viernes, 28 de junio de 2013

Eiti

Si decís que sos bueno, estás mintiendo. Si decís que no te metés en las relaciones de otras personas, mentís aún más. Y es que hay algo en eso que te gusta, en encontrar hechos torcidos que suceden y amarrarlos juntos, no a tu conveniencia, sino con un fin estético que creés tener. Te gustan las cosas raras, te decís. “Bueno, no, las peculiares, las especiales” – te corregís.

Estás manejando mientras pensás estas cosas, la radio te habla poquísimo a esta hora, te das cuenta que no deberías seguir en la calle. Acabás de tomar esa ruta que tu padre hizo por mucho tiempo: pasás por el centro de Heredia, no te preocupás por el tren, llegás a la Pozuelo y luego es un brinco por circunvalación. Es fácil desplazarse, te es fácil desplazarte.

Ya en tu casa recordás con algo de pena que le contaste de Rafaela y del conejo en escala de grises que imprimiste en tu primera carta de amor. Dijiste también que no sos un gato, que sos un perro, ella dijo que no, que obediente no sos. Y es verdad eso, pero le decís, “no, yo soy un perro, pero el perro más hijueputa, el que si lo dejan hacer lo que quiere hace un mierdero”.

Mentira, no le dijiste eso. Bajaste la cabeza y dejaste que hablara, medías tus pasos, como hacen los perros más hijueputas. Los mismos que preguntan a las mujeres, en un tono de falsa inocencia, de ingenuidad aparentemente innegable “¿Qué estoy a punto de tocar?”.

Hoy mentiste mucho, pero más que todo dijiste la verdad. No te arrepentís, eso ya no va con vos, te has desapegado y has aprendido a aceptar lo que duran las cosas. “Tres minutos para algunos es una eternidad” – te decís pensando en el lóbulo de su oreja, en el roce con más cariño que has hecho contra la piel de un cuello. De ese cuello.

Ya es tarde. Estás en la hora en la que los mangos se caen de los palos. Tenés que ir a dormir, recuperar las energías perdidas durante el día. Por un momento te parece bueno que ya sea este momento, que irte a acostar y desprenderte de tanto que tenés en la cabeza sería bueno. Pero hoy no será tan fácil.

Te quedan dudas en la cabeza. ¿Es eiti una forma poco acertada de llamar a un número? ¿Mañana evitarás explicarle a alguien que tuviste una gran noche? ¿De quién hablaba la obra que vieron juntos? ¿De ella o de vos?

Realmente, más que todo, lo que te queda es la idea flotando de aquel poema que mal le recitaste, ese que se llama algo así como “El amor es una serie inclusiva”. Esa sensación no te la quita nadie.


jueves, 25 de abril de 2013

El dolor del crecimiento


Esto termina con mi persona montándose en un taxi con medio cigarro fumado o medio por fumar. Yo, mi persona en este momento está hecha mierda, lo digo. El taxista no sabe nada, no sabe esto. Uno de mis mejores amigos va a la par y no sabe qué decir porque lo entiende todo. Me acabo de despedir de Ari, la abracé por primera vez desde aquel Halloween del 2011.

Acabamos de terminar una noche en la que pasamos disimulando, cuando la saludé entrando al bar hizo mala cara o no hizo cara, no aceptó el compromiso de dos ex’s que se vuelven a ver. Yo actué estelarmente, le dije hola-todo-bien. Si hubiera sido más descarado le hubiera dicho hola-cómo-estás. Pero yo también estaba cagado. Decía, no nos vemos desde hace casi seis meses y hace dos años terminamos, qué mierda.

El taxista me cuenta que él estudió filosofía y que la primer wila que lo despichó no se la prestaba. Yo no podía decir nada, iba en el taxi llorando, he llorado en un taxi, primera vez en la vida. Una vez, con Ari, después de una fiesta de Halloween, íbamos hacia mi casa y nos íbamos metiendo mano, fue lindísimo. Ahora yo me devuelvo a mi casa, la acabo de abrazar, lloro como un imbécil, como un mae que no acaba de tener dos años para superar la vara.

David no dice nada, sabe que no hay lugar por el cual moverse, sabe que no hay lugar para el cual moverme. Temprano le dije a Ari que en mi documental ella salía y me dijo que prefería verlo antes para no llorar en una sala de cine con todas esas personas que no saben lo que es no superar a alguien. Le dije que no, que llorara. Pero hoy solo lloraba yo, le solté mis mejores lágrimas y ella estoica y comprensiva dijo poquísimo y está bien. Sus ojos me dicen “huevón, supere esta mierda, no jale hacia atrás a los que no estamos atrás”. Y tiene razón.

