lunes, 12 de septiembre de 2011

Solo el hospital está abierto a esta hora

La noche empezó hace varias horas. Yo acabo de llegar a mi casa. No contaré cuantas cervezas me he tomado. Diré todo lo que pueda lo más rápido posible para que nada estalle la burbuja espléndida que a veces es el mundo, luego me iré a leer.

Sorpresa de medianoche el color casi claro de los semáforos. Este mundo en el que estoy, son 4 personas, una es Chaves, la otra es Fiamma. Los que no he mencionado nos vemos a los ojos, como si nos viéramos para dentro. Es un lugar reservado. Donde no se sabe mucho, pero se entienden algunas cosas: el color de la voz cuando vuelve, esta precipitación sobre tu dos mil once.

Ya empezamos setiembre y la patria poco importa.

Por ejemplo, mañana el día empezará suavizado por tu lengua dulce, probablemente estaré callado por algunas horas, pero eso estará bien. Viviré un rato en la muerte, escuchando el ir y venir de mi pecho, asustado como no lo estaba hace mucho. Recordaré algunos momentos claves, la lluvia en el parabrisas, la canción arriesgada/último recurso, el alcance de los pedazos de la franqueza.

Sea.

viernes, 9 de septiembre de 2011

¿Por qué los zombis se visten tan mal?


"Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda."

Jean de la Fontaine


Es una pregunta clara, directa, se podría decir que básica. No existe forma de discutir la veracidad del argumento. ¿Cuándo se ha visto a un zombi cruzar la calle sujetándose el sombrero de copa debido a una imprevista ráfaga de viento? Nunca o casi nunca. La probabilidad de usar un sombrero elegante se reduce en un 97% en caso de tener un machete en la cabeza, según datos del censo conducido por una fracción especializada y secreta de PETA.

Dentro del estudio, el caso del cuchillo en la cabeza resalta como la razón número uno de los zombis para no usar sombreros de copa. Ése es el caso del repartidor de comida china de mi barrio. Pero eso no debe entristecernos, no deberíamos sentir lástima solo porque debe cruzar las puertas estrechas caminando de lado. Él tiene su trabajo, su novia, su ardilla zombi. Su vida decente como zombi en sociedad. De lo único que lo he oído quejarse es del hecho que no lo dejan preparar wantán, escenario totalmente comprensible, nadie quiere que un pedazo de cerebro zombi se inmiscuya en su ritual gastronómico.

Otra de las razones que se dio en el estudio para no vestir sombreros elegantes, puso a las gradas como culpables ya que señala que muchos de los establecimientos donde se pueden encontrar dichos accesorios solo cuentan con acceso vía escaleras. Esta misma razón aparece a la hora que se inquirió por qué no se ven muchos zombis con indumentaria deportiva.

Es válido aclarar que estas dos razones apenas representan el 5% de las respuestas totales. La opción NS/NR acumuló un imponente, pero nada sorpresivo, 95%.

Para mí debe existir algo más allá que solo estas inconveniencias afiladas o espaciales. Las personas que han sufrido la infección cuentan con estilos de vida similares, sino idénticos. Esto ha limitado las posibilidades estéticas de la comunidad zombi desde el justo momento de la transformación.

Esta reincidencia en un mismo sector del tejido social ha producido una homogenización del fenotipo del zombi. Esto significa que los zombis están reclutando en los mismos lugares donde fueron infectados. Lugares como la avenida central o las afueras de Repretel. Este no es un veredicto infundado o ¿alguien se ha encontrado un zombi en los pasillos de Zara? Yo nunca he visto a uno con camiseta V o con pantalones de colores brillantes, manchados de sangre.

No solo los puntos de encuentro del día a día tienen influencia sobre las opciones estéticas de conversión para los zombis. También la forma en que celebran las festividades. Ahora, en época de fiestas patrias, tampoco será posible ver a un zombi con chonete o en unos meses a un zombi envuelto en una sábana, vestido del niñito Jesús.

