido en la vanidad de creer que las cosas se darían como yo quisiera he vuelto la mirada sobre lo real, no lo realista, cabe la aclaración.

El otro día te hablaba sobre este poema de Rexroth

En sólo un minuto nos diremos adiós
Me iré conduciendo y te veré
Cruzar el bulevar en el espejo retrovisor
Quizás distingas mi cabeza
Perdiéndose en el tráfico
Y luego nunca jamás nos volveremos a ver
Esto ocurrirá en sólo un minuto

Y creo que justo sucede ahora, cuando más embriagado estoy. Yo, que nunca me embriago, por más que intente tomármelo todo. De golpe, de un trago, como si un río me lloviera adentro. Ahora que por fin puedo volver a verme las manos y decir que está bien que estén ahí, te me empezás a desvanecer con la aceleración del humo.

Esto que escribo ahora no lo hago para estremecerme. Ya lo estoy. Ya me creció en el balcón de los párpados este setiembre inamovible. Un mes que se compone de las cervezas que me tomé con vos y de las cervezas que me tomé sin vos.

Justo ahora, cuando nos vimos hace poco, hace unas horas que parecen máquinas que nos apartan, tengo la necesidad (por ponerlo en palabras diminutas) de que la teoría Rexroth no se cumpla.

Esa tristeza que se me viene precipitando desde que te tiré en la mesa mi niñez. Tenés que acordarte, porque me viste llorar, porque no había forma de que no vieras esta enorme masa flaca metida en una camisa a cuadros con la cara empapada.

Eso mismo. Te he dicho las cosas indebidas. Me he sentado frente a vos con las piernas entre el aire y las tuyas. Por eso ahora te digo que cerrés las cortinas, que no salgamos nunca más al ventolero.

Alexánder Obando decía en su mejor poema que vivir solo es “tratar de convencer a los amigos de que aún es muy temprano para tomar el bus, y llegar a la torpeza de mentirles respecto a la hora”. Y creo que no hace falta que te diga más, con tantas veces que me quedan por decirte que no te bajés del carro todavía, que ese que se asoma no es Miguel, que aquel que te busca no ha llamado todavía a tu casa.

Por eso digo que yo antes no escribía así. Antes no sentía que estaba diciendo algún tipo de verdad, mucho menos la mía. Eso me hará falta, no sentir la posibilidad de agotar mis dedos en tus manos, estando a la par o estando lejos como ahora.

Y sí, las letras son poquito, cualquier persona que lleve tiempo escribiendo te lo puede decir, pero no queda más, solo así se vive en esta piedra, dentro de este torso que se acuerda de la forma en que tu oreja izquierda se apoyó, causando la misma presión que cuando se mira la orilla del mundo.

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Ya no quiero que estos textos sean el músculo que sostenga algo tan complicado, tan hambriento, tan necesitado de que mostrés algo más que tu liquidez diplomática.

Así que te doy la oportunidad ahora mismo, que leés esto. Escribime, si eso querés, que no va más. Si eso querés, mandame un mensaje que diga “De aquí, no pasás”.

martes, 13 de septiembre de 2011

Sangre Azul

El mundo se acaba, muchas veces, porque eso es lo que le toca y está bien. No haremos guerras debido a eso, ni siquiera nos diremos frases crueles en tonos cotidianos.

Las cosas, en este mundo y en cualquier otro, cuentan con la característica de la recaída. Ese lapso absurdo e insolente que define la vida útil, que prolonga la vida útil de las cosas. Pero ya estoy hablando de lo que no me interesa, de tus acciones paquidérmicas e inmóviles.

¿Entonces qué me queda si ya no te puedo decir nada? no porque no quiera, tampoco podría decir porque no querás. Me queda faltar a clases, faltar al refugio de los bares, refugiarme en un lugar más pequeño, faltar a la rapidez del mundo, a la asimilación de las cosas, faltar a la superación que cualquier persona sana recetaría.

Pero eso estará bien, no seguir a quienes nunca han estado enfermos.