Acá, en mi casa, el taxista que estudió filosofía y no terminó la carrera, todavía resuena en mi cabeza. “Ese es el dolor del crecimiento”. Crezca huevón, esto me lo dice sin decírmelo. Tiene razón, todos tienen razón menos yo y mis papás. Se mueren figuras de cuatro patas, aquel perro que a Ari le caía tan bien se va a morir. Aplica ese movimiento tan natural de olvidarse de que hay otra gente aquí además de nosotros.

Temprano en el baño, yo le decía a uno de nuestros amigos, el menos, que podría reconvertir a la mae lesbiana, que a esa yala, entonces son dos toques, pero ¿para qué? Me diría el taxista, vos no querés estar ahí. Y qué verdad, este taxista que le falta el tcu y tres cursos de filosofía para tener el cartón sabe todo.

Estuvo en clases con mis amigos y mis profesores, que son lo mismo en filosofía. ¿Y qué puedo hacer yo? ¿Decir que aprendí más de un taxista cuando iba llorando camino a mi casa con un amigo mudo? No, nadie le haría caso a eso, ni yo puedo hacerle caso a eso, que ni estoy ebrio, que ni he estado ebrio en años desde que eso único que me tocó lo que ocupaba que me tocaran dijo que era hora, que se había acabado el juego que llevábamos, por casi dos años.

Me voy a dormir, que en realidad es irme a acostar y dar vueltas en la cama que le enseñaron hace poco a Ariana. En una pared está Hopper, en la otra está El Ojo de Magritte y cosas y cosas por todo lado que me gustaría haber estado presente para enseñarle, pero no se pudo y ya no se podrá y está bien, porque en esta mañana, en esta noche de 7 pe eme, yo no me esperaba desfallecer en una mesa de madera falsa. Porque nadie se espera estas cosas, empezar una clase en el aula 205 y que se le meta ahí mismo alguien que hará imposible decir que las vidas no se tocan. Alguien que no tendrá que ser un punto y coma, un borrador exclusivo para la vida, eternamente. Porque hoy me di cuenta que la eternidad dura lo mismo que mi vida. Y eso no suena tan bien, pero es así, la eternidad es Ariana, sonriendo con unos dientes nuevos, que no eran los nuestros, es Ariana viendo estoica el metro-ochenta que la ve con ojos en sangre.

La eternidad es el agotamiento que históricamente hemos preparado para que alguien, ella, venga a ejecutar. Entonces quiero agotarme pero no quiero que nos volvamos a ver o por lo menos nunca más cara a cara porque yo la veo todos los días, aquí y allá y ese pelo no es tan raro y es usual y puedo cerrar los ojos y ver los dientillos de antes y que sean lindísimos y verla montádose a mi carro, recién cambiadas las medias, porque es viernes y 2009 y llovía y los pies se mojan y ahora vamos a salir juntos por primera vez y nadie tiene que saber que esto está sucediendo, solo Rebe que cierra una puerta y Ari que cierra otra y se monta al carro y nos vamos, nos vamos a un lugar para nunca poder echar marcha atrás.

martes, 23 de abril de 2013

¿Y si cenamos el jueves?



Está aquel restaurante español al que te quise llevar hace dos sábados. Esquinero y de vidrios amarillos. No conseguimos lugar ese día, pero creo que esta vez podría reservar una mesa. No sé, probablemente igual sea difícil. Seguro va a estar llenísimo otra vez, a los alemanes les encanta ir ahí, pero los dueños son españoles, entonces tal vez yo podría hablarles en mi hermoso idioma latinoamericano y convencerlos de que nos dieran una mesa a vos y a mí, les explicaría la gran importancia de que este jueves compartamos una cena de tapas en su restaurante español.

Además de la reservación, está el otro asunto. No sé si vas a aceptar mi invitación. Hace ya dos semanas que no nos vemos. En este tiempo has ido a Berlín y yo a otros lugares, pero igual me gustaría que cenáramos este jueves. Sé que ahora mi oferta de una cena en un restaurante español no te sonará tan bien como antes. Seguro que te quedaría mejor algún sitio elegante de nuestra ciudad, pero yo no conozco ninguno.

