domingo, 21 de agosto de 2011

Equina

Mejor digamos que sí. Que usted dibuja caballos, incesantemente, frenéticamente, furiosamente. Haciendo ruido con los lápices, con los pinceles, con las hojas, rasgando las hojas. Dibujando caballos y sonriendo y rescatando y vibrando y brillando.

Caballos herrumbrados, afeitados, acostados, volando. Caballos con campanas, caballos recibiendo herencias. Caballos de seis patas. Caballos tristes, que toman café, inteligentes e imaginarios, caballos bailando. Caballos en París, caballos bajo puentes, caballos en hoteles. Caballos ignorados, sin sombra, que apuestan en casinos, que se despistan y se hacen polvo.

Caballos románticos que caminan de puntillas mientras buscan un buzón para hacer llegar alguna carta perdida. Escrita y reescrita dentro de las capacidades de un caballo que nunca fue a la escuela, pero que ciertamente conoce el sentido original de algunas palabras.

La idea es que exista la posibilidad del dibujo de caballos. De forma incesante, recurrente, arriesgada.

Caballos que no se acaben para seguir hablando de ellos.

O caballos que no se acaben, solo, para seguir hablando.

lunes, 25 de julio de 2011

Lo que me gusta de las frutas

No se puede definir en un solo punto. Se ocupan varios, quizá esparcidos en toneladas de papel. Otra opción sería escribir una crónica, donde en la primera oración se explicara las formas y los sonidos que las frutas pueden adoptar. Podría empezar “Las frutas tienen la cabeza perfumada y caminan a través del viento, aquí estamos.”, pero sería divagar. Tal vez lo mejor sería empezar por los nombres, los de las frutas, creados con muchas sílabas, con muchas letras, que se repiten, que aparecen inclinadas hacia un lado o hacia el otro. Que se comportan como espejos de su materia, nombres sin números. Que se presentan con fuerza, imitando el tamaño de su nombre, repitiéndolo sin dudar.

Las frutas salen de sus países para venir a nuestra provincia iletrada. Salen los miércoles, los jueves, los sábados o los domingos. También salen otros días. Se sientan en los parques y ven a la gente pasar. La señalan y dicen, éste sí, éste no, éste no, éste tal vez. Luego se levantan a recoger cajitas usadas, las llenan de concreto, de mal, de pescaditos amarillos. Nadie entiende realmente a las frutas. Será por eso que me gustan.

Las bandadas de frutas no existen, también por eso me gustan. Porque tienden a la misantropía, a entrar por la boca, escalar la garganta en un movimiento que se asemeja al de un túnel, como si encontraran la única grieta del cuerpo. Las frutas hacen todo esto, a veces inintencionadamente, a veces amputando el sentido a la indiferente memoria.

Es poco usual que las frutas salgan a la calle en tacones y con pequeños vestidos, pero pasa. Salen con la actitud del mar revuelto en pleno día. En esos momentos se apoderan del hombre, utilizan tazas llenas de cerveza y trocitos de árboles para esto. Pero nadie debe dudar de su nobleza. Nosotros, los que hemos buscado por mucho tiempo, acabaremos en una esquina temblando, formando un triángulo, con una cerveza y una copa de vino. No nos importará nada más que creer en ellas. Ellas, que a veces suben a las montañas a fumar marihuana y por eso algunos las toman por figuras oscuras y borrosas, pero los que piensan esto no podrían estar más equivocados.

Algunas otras cosas que me gustan de las frutas me las quedo para mí, me daría miedo perturbar el orden público con las ideas turbulentas y frutofílicas que pudiese exponer aquí.

Si oídos curiosos y atentos llegaran a acercarse tal vez reconsideraría este último punto.

miércoles, 13 de julio de 2011

18 de noviembre

Mi primo Carlos nació el 18 de Noviembre, el mes de nuestra hija. Todavía hablo de eso, sí, no se me olvida. Vos tal vez ya no te acordás de lo que hablo, porque ha sido de esas cosas que yo me invento, las fechas o las hijas o los hombres ahorcados invisiblemente. Pero bueno, en realidad te hablo de mi primo, del que tal vez no te acordás. Del que, como yo, lleva el nombre de su padre.

Lo que te quiero contar sucedió cuando él acababa de cumplir 26, no sé si antes. Yo era un quinceañero y no te conocía. Mejor que no me conocías, tal vez no te habrías acercado. En esa época yo tenía muchos amigos, era más flaco y casi siempre sonreía. No era quien conocés ahora.

Dejó de hablar, mi primo. Eso es lo que te quiero contar. Se apagó. No sé si de un día para otro, pero pasó. Comenzó a acomodar las partes de su cuerpo como para que no saliera nada(o no entrara nadie). Ni la vista le salía del cuerpo, como si fuera un cofrecito. Empezó a envolverse en algo que nadie comprendió, sus papás ignoraron lo que le pasaba. Su hermana se fue a Estados Unidos y se olvidó de todo. De ella seguro sí te acordás, a veces viene y habla mucho, también creo que se puso tetas. Pero ¿de él te acordás? No es alguien al que la gente recordaría. Es alto, se ve fuerte, pero es tan callado, como un fantasma escondido dentro del pan.