Puede que esté reaccionando mal, como si estuviera sucio por dentro, como si los ojos se me hubieran llenado de agua y ya no pudiera ver. La culpa la tiene la aritmética, esa gran mentira de la suma de las partes. Tal vez no sea una mentira, tal vez solo me equivoqué de partes.

En este momento, acá dentro estamos muchos. El de los catorce, el de los dieciséis, el de los diecinueve, ahora el de los veintiuno.

Se nos cierran los ojos del cansancio.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Solo el hospital está abierto a esta hora

La noche empezó hace varias horas. Yo acabo de llegar a mi casa. No contaré cuantas cervezas me he tomado. Diré todo lo que pueda lo más rápido posible para que nada estalle la burbuja espléndida que a veces es el mundo, luego me iré a leer.

Sorpresa de medianoche el color casi claro de los semáforos. Este mundo en el que estoy, son 4 personas, una es Chaves, la otra es Fiamma. Los que no he mencionado nos vemos a los ojos, como si nos viéramos para dentro. Es un lugar reservado. Donde no se sabe mucho, pero se entienden algunas cosas: el color de la voz cuando vuelve, esta precipitación sobre tu dos mil once.

Ya empezamos setiembre y la patria poco importa.

Por ejemplo, mañana el día empezará suavizado por tu lengua dulce, probablemente estaré callado por algunas horas, pero eso estará bien. Viviré un rato en la muerte, escuchando el ir y venir de mi pecho, asustado como no lo estaba hace mucho. Recordaré algunos momentos claves, la lluvia en el parabrisas, la canción arriesgada/último recurso, el alcance de los pedazos de la franqueza.

Sea.

viernes, 9 de septiembre de 2011

¿Por qué los zombis se visten tan mal?


"Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda."

Jean de la Fontaine


Es una pregunta clara, directa, se podría decir que básica. No existe forma de discutir la veracidad del argumento. ¿Cuándo se ha visto a un zombi cruzar la calle sujetándose el sombrero de copa debido a una imprevista ráfaga de viento? Nunca o casi nunca. La probabilidad de usar un sombrero elegante se reduce en un 97% en caso de tener un machete en la cabeza, según datos del censo conducido por una fracción especializada y secreta de PETA.

Dentro del estudio, el caso del cuchillo en la cabeza resalta como la razón número uno de los zombis para no usar sombreros de copa. Ése es el caso del repartidor de comida china de mi barrio. Pero eso no debe entristecernos, no deberíamos sentir lástima solo porque debe cruzar las puertas estrechas caminando de lado. Él tiene su trabajo, su novia, su ardilla zombi. Su vida decente como zombi en sociedad. De lo único que lo he oído quejarse es del hecho que no lo dejan preparar wantán, escenario totalmente comprensible, nadie quiere que un pedazo de cerebro zombi se inmiscuya en su ritual gastronómico.

Otra de las razones que se dio en el estudio para no vestir sombreros elegantes, puso a las gradas como culpables ya que señala que muchos de los establecimientos donde se pueden encontrar dichos accesorios solo cuentan con acceso vía escaleras. Esta misma razón aparece a la hora que se inquirió por qué no se ven muchos zombis con indumentaria deportiva.

Es válido aclarar que estas dos razones apenas representan el 5% de las respuestas totales. La opción NS/NR acumuló un imponente, pero nada sorpresivo, 95%.

Para mí debe existir algo más allá que solo estas inconveniencias afiladas o espaciales. Las personas que han sufrido la infección cuentan con estilos de vida similares, sino idénticos. Esto ha limitado las posibilidades estéticas de la comunidad zombi desde el justo momento de la transformación.

Esta reincidencia en un mismo sector del tejido social ha producido una homogenización del fenotipo del zombi. Esto significa que los zombis están reclutando en los mismos lugares donde fueron infectados. Lugares como la avenida central o las afueras de Repretel. Este no es un veredicto infundado o ¿alguien se ha encontrado un zombi en los pasillos de Zara? Yo nunca he visto a uno con camiseta V o con pantalones de colores brillantes, manchados de sangre.