Ahora que tenés trabajo (estoy seguro que tenés, estarían locos si no te ofrecieran un contrato inmediatamente, después de ver la forma en que tu nariz se eleva. Eso me recuerda algo que te quería comentar, ahora cuando veo a un amigo oler coca, por un instante la fisonomía de ustedes dos se acerca muchísimo, entonces estos días viéndolo a él, también te veo. Y no es tan fácil, mucho tiene que ver mi imaginación, porque podría resultar que sean cosas realmente opuestas, vos caminando cabeza en alto a las agencias más importante, él arrodillando su cara contra la mesa de vidrio, friísima, los ojos que se le borran y que en nada recordarían a las dos líneas perfectas que son los tuyos. Luego, él se levanta de su cama blanca con demasiadas ganas de recitar un poema de E.E. Cummings, pero no se le entendería nada, yo repito la única frase  que oí como preguntándole a alguien si eso es verdad: ¿es el amor más grueso que el olvido?)

Yo puedo apostar a que ahora tenés trabajo y que seguro te llueven invitaciones a cenas y más los jueves, pero creo que tenés el chance de hacer lo mismo que hace dos años, cuando rechazaste la opción obvia, la que todas tus amigas envidiaban, Milán y la gente bella que no se viste ni comporta como yo, ese día te inventaste otra opción, la casi desconocida, la de la ciudad tímida, la tuya y mía. Qué dulce nuestro amor.

A veces creo que te encontrarás en la ciudad a mi hermana antes que a mí. Eso me entristece, pero tal vez sea bonito para vos. Le caés bien, me lo dijo, me ha hablado, dice cosas lindas de vos y yo le digo que tiene razón, que todo es cierto.

¿Debería decirle a ella y al novio que vayan con nosotros a cenar el jueves? Claro, solo si decís que sí. Ya otras veces hemos comido juntos los cuatro, yo cocinando para todos, cosas para hacerte feliz.

Te puedo imaginar ahora como te verías el jueves, sin un solo cabello de más en tu cabeza, o de menos, sino la cantidad perfecta. Tus manos, una sobre la otra, escondiéndose, yo buscándolas. Tras mucho esfuerzo ambos nos rendiríamos y nos dedicaríamos solamente a sentir la palma del otro, y luego yo optaría por sostener tu cara frente a la mía y quedarme ahí fijo. Y por más bellas que sean tus tetas, yo no podría apartar la mirada, la extremidad más importante del cuerpo.

¿Y qué hay de las otras partes? – seguro dirías.

Pues yo una vez ya te susurré por qué me gustaba cada una. Te pregunté si a vos te gustaban tus brazos. Me decías que sí y dabas tus razones, yo luego hacía lo mismo, exponía los argumentos para demostrar que tus brazos cumplen la misma función que los vitrales en las iglesias.
Así estuvimos muy bien, montando esa tabla sobre lo que nos gusta de tu cuerpo. Lo repetiría sin pensarlo, aunque tal vez añadiría cosas nuevas.

¿Como qué? – pensás

Podría agregar a la lista la forma en que tus pestañas pueden decir sí o que tu abdomen detiene balas y cerebros.

Pero, ¿qué hago yo pensando así en vos, con tantos días entre nosotros? No sé, la nostalgia tal vez, las ganas de verte. Se me duermen las piernas a veces, solo pensando en vos. ¿Qué te viene a la mente ahora que te digo que cenés conmigo? Un avión de papel rojo, puede ser, una casa con todas las películas que querés ver.

Más que todo, me gustaría que durante la cena me contés sobre tu infancia en Polonia. Por qué usabas siempre dos trenzas, por qué te hiciste una pava al cumplir los diecinueve. Conversaciones amenas para un jueves entre amigos. A eso de las nueve seguro ya habremos terminado de comer, no te pido demasiado tiempo para cenar conmigo.

Ya luego, acostados en mi cama, sin luz, oscuro todo, sin podernos ver, tocándonos para saber que el otro sí está ahí y no en otro país. Así debería terminar nuestro jueves, vos diciéndome cómo hiciste para convertirte en esta chiquita malportada. Yo enseñando a tus dedos a señalar las partes de mi cuerpo que todavía no conocen “esta es mi cicatriz de cuando me caí patinando, esta es mi constelación de lunares en el hombro, por acá respiro, por acá sueño”.