Si bien éstas no se toman como ropas elegantes, ciertamente tienen un plus antropológico que levantaría la opinión pública en cuanto a las capacidades estilísticas de los amigos zombis.

Los zombis, conocidos internacionalmente por su personalidad insistente y obstinada, alguna vez intentaron formar parte del grupo de personas elegantes y distinguidas que actualmente los marginan, pero los resultados fueron negativos. Muchos recuerdan la serie de eventos dirigidos a zombis en los bares lujosos. El saldo fue de una docena de tacones y pies olvidados, muchos tragos sin pagar y un penetrante olor a burgueses incómodos.

Estos incidentes no solo trajeron problemas a la exquisita burguesía. En el seno zombi también se presentaron algunas disconformidades, ya que pretender ser algo que no se es, resulta muy mal visto dentro de lo que se entiende como la ideología zombi. Así que la dinámica social provocó una leve segmentación dentro de la comunidad zombi, generando una fracción marginada por los elegantes y a la vez marginada por los zombis.

Así que los que caminan en la lista negra de ambos, muchas veces con tacones amarrados a un tobillo roto, viven una vida extraña. Sin lasañas, sin comedias románticas, sin municipalidades. Viven con poquísimo.

A los que tienen el cielo extinto, solo les queda la luna. Pero hay que ver por cuanto.

sábado, 27 de agosto de 2011

Epistolar

Comenzamos a escribirnos cartas durante el día de la boda de alguien. Hacía calor y casi todo se veía feo. Casi todo es una generalización demasiado mezquina con vos, parte importante de la aparición y desaparición de las cosas.

Vos me intentabas hablar de temas más serios cuando nos escribíamos. Hablabas de cosas como el desplazamiento de la placa de Cocos, pero no podíamos seguir ese hilo. Yo derivaba a cosas más naturales, como las mujeres que parecen niños pero que nos gustan así o el repudio hacia alguno o muchos artistas. Ese día aprendí que por virtud o falta mía, seguiríamos derivando.

Las cartas no eran demasiado largas, escritas en una servilleta o en un pedazo de tela, arrancado de algún mantel inocente. Algunas cartas solo lucían cinco letras, inconexas entre sí, pero el hecho de estarnos comunicando, ahí, rodeados de tanta gente, con tanto ruido entre nosotros, nos inquietaba, a los dos, lo sé. Tampoco nos veíamos muchos, estábamos quizá muy alejados, pero sabíamos que el otro estaba por ahí, quizá saludando a algún invitado poco interesante o bajando de un trago la copa de vino. Esto último probablemente habré sido yo.

El salón se dividía de alguna forma a pesar de ser una gran masa blanca. Por un lado la parte del novio, hombres altos y seguros, hombres desagradables. Se les reconocía por la cara de decisión, la calma o el desconocimiento. Todos formaban entre sí la idea del gran hombre, calvo en un futuro próximo, quizá con trabajo, quizá pésimamente juzgado por este ingrato invitado. Del otro lado estabas vos, del lado de la novia, del lado que evitaba que la actividad se convirtiera en un suicidio masivo.

Ahora me doy cuenta que no estaba de ningún lado, tal vez ni siquiera debí haber sido invitado. Yo estaba de mi lado. Al fondo, donde se sientan los que llegan a las fiestas por el licor barato y gratuito. Será por eso que comenzamos a hablar, porque eras lo único de ahí que no parecía licor barato. A diferencia del novio, de los invitados, del lugar, de mí.

Por eso debí hacerlo, tomar un lapicero, sacarle la tinta, llenarla de un material distinto. Escribir. Inventar historias que pudieran captar tu atención, algo tan difícil en ése, tu día especial. De cierta forma lo conseguí. Incluso bailé con vos, la canción después del vals, la que a nadie le importa mucho, solo a mí, que desde entonces no bailo por más licor barato que haya consumido.