Pero te decía, dejó de hablar. Empezó a pasar más tiempo en su casa, a tomar mucho café, como para llenarse la boca de algo. Dejó de salir en la noche, tal vez por miedo a perderse o desaparecer y que nadie lo recordara. Porque a algunos nos pasa eso, ocupamos que alguien piense en nosotros para no desaparecer. Tal vez alguna vez me viste mirándome las manos, extrañado, confundido, como si viera a través de ellas. Eso pasa.

No tenía amigos y no hablaba. Se calló de un día para otro. Le caducó la tierna boca, de cierta forma. Solo podía repetir frases grises como “buenas tardes, buenas noches, gracias, adiós luna, adiós estrella”. Todo se alejaba cuando él lo veía.

Por eso empezó a atarse a cosas, por miedo. Al principio fue al carro gris oscuro, sudado, cosido a sus manos. Luego a la puerta del frente de su casa, acostado ahí por días. Sus papás, que han ignorado esto olímpicamente, tenían que pasarle por encima. A veces llamaba su hermana desde Estados Unidos y decían que él no estaba, que seguro había salido. Él los oía desde la puerta, los veía con la lengua cortada y vacía.

Sí tuvo un amigo que era sordomudo. No estoy inventando, tampoco mintiendo, esto sucedió así. Alguna vez te dije que yo no mentía y era verdad. Es verdad.

Ya no sé donde está su amigo, se habrá aburrido de hablar por señas. Llegaba a su casa en las tardes. Se les podía ver sentados ambos al frente de su casa. Tan callados, como dos ceniceros viejos. En la familia nadie preguntaba nada, todos recurríamos a la misma almohada para no complicarnos la vida.

Ocurrieron otras cosas, delicadas e imaginarias (en el sentido autobiográfico de la palabra). Se empezó a deconstruír el fondo de su presencia. No volvió a tocar a nadie, ni siquiera a su madre que le decía buenas noches o que le servía pan y café tibio. Nada más tocaba el piso con las suelas de sus zapatos, todo lo demás existía con millones de átomos de por medio. Carlos se transformó en el núcleo de una burbuja gigante, que ya no reía, que lloraba solo en el cuarto, al que ya nadie oía, que cuando sonreía parecía como si se le destruyera la cara.

Ya han pasado seis años desde que todo empezó. Una ex novia suya fue profesora mía de matemáticas. Me contó por qué terminaron, con un tono extrañado en su voz. “Qué raro, Carlos” le dije. Ella ya debe haber olvidado que ese trocito de mi familia, triste y callado, existió. A la familia ya le parece común y ni siquiera ignora el tema. Todos se van a sus casas a hablar sobre lo bien que estuvo Carlitos hoy cuando les saludó de beso o cuando les preguntó por la universidad o cuando dejó huellas tras sus pies. Se duermen tranquilos, dejándonos a él y a mí vestidos de noche negra.

Pero ¿para qué te cuento esto? Probablemente vos también querás dormir una noche tranquila, no pensar en nada que pueda pasarte las uñas por la cara. Te lo cuento porque seguro sé poco de genética, entonces tiendo a conectar cosas que están separadas por más que una escalera invisible. Seguro vos también esperas olvidarme pronto, como a una sábana sangrada y callada.

Nosotros no esperábamos esto. Lo que nos tocó. Esperábamos otras cosas, más comunes, menos inusuales entre la marea de personas que nos rodeaban. Por eso no he podido decirte nada directamente, porque me da miedo, porque a veces creo que mi primo se preguntó las mismas cosas que yo me pregunto.

Te lo diré ahora, pero dejame evitarlo un poco más. Dejame taparme los ojos, construirme un lecho donde acostarme a dormir solo por años, como estos meses largos que han sido, noche a noche, la violenta prescindencia de la posibilidad de sentirme acompañado. Dejame atrasar con impertinencias el momento en que te diga que me está pasando lo mismo que a Carlos o por lo menos eso creo. No sé si es verdad, no sé si esta enfermedad crónica que él se inventó exista, pero parece estar aquí. Partiéndome la lengua, oscureciéndome los ojos, haciéndote decirme que es hora de que todo acabe.

Me ha sido muy difícil venirte a hablar así, como si nada, pero lo tuve que hacer ya que me encuentro amenazado de muerte, por mí mismo. Superar la impotencia es contradecir la vida que me ha tocado. Ahora sin vos, que ya no quisiste saber nada más de esto, culpa mía o culpa tuya. No importa. Yo intento seguir, estoy en la playa y te escribo, me voy a mi casa y te escribo, vuelvo a cada sitio donde alguna vez discutimos y te escribo. Porque ahora mi vida es volver a donde ya estuvimos, en la calle, en la mente.