Luego intercambiaríamos roles, esconderías mi mano en la parte posterior de tu cabeza, soltarías un leve gemido cuando buscando tu boca encontrara tu oreja. ¿Te gustaría, decime ahora, irte a dormir oyéndome contar las pecas en tu cara?

Seguro, cuando me oís hablar así te das cuenta que nunca podrás incluir una foto que yo te haya tomado a tu portafolio de trabajos  y eso está bien, nuestras fotos no son para nadie más.

Hablando de eso, te cuento, tus fotos me ponen triste, acá las tengo, junto a la cama. En las mañanas hace frío y entonces las veo y me arrepiento de cosas. Intento verte a los ojos en tus fotos y no puedo. Si pudiéramos hablar, ¿qué te gustaría decirme? Estuviste tan callada esa última noche, me veías y luego dejabas de verme. Había gente con nosotros.

Pero yo te había dicho que es muy importante enfocarse en lo bueno, así que ya no hablo de cosas tristes, pienso en lo bonito que sería estar todos juntos. Te podría volver a contar esas historias poco adecuadas, que solo se cuentan cuando estamos a punto de decirnos adiós por un rato largo, historias precalentadas con cervezas. Te volvería a contar sobre la cadena de eventos que desencadenó el moverme un campo en la clase para sentarme junto a vos.

Te podría contar también, mientras cenamos, las cosas nuevas de mi novela, los cambios que nuestros últimos días provocaron, que me metí en clases de caligrafía para que no te riás cuando te lleguen mis cartas. Todos los cambios han sido para bien, creo, te diría eso mientras te sugiero que probés el lomo a la pimienta y te sonría, a pesar de que ahora esté triste y tenga miedo y esté confundido. Qué dulce nuestro amor fue.

viernes, 25 de enero de 2013

Hombre con garfio busca:


Perro o gato que no se asuste con las cosas filosas y que me acompañe.

Mi doctor me dijo que era bueno que pusiera este anuncio, que buscara algo que quisiera. Me dijo que podía ser una bici o tal vez un disco de música que quisiera mucho. El doctor no entiende muy bien mi situación.

Perdí mi mano recientemente en un accidente con nieve. Me cayó nieve en la mano izquierda y estaba muy fría, entonces perdí mi mano. Se me perdió mi mano entre la nieve. Yo hacía como que la buscaba, pero sabía que la había perdido, ya no la sentía ni nada. La gente que estaba cerca me estaba tirando bolas de nieve, eran mis amigos. Se reían y yo hacía como que me reía, como si no estuviera todo preocupado porque acababa de perder mi mano izquierda.

Rápido me despedí de todos, agitando por encima de mi cabeza la mano derecha, agitándola demasiado y como raro, como si estuviera enseñándola. Me fui corriendo hasta mi casa, llevaba algo grande metido en la bolsa de mi jacket y una mano afuera, la derecha, como enseñándola. Me resbalé un par de veces corriendo hasta la casa, subí rápido las gradas hasta la puerta y casi me caigo porque estaban congeladas. Agarré la pala para quitarle el hielo a las gradas, porque después mi hermana se cae y qué feo. Pero no pude usar la pala.

Entonces no lloré, pero subí las escaleras hasta mi cuarto tocándome los ojos.

En mi cuarto estaba mi cama con mi compu abierta, el teclado se veía riquísimo, no sé por qué. No la prendí ni la toqué. Me puse a verme en el espejo, mi lado derecho se veía como gordo, como exagerado. El izquierdo no, se veía tranquilo, en paz. Y eso estuvo bien. Ese día había aprendido que Letonia y Latvia eran lo mismo y eso me había entristecido.

Me acosté en la cama y me dormí, porque todos los días me levanto a las 7:43 para ir a estudiar alemán. Entonces cuando vuelvo me acuesto en la cama e intento dormirme. Casi siempre puedo, pero a veces no. Hoy sí pude, me dormí hasta la noche, luego tuve que levantarme para ir a hacerle comida a mi hermana que volvía de la universidad. Me dijo que le hiciera arroz y yo dije que estaba bien, pero la verdad es que me daba un poquito de miedo porque a veces no me sale muy bien. Se me quema o no revienta o me queda masudo. Entonces ella me regaña y yo hago como que le hago caso y le digo que la próxima no se me va a quemar ni nada y eso casi siempre es mentira.

A mí no me gusta mentir, pero sé que a veces me pasa. La primera vez que me di cuenta que la gente mentía, y que era normal y que no era tan malo, fue cuando estaba en tercer grado y la teacher inventó un ejercicio al final de la clase, cuando ya habíamos visto toda la materia del día y no quería que nos pusiéramos a hablar entre nosotros.