Y eso fue todo, las cartas todavía se dan. Tal vez no con la hermosa insistencia de ese día, que parecía como si habláramos, algo que creo que nunca hicimos.

Tus cartas cada vez vienen más ligeras. Alguna vez incluiste mayúsculas. Ese día pude sentir lo que 50 gramos de palabras pueden producir a alguien que se alegra con más frecuencia que con la que es feliz.

domingo, 21 de agosto de 2011

Equina

Mejor digamos que sí. Que usted dibuja caballos, incesantemente, frenéticamente, furiosamente. Haciendo ruido con los lápices, con los pinceles, con las hojas, rasgando las hojas. Dibujando caballos y sonriendo y rescatando y vibrando y brillando.

Caballos herrumbrados, afeitados, acostados, volando. Caballos con campanas, caballos recibiendo herencias. Caballos de seis patas. Caballos tristes, que toman café, inteligentes e imaginarios, caballos bailando. Caballos en París, caballos bajo puentes, caballos en hoteles. Caballos ignorados, sin sombra, que apuestan en casinos, que se despistan y se hacen polvo.

Caballos románticos que caminan de puntillas mientras buscan un buzón para hacer llegar alguna carta perdida. Escrita y reescrita dentro de las capacidades de un caballo que nunca fue a la escuela, pero que ciertamente conoce el sentido original de algunas palabras.

La idea es que exista la posibilidad del dibujo de caballos. De forma incesante, recurrente, arriesgada.

Caballos que no se acaben para seguir hablando de ellos.

O caballos que no se acaben, solo, para seguir hablando.

lunes, 25 de julio de 2011

Lo que me gusta de las frutas

No se puede definir en un solo punto. Se ocupan varios, quizá esparcidos en toneladas de papel. Otra opción sería escribir una crónica, donde en la primera oración se explicara las formas y los sonidos que las frutas pueden adoptar. Podría empezar “Las frutas tienen la cabeza perfumada y caminan a través del viento, aquí estamos.”, pero sería divagar. Tal vez lo mejor sería empezar por los nombres, los de las frutas, creados con muchas sílabas, con muchas letras, que se repiten, que aparecen inclinadas hacia un lado o hacia el otro. Que se comportan como espejos de su materia, nombres sin números. Que se presentan con fuerza, imitando el tamaño de su nombre, repitiéndolo sin dudar.

Las frutas salen de sus países para venir a nuestra provincia iletrada. Salen los miércoles, los jueves, los sábados o los domingos. También salen otros días. Se sientan en los parques y ven a la gente pasar. La señalan y dicen, éste sí, éste no, éste no, éste tal vez. Luego se levantan a recoger cajitas usadas, las llenan de concreto, de mal, de pescaditos amarillos. Nadie entiende realmente a las frutas. Será por eso que me gustan.

Las bandadas de frutas no existen, también por eso me gustan. Porque tienden a la misantropía, a entrar por la boca, escalar la garganta en un movimiento que se asemeja al de un túnel, como si encontraran la única grieta del cuerpo. Las frutas hacen todo esto, a veces inintencionadamente, a veces amputando el sentido a la indiferente memoria.

Es poco usual que las frutas salgan a la calle en tacones y con pequeños vestidos, pero pasa. Salen con la actitud del mar revuelto en pleno día. En esos momentos se apoderan del hombre, utilizan tazas llenas de cerveza y trocitos de árboles para esto. Pero nadie debe dudar de su nobleza. Nosotros, los que hemos buscado por mucho tiempo, acabaremos en una esquina temblando, formando un triángulo, con una cerveza y una copa de vino. No nos importará nada más que creer en ellas. Ellas, que a veces suben a las montañas a fumar marihuana y por eso algunos las toman por figuras oscuras y borrosas, pero los que piensan esto no podrían estar más equivocados.

Algunas otras cosas que me gustan de las frutas me las quedo para mí, me daría miedo perturbar el orden público con las ideas turbulentas y frutofílicas que pudiese exponer aquí.