No solo los puntos de encuentro del día a día tienen influencia sobre las opciones estéticas de conversión para los zombis. También la forma en que celebran las festividades. Ahora, en época de fiestas patrias, tampoco será posible ver a un zombi con chonete o en unos meses a un zombi envuelto en una sábana, vestido del niñito Jesús.

Si bien éstas no se toman como ropas elegantes, ciertamente tienen un plus antropológico que levantaría la opinión pública en cuanto a las capacidades estilísticas de los amigos zombis.

Los zombis, conocidos internacionalmente por su personalidad insistente y obstinada, alguna vez intentaron formar parte del grupo de personas elegantes y distinguidas que actualmente los marginan, pero los resultados fueron negativos. Muchos recuerdan la serie de eventos dirigidos a zombis en los bares lujosos. El saldo fue de una docena de tacones y pies olvidados, muchos tragos sin pagar y un penetrante olor a burgueses incómodos.

Estos incidentes no solo trajeron problemas a la exquisita burguesía. En el seno zombi también se presentaron algunas disconformidades, ya que pretender ser algo que no se es, resulta muy mal visto dentro de lo que se entiende como la ideología zombi. Así que la dinámica social provocó una leve segmentación dentro de la comunidad zombi, generando una fracción marginada por los elegantes y a la vez marginada por los zombis.

Así que los que caminan en la lista negra de ambos, muchas veces con tacones amarrados a un tobillo roto, viven una vida extraña. Sin lasañas, sin comedias románticas, sin municipalidades. Viven con poquísimo.

A los que tienen el cielo extinto, solo les queda la luna. Pero hay que ver por cuanto.

sábado, 27 de agosto de 2011

Epistolar

Comenzamos a escribirnos cartas durante el día de la boda de alguien. Hacía calor y casi todo se veía feo. Casi todo es una generalización demasiado mezquina con vos, parte importante de la aparición y desaparición de las cosas.

Vos me intentabas hablar de temas más serios cuando nos escribíamos. Hablabas de cosas como el desplazamiento de la placa de Cocos, pero no podíamos seguir ese hilo. Yo derivaba a cosas más naturales, como las mujeres que parecen niños pero que nos gustan así o el repudio hacia alguno o muchos artistas. Ese día aprendí que por virtud o falta mía, seguiríamos derivando.

Las cartas no eran demasiado largas, escritas en una servilleta o en un pedazo de tela, arrancado de algún mantel inocente. Algunas cartas solo lucían cinco letras, inconexas entre sí, pero el hecho de estarnos comunicando, ahí, rodeados de tanta gente, con tanto ruido entre nosotros, nos inquietaba, a los dos, lo sé. Tampoco nos veíamos muchos, estábamos quizá muy alejados, pero sabíamos que el otro estaba por ahí, quizá saludando a algún invitado poco interesante o bajando de un trago la copa de vino. Esto último probablemente habré sido yo.

El salón se dividía de alguna forma a pesar de ser una gran masa blanca. Por un lado la parte del novio, hombres altos y seguros, hombres desagradables. Se les reconocía por la cara de decisión, la calma o el desconocimiento. Todos formaban entre sí la idea del gran hombre, calvo en un futuro próximo, quizá con trabajo, quizá pésimamente juzgado por este ingrato invitado. Del otro lado estabas vos, del lado de la novia, del lado que evitaba que la actividad se convirtiera en un suicidio masivo.

Ahora me doy cuenta que no estaba de ningún lado, tal vez ni siquiera debí haber sido invitado. Yo estaba de mi lado. Al fondo, donde se sientan los que llegan a las fiestas por el licor barato y gratuito. Será por eso que comenzamos a hablar, porque eras lo único de ahí que no parecía licor barato. A diferencia del novio, de los invitados, del lugar, de mí.

Por eso debí hacerlo, tomar un lapicero, sacarle la tinta, llenarla de un material distinto. Escribir. Inventar historias que pudieran captar tu atención, algo tan difícil en ése, tu día especial. De cierta forma lo conseguí. Incluso bailé con vos, la canción después del vals, la que a nadie le importa mucho, solo a mí, que desde entonces no bailo por más licor barato que haya consumido.