La teacher empezó a pedirle a algunos de los compañeros que describieran a su pareja ideal y los demás teníamos que ir copiando lo que ellos decían. El primero fue Francisco Víctor, siempre me pareció el nombre más bonito de la clase. Él dijo que su mujer perfecta sería como su mamá. La teacher dijo que qué tierno.

La teacher era una mujer loca, se llamaba Mercedes y varios años después de ese día, me la topé con mi familia en un supermercado y me saludó como si nos quisiéramos mucho, pero ella siempre me cayó mal y no sé por qué actuaba ahora, tantos años después y en el pasillo del papel higiénico, como si nos queríamos.
Lo de la mentira, que decía, fue cuando le tocó a Fabián Salazar. A él lo molestaban un montón porque decían que era gay y di, la verdad lo era, un montón.

Ahora que vuelvo a pensar en él me dan ganas de haber sido más su amigo, pero ya no se puede y en esa época menos que se podía porque después decían que yo también era y di, la verdad yo, a mis 10 años, ya tenía suficientes problemas creo.

Cuando la teacher, en un acto torpeza violenta, le dijo a Fabián que describiera a su mujer perfecta, él se puso todo blanco y abrió un montón los ojos y dijo, casi tartamudeando, que tenía que ser rubia, su mujer ideal, y con grandes curvas, los labios siempre pintados de rojo y las uñas con manicura francesa. O algo así fue lo que dijo, yo nada más me acuerdo de verlo moviendo las manillas, como trazando las curvas de una mujer que él nunca desearía. Ahí fue cuando realmente aprendí lo que era una mentira y me pareció que no eran tan malas como mi mamá me decía.

¿Por qué me viene tan claramente ese recuerdo hoy, que echo de menos la mano de alguien? Por lo que dijo otra compañerita. Ya casi era el final de la clase y ella creo que estaba con muchas ganas de contar cómo era su pareja ideal, levantó la mano diciendo “yo, yo” cuando la teacher Mercedes estaba buscando a quien poner.

Ella se puso de pie y todo. El pupitre de ella quedaba más adelante que el mío, entonces casi que siempre, durante clases, solo podía verle el pelo negro largo con una prensa enorme que tenía los mismos colores que el uniforme, amarillo con azul. Ella empezó a ponerse nerviosa, dijo “este, este” un montón de veces. Se agarraba las manitas, se pasaba los deditos por encima de cada una de sus manitas, como contándoselas. “acá esta una, acá está la otra”.

“Bueno, tendría que ser bastante más alto que yo. Yo sé que no voy a ser muy alta, pero me gustaría que él pareciera alto solo por estar a la par mía. No podría ser macho, eso mejor no. Cuando fuéramos grandes él me llevaría a andar en la calle en la noche y me compraría comida de la que venden muy tarde. Mis papás no me dejan comer esa porque dicen que es mala para mí, pero no creo que algo que dicen que es tan rico sea tan malo. No poder comer esas cosas sí es malo para mí. Ah bueno y di, también me gustaría que le gustara comer piña con todo, hasta con las palomitas de maíz, yo sé que es pedir mucho pero hay que ponerse metas altas ¿verdad, teacher?”

Y la teacher callada, leyendo una revista, los demás compañeros contando los segundos del último minuto antes de irse a la casa. Solo yo oyéndola, poniéndole más atención que los perros de mi casa cuando saco la bola. Imaginando sus labios delgaditos, sus dientes del frente ligeramente separados, viendo sus manitas recorriéndose la una a la otra sin detenerse, dentro de una larga pausa.

“Y (lo más importante) me gustaría que tuviera un garfio. Que pudiera agarrar las cosas de una forma toda diferente y que tuviera accesorios, cosas que se le pusieran y se le quitaran. Me gustaría poder estar cocinándole una pizza mientras él se ajusta el garfio.”

Esto último lo dijo como con pena, como si supiera que la raya íntima que se había trazado con la declaración edípica de Francisco Víctor, estaba siendo traspasada por ella, hablando de cosas confusas, de las que nunca se discutirían en las clases de una escuela.

En esa época Peter Pan ya estaba en los cines de Estados, pero acá seguro todavía no llegaba, entonces no me queda claro de dónde sacó eso del garfio, pero me parece lindísimo y ahora hoy, que me acuerdo, me parece aún más bonito.