Si oídos curiosos y atentos llegaran a acercarse tal vez reconsideraría este último punto.

miércoles, 13 de julio de 2011

18 de noviembre

Mi primo Carlos nació el 18 de Noviembre, el mes de nuestra hija. Todavía hablo de eso, sí, no se me olvida. Vos tal vez ya no te acordás de lo que hablo, porque ha sido de esas cosas que yo me invento, las fechas o las hijas o los hombres ahorcados invisiblemente. Pero bueno, en realidad te hablo de mi primo, del que tal vez no te acordás. Del que, como yo, lleva el nombre de su padre.

Lo que te quiero contar sucedió cuando él acababa de cumplir 26, no sé si antes. Yo era un quinceañero y no te conocía. Mejor que no me conocías, tal vez no te habrías acercado. En esa época yo tenía muchos amigos, era más flaco y casi siempre sonreía. No era quien conocés ahora.

Dejó de hablar, mi primo. Eso es lo que te quiero contar. Se apagó. No sé si de un día para otro, pero pasó. Comenzó a acomodar las partes de su cuerpo como para que no saliera nada(o no entrara nadie). Ni la vista le salía del cuerpo, como si fuera un cofrecito. Empezó a envolverse en algo que nadie comprendió, sus papás ignoraron lo que le pasaba. Su hermana se fue a Estados Unidos y se olvidó de todo. De ella seguro sí te acordás, a veces viene y habla mucho, también creo que se puso tetas. Pero ¿de él te acordás? No es alguien al que la gente recordaría. Es alto, se ve fuerte, pero es tan callado, como un fantasma escondido dentro del pan.

Pero te decía, dejó de hablar. Empezó a pasar más tiempo en su casa, a tomar mucho café, como para llenarse la boca de algo. Dejó de salir en la noche, tal vez por miedo a perderse o desaparecer y que nadie lo recordara. Porque a algunos nos pasa eso, ocupamos que alguien piense en nosotros para no desaparecer. Tal vez alguna vez me viste mirándome las manos, extrañado, confundido, como si viera a través de ellas. Eso pasa.

No tenía amigos y no hablaba. Se calló de un día para otro. Le caducó la tierna boca, de cierta forma. Solo podía repetir frases grises como “buenas tardes, buenas noches, gracias, adiós luna, adiós estrella”. Todo se alejaba cuando él lo veía.

Por eso empezó a atarse a cosas, por miedo. Al principio fue al carro gris oscuro, sudado, cosido a sus manos. Luego a la puerta del frente de su casa, acostado ahí por días. Sus papás, que han ignorado esto olímpicamente, tenían que pasarle por encima. A veces llamaba su hermana desde Estados Unidos y decían que él no estaba, que seguro había salido. Él los oía desde la puerta, los veía con la lengua cortada y vacía.

Sí tuvo un amigo que era sordomudo. No estoy inventando, tampoco mintiendo, esto sucedió así. Alguna vez te dije que yo no mentía y era verdad. Es verdad.

Ya no sé donde está su amigo, se habrá aburrido de hablar por señas. Llegaba a su casa en las tardes. Se les podía ver sentados ambos al frente de su casa. Tan callados, como dos ceniceros viejos. En la familia nadie preguntaba nada, todos recurríamos a la misma almohada para no complicarnos la vida.

Ocurrieron otras cosas, delicadas e imaginarias (en el sentido autobiográfico de la palabra). Se empezó a deconstruír el fondo de su presencia. No volvió a tocar a nadie, ni siquiera a su madre que le decía buenas noches o que le servía pan y café tibio. Nada más tocaba el piso con las suelas de sus zapatos, todo lo demás existía con millones de átomos de por medio. Carlos se transformó en el núcleo de una burbuja gigante, que ya no reía, que lloraba solo en el cuarto, al que ya nadie oía, que cuando sonreía parecía como si se le destruyera la cara.