Y eso fue todo, las cartas todavía se dan. Tal vez no con la hermosa insistencia de ese día, que parecía como si habláramos, algo que creo que nunca hicimos.

Tus cartas cada vez vienen más ligeras. Alguna vez incluiste mayúsculas. Ese día pude sentir lo que 50 gramos de palabras pueden producir a alguien que se alegra con más frecuencia que con la que es feliz.

domingo, 21 de agosto de 2011

Equina

Mejor digamos que sí. Que usted dibuja caballos, incesantemente, frenéticamente, furiosamente. Haciendo ruido con los lápices, con los pinceles, con las hojas, rasgando las hojas. Dibujando caballos y sonriendo y rescatando y vibrando y brillando.

Caballos herrumbrados, afeitados, acostados, volando. Caballos con campanas, caballos recibiendo herencias. Caballos de seis patas. Caballos tristes, que toman café, inteligentes e imaginarios, caballos bailando. Caballos en París, caballos bajo puentes, caballos en hoteles. Caballos ignorados, sin sombra, que apuestan en casinos, que se despistan y se hacen polvo.

Caballos románticos que caminan de puntillas mientras buscan un buzón para hacer llegar alguna carta perdida. Escrita y reescrita dentro de las capacidades de un caballo que nunca fue a la escuela, pero que ciertamente conoce el sentido original de algunas palabras.

La idea es que exista la posibilidad del dibujo de caballos. De forma incesante, recurrente, arriesgada.

Caballos que no se acaben para seguir hablando de ellos.

O caballos que no se acaben, solo, para seguir hablando.

lunes, 25 de julio de 2011

Lo que me gusta de las frutas

No se puede definir en un solo punto. Se ocupan varios, quizá esparcidos en toneladas de papel. Otra opción sería escribir una crónica, donde en la primera oración se explicara las formas y los sonidos que las frutas pueden adoptar. Podría empezar “Las frutas tienen la cabeza perfumada y caminan a través del viento, aquí estamos.”, pero sería divagar. Tal vez lo mejor sería empezar por los nombres, los de las frutas, creados con muchas sílabas, con muchas letras, que se repiten, que aparecen inclinadas hacia un lado o hacia el otro. Que se comportan como espejos de su materia, nombres sin números. Que se presentan con fuerza, imitando el tamaño de su nombre, repitiéndolo sin dudar.

Las frutas salen de sus países para venir a nuestra provincia iletrada. Salen los miércoles, los jueves, los sábados o los domingos. También salen otros días. Se sientan en los parques y ven a la gente pasar. La señalan y dicen, éste sí, éste no, éste no, éste tal vez. Luego se levantan a recoger cajitas usadas, las llenan de concreto, de mal, de pescaditos amarillos. Nadie entiende realmente a las frutas. Será por eso que me gustan.

Las bandadas de frutas no existen, también por eso me gustan. Porque tienden a la misantropía, a entrar por la boca, escalar la garganta en un movimiento que se asemeja al de un túnel, como si encontraran la única grieta del cuerpo. Las frutas hacen todo esto, a veces inintencionadamente, a veces amputando el sentido a la indiferente memoria.

Es poco usual que las frutas salgan a la calle en tacones y con pequeños vestidos, pero pasa. Salen con la actitud del mar revuelto en pleno día. En esos momentos se apoderan del hombre, utilizan tazas llenas de cerveza y trocitos de árboles para esto. Pero nadie debe dudar de su nobleza. Nosotros, los que hemos buscado por mucho tiempo, acabaremos en una esquina temblando, formando un triángulo, con una cerveza y una copa de vino. No nos importará nada más que creer en ellas. Ellas, que a veces suben a las montañas a fumar marihuana y por eso algunos las toman por figuras oscuras y borrosas, pero los que piensan esto no podrían estar más equivocados.

Algunas otras cosas que me gustan de las frutas me las quedo para mí, me daría miedo perturbar el orden público con las ideas turbulentas y frutofílicas que pudiese exponer aquí.

Si oídos curiosos y atentos llegaran a acercarse tal vez reconsideraría este último punto.