Además de la mentira de  Fabián Salazar, la sexualidad, esa cosa sin forma que nos anda adentro, se paseó por el frente de todos nosotros sin que nos diéramos cuenta, como todavía nos pasa a veces. Nos mostró la delicadeza y delicia que puede yacer para una persona en tener una mano o en no tener una mano.

Siete años más fuimos compañeros y nunca lo hablamos, nunca me atreví a tocar su hombro y decirle cosas. A partir de ese día nos empezamos a alejar, no porque nuestra relación cambiara mucho, sino solo porque nunca habíamos estado tan cerca como aquel día. Bueno, hoy siento que nos volvemos a acercar un poquito, que tal vez ella siente en su mano izquierda una especie de hormigueo. Mi mano fantasma que busca la de ella.

Hace cinco años que no la veo. Para nuestra graduación se puso un vestido morado lindísimo, ya no tenía el pelo negro ni largo, lo andaba por los hombros y se lo teñía de colores. Brillaba toda ella. Dicen que se casó. Conoció a un hombre que canta como Elvis (a mí Elvis no me gusta y nunca la hubiera obligado a oírlo). Él juega videojuegos y es todo bueno, yo antes era mejor pero ahora no puedo ni siquiera usar una pala, entonces mejor ni lo intento con un control porque seguro me daría mucha tristeza. 

jueves, 6 de diciembre de 2012

Nunca conocerás Varsovia

parte 1 de 1


Esa ciudad que conocés tan bien como la región sureste de la palma de tu mano, no es Varsovia. Tendría que ser otra. Estas calles nevadas que ves ahora, nunca han sido pisadas por la guerra. Esa otra ciudad, con nombre de sierra y cabello que llega hasta la cintura, se borrará de tu memoria como si los Panzers alemanes tuvieran entrada libre a tu país de la mente.

Y eso explicará mucho, dará el porqué de que las cosas te duren tan poco, de que se te olvide con gran facilidad el nombre de aquella mujer nacida en los Ángeles, muy conocida, modelo y que luego se hizo actriz. Pedís que te digan quien es la mujer, que si es cierto que superó el punto más alto de Polonia a punta de drogas.

“Todo lo que yo sabía era sobre pescadores pobres y sirenas” decís eso y que no ocupás más. Buscás calma, sentirte en paz con no saber más sobre Varsovia. Estarás bien, la nieve acompaña a todos. La nieve, el único desierto que no perdona, ni a sí mismo, en un mes desaparecerá, se perderá a sí misma, así será. Inmediatamente te das cuenta de que es como vos. Un desierto dentro de un desierto.

Te toca lo que sigue, caminar hasta tu casa, que amaneció con las esquinas congeladas, señalando hacia arriba y hacia abajo, la casa que el día anterior almacenó al corazón más grande de Varsovia. Les dirás a todos que olviden lo que ha pasado en los últimos días, que se tomen de las manos y acepten que vos nunca conocerás Varsovia.

Esta es tu forma de estar solo.

Sospechan de vos, como creías. Decís que no, que no estás escribiendo su nombre, ni seguirás haciéndolo. “Moje Imie! Moje Imie!” exclama Varsovia y te asustás porque está en lo cierto, aunque digás que no, aunque le digás que no a Varsovia.

Vos, que nunca conocerás Varsovia.

“Ya está muerto el primer habitante de Varsovia, hace rato” te decís, y eso está bien. Afuera de vos hablan de tiempos pretéritos, alguien explica algo en su lengua materna, pero no a vos. “Dícese de Varsovia que en los años previos a la guerra, la gente visitaba la iglesia en el centro todos los días”. Recordás.

Recordás, no estás viejo, pero sos más viejo. Oíste sobre Varsovia hace ya varios años, en la época en que las hormigas te rogaban que abrieras un hueco más grande en su hormiguero. Nunca supiste qué era esa cosa blanca que cargaban las más lindas.

Esto no es una película sobre Varsovia, tu vida no es una película sobre Varsovia, eso es lo que más te cuesta entender. Así que te decís que el nombre de este texto debería ser otro. Tenías opciones “Diez formas de dejar el perico” pero no periqueás. “Diez formas de olvidar a la morena” pero no tenés ni morena ni memoria. Entonces te toca quedarte con el otro, el que habla más, el que se parece a ese pequeño diccionario polaco que todavía cargás en tu bolsillo trasero.