Ya han pasado seis años desde que todo empezó. Una ex novia suya fue profesora mía de matemáticas. Me contó por qué terminaron, con un tono extrañado en su voz. “Qué raro, Carlos” le dije. Ella ya debe haber olvidado que ese trocito de mi familia, triste y callado, existió. A la familia ya le parece común y ni siquiera ignora el tema. Todos se van a sus casas a hablar sobre lo bien que estuvo Carlitos hoy cuando les saludó de beso o cuando les preguntó por la universidad o cuando dejó huellas tras sus pies. Se duermen tranquilos, dejándonos a él y a mí vestidos de noche negra.

Pero ¿para qué te cuento esto? Probablemente vos también querás dormir una noche tranquila, no pensar en nada que pueda pasarte las uñas por la cara. Te lo cuento porque seguro sé poco de genética, entonces tiendo a conectar cosas que están separadas por más que una escalera invisible. Seguro vos también esperas olvidarme pronto, como a una sábana sangrada y callada.

Nosotros no esperábamos esto. Lo que nos tocó. Esperábamos otras cosas, más comunes, menos inusuales entre la marea de personas que nos rodeaban. Por eso no he podido decirte nada directamente, porque me da miedo, porque a veces creo que mi primo se preguntó las mismas cosas que yo me pregunto.

Te lo diré ahora, pero dejame evitarlo un poco más. Dejame taparme los ojos, construirme un lecho donde acostarme a dormir solo por años, como estos meses largos que han sido, noche a noche, la violenta prescindencia de la posibilidad de sentirme acompañado. Dejame atrasar con impertinencias el momento en que te diga que me está pasando lo mismo que a Carlos o por lo menos eso creo. No sé si es verdad, no sé si esta enfermedad crónica que él se inventó exista, pero parece estar aquí. Partiéndome la lengua, oscureciéndome los ojos, haciéndote decirme que es hora de que todo acabe.

Me ha sido muy difícil venirte a hablar así, como si nada, pero lo tuve que hacer ya que me encuentro amenazado de muerte, por mí mismo. Superar la impotencia es contradecir la vida que me ha tocado. Ahora sin vos, que ya no quisiste saber nada más de esto, culpa mía o culpa tuya. No importa. Yo intento seguir, estoy en la playa y te escribo, me voy a mi casa y te escribo, vuelvo a cada sitio donde alguna vez discutimos y te escribo. Porque ahora mi vida es volver a donde ya estuvimos, en la calle, en la mente.

Sos la ciudad revisitada compulsivamente. Sos esa cosa que se derrumba sobre mis juguetes viejos y nunca empolvados. Sos ese gran miedo que clama largamente. Sos mi embarazo psicológico que palpita muerto, blando y bello. Sos todas las letras con las que se ha escrito y sufrido. Sos la prueba de que alguna vez estuve vivo.

Por mi parte yo ahora lo odio todo. Más que antes. Odio la forma en que la puerta no se cierra como cuando vos estabas en el cuarto. Odio que ninguna almohada haya capturado tu forma. Odio la incesante repetición de sonidos tuyos, de mentiras pornográficas, de miedo, de mucho miedo que me revienta, que me encierra, que me arde en el hueco agudo del asma. Dijera alguien que odio todo lo que te representa a vos, pero eso no es así. Odio la costumbre de verte aquí, pero no a vos. Odio la astucia de la mente que, visionaria y lluviosa, me hace encontrarte en cada metro sin cicatrizar, en cada aire que se va, en cada aire que llega.

Odio cada vez más cosas y esto sí es tu culpa. Que me pusieras a remolcar mi presencia desde donde la dejaste. Que me dejaras frenéticamente pidiéndole sentido a lo que no tiene ni una última vértebra para sostenerse.

Estamos acabados, porque yo no sé volver de la muerte. Estamos acabados, porque seguramente tu cuerpo duerme largamente aliviado.

PD.

