martes, 23 de abril de 2013

¿Y si cenamos el jueves?



Está aquel restaurante español al que te quise llevar hace dos sábados. Esquinero y de vidrios amarillos. No conseguimos lugar ese día, pero creo que esta vez podría reservar una mesa. No sé, probablemente igual sea difícil. Seguro va a estar llenísimo otra vez, a los alemanes les encanta ir ahí, pero los dueños son españoles, entonces tal vez yo podría hablarles en mi hermoso idioma latinoamericano y convencerlos de que nos dieran una mesa a vos y a mí, les explicaría la gran importancia de que este jueves compartamos una cena de tapas en su restaurante español.

Además de la reservación, está el otro asunto. No sé si vas a aceptar mi invitación. Hace ya dos semanas que no nos vemos. En este tiempo has ido a Berlín y yo a otros lugares, pero igual me gustaría que cenáramos este jueves. Sé que ahora mi oferta de una cena en un restaurante español no te sonará tan bien como antes. Seguro que te quedaría mejor algún sitio elegante de nuestra ciudad, pero yo no conozco ninguno.

Ahora que tenés trabajo (estoy seguro que tenés, estarían locos si no te ofrecieran un contrato inmediatamente, después de ver la forma en que tu nariz se eleva. Eso me recuerda algo que te quería comentar, ahora cuando veo a un amigo oler coca, por un instante la fisonomía de ustedes dos se acerca muchísimo, entonces estos días viéndolo a él, también te veo. Y no es tan fácil, mucho tiene que ver mi imaginación, porque podría resultar que sean cosas realmente opuestas, vos caminando cabeza en alto a las agencias más importante, él arrodillando su cara contra la mesa de vidrio, friísima, los ojos que se le borran y que en nada recordarían a las dos líneas perfectas que son los tuyos. Luego, él se levanta de su cama blanca con demasiadas ganas de recitar un poema de E.E. Cummings, pero no se le entendería nada, yo repito la única frase  que oí como preguntándole a alguien si eso es verdad: ¿es el amor más grueso que el olvido?)

Yo puedo apostar a que ahora tenés trabajo y que seguro te llueven invitaciones a cenas y más los jueves, pero creo que tenés el chance de hacer lo mismo que hace dos años, cuando rechazaste la opción obvia, la que todas tus amigas envidiaban, Milán y la gente bella que no se viste ni comporta como yo, ese día te inventaste otra opción, la casi desconocida, la de la ciudad tímida, la tuya y mía. Qué dulce nuestro amor.

A veces creo que te encontrarás en la ciudad a mi hermana antes que a mí. Eso me entristece, pero tal vez sea bonito para vos. Le caés bien, me lo dijo, me ha hablado, dice cosas lindas de vos y yo le digo que tiene razón, que todo es cierto.

¿Debería decirle a ella y al novio que vayan con nosotros a cenar el jueves? Claro, solo si decís que sí. Ya otras veces hemos comido juntos los cuatro, yo cocinando para todos, cosas para hacerte feliz.

Te puedo imaginar ahora como te verías el jueves, sin un solo cabello de más en tu cabeza, o de menos, sino la cantidad perfecta. Tus manos, una sobre la otra, escondiéndose, yo buscándolas. Tras mucho esfuerzo ambos nos rendiríamos y nos dedicaríamos solamente a sentir la palma del otro, y luego yo optaría por sostener tu cara frente a la mía y quedarme ahí fijo. Y por más bellas que sean tus tetas, yo no podría apartar la mirada, la extremidad más importante del cuerpo.

¿Y qué hay de las otras partes? – seguro dirías.

Pues yo una vez ya te susurré por qué me gustaba cada una. Te pregunté si a vos te gustaban tus brazos. Me decías que sí y dabas tus razones, yo luego hacía lo mismo, exponía los argumentos para demostrar que tus brazos cumplen la misma función que los vitrales en las iglesias.
Así estuvimos muy bien, montando esa tabla sobre lo que nos gusta de tu cuerpo. Lo repetiría sin pensarlo, aunque tal vez añadiría cosas nuevas.

¿Como qué? – pensás

Podría agregar a la lista la forma en que tus pestañas pueden decir sí o que tu abdomen detiene balas y cerebros.

Pero, ¿qué hago yo pensando así en vos, con tantos días entre nosotros? No sé, la nostalgia tal vez, las ganas de verte. Se me duermen las piernas a veces, solo pensando en vos. ¿Qué te viene a la mente ahora que te digo que cenés conmigo? Un avión de papel rojo, puede ser, una casa con todas las películas que querés ver.

Más que todo, me gustaría que durante la cena me contés sobre tu infancia en Polonia. Por qué usabas siempre dos trenzas, por qué te hiciste una pava al cumplir los diecinueve. Conversaciones amenas para un jueves entre amigos. A eso de las nueve seguro ya habremos terminado de comer, no te pido demasiado tiempo para cenar conmigo.

Ya luego, acostados en mi cama, sin luz, oscuro todo, sin podernos ver, tocándonos para saber que el otro sí está ahí y no en otro país. Así debería terminar nuestro jueves, vos diciéndome cómo hiciste para convertirte en esta chiquita malportada. Yo enseñando a tus dedos a señalar las partes de mi cuerpo que todavía no conocen “esta es mi cicatriz de cuando me caí patinando, esta es mi constelación de lunares en el hombro, por acá respiro, por acá sueño”.

Luego intercambiaríamos roles, esconderías mi mano en la parte posterior de tu cabeza, soltarías un leve gemido cuando buscando tu boca encontrara tu oreja. ¿Te gustaría, decime ahora, irte a dormir oyéndome contar las pecas en tu cara?

Seguro, cuando me oís hablar así te das cuenta que nunca podrás incluir una foto que yo te haya tomado a tu portafolio de trabajos  y eso está bien, nuestras fotos no son para nadie más.

Hablando de eso, te cuento, tus fotos me ponen triste, acá las tengo, junto a la cama. En las mañanas hace frío y entonces las veo y me arrepiento de cosas. Intento verte a los ojos en tus fotos y no puedo. Si pudiéramos hablar, ¿qué te gustaría decirme? Estuviste tan callada esa última noche, me veías y luego dejabas de verme. Había gente con nosotros.

Pero yo te había dicho que es muy importante enfocarse en lo bueno, así que ya no hablo de cosas tristes, pienso en lo bonito que sería estar todos juntos. Te podría volver a contar esas historias poco adecuadas, que solo se cuentan cuando estamos a punto de decirnos adiós por un rato largo, historias precalentadas con cervezas. Te volvería a contar sobre la cadena de eventos que desencadenó el moverme un campo en la clase para sentarme junto a vos.

Te podría contar también, mientras cenamos, las cosas nuevas de mi novela, los cambios que nuestros últimos días provocaron, que me metí en clases de caligrafía para que no te riás cuando te lleguen mis cartas. Todos los cambios han sido para bien, creo, te diría eso mientras te sugiero que probés el lomo a la pimienta y te sonría, a pesar de que ahora esté triste y tenga miedo y esté confundido. Qué dulce nuestro amor fue.

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