(Un poco de esto, también ha de ser, culpa del frío que ves por la ventana y por las plantas de los pies. Tal vez los pastizales de Mongolia te habrían servido más.)

miércoles, 24 de octubre de 2012

Dos despidos del dos mil dos-e




Yo tengo dos amigos y un montón más. Estos dos que les digo ahora están todos solos y así, pero eso es como por estar vivos. Una es una chica y el otro es un chico. Ella se llama Karina y tiene cara de gato, pero no cabeza.  Ella es alguien digno de imaginar, a pesar de que no le guste hacer nada, ni tenga amigos o amigas. Ahora ella es toda famosa y todo mundo dice que es buena pero yo no estoy seguro.

Ella tuvo tetas grandes desde los doce, no eran tan grandes, pero eran más grandes que las de las demás chicas que todavía no tenían nada y entonces en la escuela todo mundo se dio cuenta pero como que en la casa de ella nadie se dio cuenta así que ella siguió andando esos brassieres de chiquitas que no son brassieres, pero que son como antes de los brassieres, como tops. Y le pasó algo muy feo, una vez un compañerito de ella que se llama César la estaba molestando por tener tetas y se las veía y le decía cosas y en un impulso comprensible pero inconfesable le abrió la blusa y se le reventaron los botones y se le vieron las tetas y ella toda joven y asustada y con los ojos llorosos y las tetas afuera, muy lindas, lindísimas y el silencio de todos los chiquitos de la clase y los que eran hombres no entendían qué pasaba pero agradecían que estuviera pasando y las que eran mujeres  tampoco sabían qué hacer y nadie nunca supo qué hacer. Eso fue hace un montón, como doscientos años.

Mi otro amigo no tiene un nombre de verdad, tiene uno de mentiras. Hoy lo vi, lo había detenido la policía o él había detenido a la policía y ahora los interrogaba. Él está muy solo y seguro por eso tiene que interrogar a la policía, amonestarlos por tener los zapatos mal embetunados o por algo así. Yo no puedo hacer mucho, solo pasar manejando cerquita y sonreírle desde adentro, ver que tiene un arete nuevo, que ya no anda a pie, que se compró una bicicleta muy bonita, azul, con el asiento color caramelo, él se reiría de mí si yo le dijera que el asiento café de su bici es color caramelo. Me gustaría sentarme en la bici y manejarla haciendo como que me la voy a llevar y que él se asuste, pero luego devolverme rápido para que no se asuste mucho y decirle “Qué buena bici” y que él no sonría, aunque quiera, porque él cree que es malo, pero que yo sepa que aunque él no sonría, sí está sonriendo, porque a él le gusta que lo oigan y yo lo oigo y le digo cosas dulces, que él no entiende muy bien, porque nunca ha oído cosas dulces y por eso le cuesta hablar con sus hijos y por eso su novia lo dejó, porque él no podía o sabía decir cosas dulces y así que él ya ha pensado en conseguirse una sorda y hacer como que le dice cosas dulces y que ella lo vea como si le estuviera diciendo cosas dulces, pero en realidad él solo mueve los labios e intenta no verla enojado, pero él no sabe qué es eso, pero se esfuerza y lo intenta y cuando ya no puede y se va a salir por los ojos el enojo, entonces la abraza, pero no como yo lo abrazaría a él, sino como él aprendió en la escuela de policías, dos brazos rígidos que aprisionan un cuerpo, así abraza mi amigo.

A mí me gustaría que me abrazara a mí, para yo enseñarle que así no es como se hace, que el abrazo es más suave, menos policial, que lo está haciendo mal pero que él no es malo.

El otro día mi amigo me dijo que me iba a ayudar y yo le dije que sí, que gracias, que en serio lo ocupaba un montón, pero en realidad yo no sabía de qué me estaba hablando. Entonces nos vimos en la escuela a la que fui pequeñito y ahí estaba Gustavo, que era el que molestaba a todos los de la clase, pero ya no era el mismo, ya no usaba shorts verdes ni tenía poquito pelo. Y mi amigo le empezó a pegar y le pegó un montón, fue todo feo, yo no sabía qué hacer y él me dijo que no me metiera, que yo era bueno, pero que él no, entonces tenía que hacer eso. En algún momento se acabó y empezamos a caminar y yo no sabía muy bien para dónde íbamos. En eso llegamos hasta el colegio al que fui y ahí me dijo que perdón, pero que ahora me tocaba a mí por aquella vez cuando yo estaba en noveno asusté a un chiquito de sétimo, yo le dije que sí, que tenía razón. Entonces él me pateó muy feo en el estómago y me caí y se me salió el aire y fue como cuando en la escuela me pegaban un bolazo en la panza y yo me ponía a llorar porque me sacaban el aire. Pero ese día no me puse a llorar, nada más sangré un poquito en las rodillas, pero eso no es malo, eso es normal.