Ayer (o algún día parecido) quería comer y estaba en San Pedro. No comí porque todos los lugares me recordaban a vos. Igual hoy en mi casa hicieron fiesta fries. Todo esfuerzo es inútil. De vos nadie se puede esconder. Y pasa todos los días. La música es el caos que te recuerda.

Por eso me pregunto ¿vos pensás en esto? ¿tenés a tu lado el mismo caballo negro que subió las escaleras planas de esta casa?

viernes, 24 de junio de 2011

El mito


¿Esta mano, es mi mano o no es mi mano?

Ahora entrás a la galería. Te tocó dejar el carro lejos de la entrada, por la casa amarilla que se parece a la de tu amiga Jimena. El carro hizo el sonido típico que ya conocés, que ya esperás cuando estás a punto de apagarlo. Entrás a la galería, te recibe el color blanco, también las formas duras e innegables.

Doblaste a la derecha, caminás sintiendo la madera bajo tus pies, el olor frío de la galería. Llegás a la primera obra, una fotografía, una mujer acostada en una cama, sangre mancha la sábana. La ves unos instantes, respirás, seguís viéndola. No decís nada, solo te quedás ahí, como si cayeran hojas. Pasás a la siguiente obra. Otra fotografía, ves a tu alrededor, las fotografías se acumulan. Comenzás a caminar, ves por pocos segundos cada fotografía, das varias vueltas. Volvés a la primera obra, comenzás a comprender algo. No te lo decís, no te tomas en serio lo que estás pensando.

Igual comenzás a verlo. Se te pinta al frente, los tonos azules y anochecidos de la muerte, la luz cortés que se empeña en disuadirte. Ves frente a vos las fotografías como un naufragio, retratos a medias, segundos robados como alguien podría decir. No les creés. Esto te causa angustia. Te sentís angustiado, no sabés qué hacer, sabés que debés creer la prueba, el cúmulo de evidencia que se te coloca al frente. Pero no podés, negás la existencia de esto, de aquello, de todo lo que se te ha puesto al frente.

Recordás a Kant, pero nunca lo has creído del todo, te ha parecido muy fácil, muy estratégico creerlo. Ya has criticado la razón, pero no ha sido suficiente. Ves al humanismo chorrear por las paredes, podés ver el contorno desdibujado donde se recostaba el racionalismo. Todo pierde su tamaño de siempre, quedan los restos de una palabra.

Apuntás con el dedo a la mujer que sangra en algunas de las fotos, vino este día a darte la razón, pero a vos ya no te importa eso. Está ahí, riéndose, tomando vino, conversando con el artista. Pero también sangra, es violada por un hombre alto y espumoso, también escribe en sus senos palabras de despedida.

Ahora volvés a ver a cualquier lugar de la habitación y todo se vuelve curvo, arrepentido, incapaz. Cerrás los ojos, ahí también encontrás todas las cosas curvas, manoseadas, abiertas. Alguien ha entrado a tu casa, ha colocado las cosas en otros sitios, ha paseado por las calles con tus zapatos, ha utilizado tus manos para juntar del suelo alguna moneda. Ya nada es lo mismo.

Ves ir a los demás hasta la terraza, conversar entre ellos, alguno hasta te llama por tu nombre (ya desconfigurado), pero te quedás en el salón principal, en la galería. Te quedás solo, repasás cada uno de los momentos. La cama húmeda, la ceniza de la tina, el armario perfumado.

En este momento te podría atacar de nostalgia, podrían fotografiar tu pestaña más pequeña y mostrarte que te conocen, pero no cambiaría nada. Continuarías así creyendo que todo es mentira, creyendo que tienes una verdad. Igual seguís equivocado, sos absurdo, pero eso ya no te importa.

Es poco lo que te decís ahora. Las cosas ciertas se te han acabado. Se han partido en varios pedazos inexactos. Ves a los detectives como ciegos sombrerudos, que sufren de fiebres, que tienen sed.

Son las siete y cuarto o eso dice el reloj. El carro está y no está parqueado frente a la casa amarilla, la que se parece a la de tu amiga Jimena.