Luego me ayudó a levantarme, pero en realidad no me estaba ayudando a levantarme, era que me quería ahorcar y ahí me preocupé y sí se me salieron lágrimas y luego me empezó a apretar el pecho con los brazos y fue un abrazo, pero uno todo feo y yo le dije que ya, que porfa ya y él paró y me vio feo, me duele como me vio, él supo que yo no era bueno y que él tampoco y que probablemente nadie lo era. Se dio cuenta que seguro siempre había sido así y que si revisamos a todos mis otros amigos seguiríamos encontrando a gente así, que no es buena y que sí es mala, pero que así es la gente y luego nos daríamos cuenta que todos ocupamos a la gente, para algo bueno o para algo malo.

sábado, 13 de octubre de 2012

Mis dos flamingos (yo ahora que estoy bien)




En la ventana caen todas las gotas del mundo, es como si la gravedad no las jalara hacia el suelo, sino hacia adentro de la casa. Los truenos suenan como una puerta trabada en el piso que uno tiene que arrastrar. Una de esas puertas necias.


Hoy está cayendo granizo en mi casa, heavy. El suelo suena cuando caen los granizos, así de seria es la vara. Es como si hubiera algo raro, porque el otro día también tembló. Hoy el techo suena como si tuviera mil gatos y me acuerdo que la última vez que cayó granizo así yo tenía 5 y no conocía a nadie, eso te incluye a vos.

Y afuera en el patio, llevando agua y golpe, mis dos flamingos. Ya un toque desteñidos, pero aquí por dicha nadie los desprecia, los queremos igual que antes, ellos ejecutan sus movimientos en un espacio seguro. Sus movimientos son un gran leve temblor.

Acá afuerita, en el corredor, leo un libro que se llama “Mañana nunca hablamos” y sí. ¿Leés algo ahora? ¿O ya no? Al rato ahora solo pintás y eso está bien, no te recrimino nada, bueno, a veces ando de malas y pienso cosas feas, pero ya no me detengo tanto en eso. Tal vez, ahora, todos deberíamos estar felices, a vos seguro ya nadie te dice que eras fea a los 9 y eso siempre es ganancia. Todo es parte de la evolución, ¿no?

Mi casa se ha llenado de zancudos y siguen las arañas de siempre (porque se puede evolucionar para mal), pero vos ahora tenés un McDonald’s nuevo, cerquita de tu casa, podés ir caminando como hacíamos para ir al súper a comprar cervezas o cuando íbamos a comprar cajitas de pasta. A pie nos quedaba poquísimo, ese súper, el parque donde tu hermano jugaba fútbol a veces, el video donde sacamos todo lo primero que vi. Y es que hoy no es que sean otros cien pesos, son 18 meses de distancia (al rato y más). Entonces yo lo que hago es pelear poquísimo con lo que tengo, solo agarrarme fuerte, porque lo que se tiene más seguro, lo que uno tiene de fijo, es lo que más hay que cuidar.

Y mirá, si te pudiera dar un cd con toda la música linda que tengo ahora. Pero para qué hablar de eso, ya de eso he dicho mucho.

Vos con tu Mac nuevo y seguro con otras cosas nuevas. Unos zapatos que tal vez un hombre te regaló, que usás, que no te quedan muy chicos, que no son morados, como todo lo malo que tengo adentro. Digo, tenía, como ahora le decía a Jose, que es el único amigo que nos queda, le contaba de las cosas que tenía adentro, que me las imagino moradas, “descompositoras” de la gente. Esas que me digo que ya se fueron para darme fuerza, para darme un abracito que ayude a alejar a las cosas malas.

Porque eso es lo que más ocupo ahora, no estar cerca de llorar, buscar la forma que Navidad no sea el año pasado (irme corriendo en un avión). Busco, con lo fuerte que todavía me queda adentro, saber cómo perdérmele a lo feíllo. Sentarme afuera, ver a mis dos flamingos mecerse acompañados. Esto, que probablemente nunca verás, es justo eso.