Sos la ciudad revisitada compulsivamente. Sos esa cosa que se derrumba sobre mis juguetes viejos y nunca empolvados. Sos ese gran miedo que clama largamente. Sos mi embarazo psicológico que palpita muerto, blando y bello. Sos todas las letras con las que se ha escrito y sufrido. Sos la prueba de que alguna vez estuve vivo.

Por mi parte yo ahora lo odio todo. Más que antes. Odio la forma en que la puerta no se cierra como cuando vos estabas en el cuarto. Odio que ninguna almohada haya capturado tu forma. Odio la incesante repetición de sonidos tuyos, de mentiras pornográficas, de miedo, de mucho miedo que me revienta, que me encierra, que me arde en el hueco agudo del asma. Dijera alguien que odio todo lo que te representa a vos, pero eso no es así. Odio la costumbre de verte aquí, pero no a vos. Odio la astucia de la mente que, visionaria y lluviosa, me hace encontrarte en cada metro sin cicatrizar, en cada aire que se va, en cada aire que llega.

Odio cada vez más cosas y esto sí es tu culpa. Que me pusieras a remolcar mi presencia desde donde la dejaste. Que me dejaras frenéticamente pidiéndole sentido a lo que no tiene ni una última vértebra para sostenerse.

Estamos acabados, porque yo no sé volver de la muerte. Estamos acabados, porque seguramente tu cuerpo duerme largamente aliviado.

PD.

Ayer (o algún día parecido) quería comer y estaba en San Pedro. No comí porque todos los lugares me recordaban a vos. Igual hoy en mi casa hicieron fiesta fries. Todo esfuerzo es inútil. De vos nadie se puede esconder. Y pasa todos los días. La música es el caos que te recuerda.

Por eso me pregunto ¿vos pensás en esto? ¿tenés a tu lado el mismo caballo negro que subió las escaleras planas de esta casa?

viernes, 24 de junio de 2011

El mito


¿Esta mano, es mi mano o no es mi mano?

Ahora entrás a la galería. Te tocó dejar el carro lejos de la entrada, por la casa amarilla que se parece a la de tu amiga Jimena. El carro hizo el sonido típico que ya conocés, que ya esperás cuando estás a punto de apagarlo. Entrás a la galería, te recibe el color blanco, también las formas duras e innegables.

Doblaste a la derecha, caminás sintiendo la madera bajo tus pies, el olor frío de la galería. Llegás a la primera obra, una fotografía, una mujer acostada en una cama, sangre mancha la sábana. La ves unos instantes, respirás, seguís viéndola. No decís nada, solo te quedás ahí, como si cayeran hojas. Pasás a la siguiente obra. Otra fotografía, ves a tu alrededor, las fotografías se acumulan. Comenzás a caminar, ves por pocos segundos cada fotografía, das varias vueltas. Volvés a la primera obra, comenzás a comprender algo. No te lo decís, no te tomas en serio lo que estás pensando.

Igual comenzás a verlo. Se te pinta al frente, los tonos azules y anochecidos de la muerte, la luz cortés que se empeña en disuadirte. Ves frente a vos las fotografías como un naufragio, retratos a medias, segundos robados como alguien podría decir. No les creés. Esto te causa angustia. Te sentís angustiado, no sabés qué hacer, sabés que debés creer la prueba, el cúmulo de evidencia que se te coloca al frente. Pero no podés, negás la existencia de esto, de aquello, de todo lo que se te ha puesto al frente.

Recordás a Kant, pero nunca lo has creído del todo, te ha parecido muy fácil, muy estratégico creerlo. Ya has criticado la razón, pero no ha sido suficiente. Ves al humanismo chorrear por las paredes, podés ver el contorno desdibujado donde se recostaba el racionalismo. Todo pierde su tamaño de siempre, quedan los restos de una palabra.

Apuntás con el dedo a la mujer que sangra en algunas de las fotos, vino este día a darte la razón, pero a vos ya no te importa eso. Está ahí, riéndose, tomando vino, conversando con el artista. Pero también sangra, es violada por un hombre alto y espumoso, también escribe en sus senos palabras de despedida.

Ahora volvés a ver a cualquier lugar de la habitación y todo se vuelve curvo, arrepentido, incapaz. Cerrás los ojos, ahí también encontrás todas las cosas curvas, manoseadas, abiertas. Alguien ha entrado a tu casa, ha colocado las cosas en otros sitios, ha paseado por las calles con tus zapatos, ha utilizado tus manos para juntar del suelo alguna moneda. Ya nada es lo mismo.

Ves ir a los demás hasta la terraza, conversar entre ellos, alguno hasta te llama por tu nombre (ya desconfigurado), pero te quedás en el salón principal, en la galería. Te quedás solo, repasás cada uno de los momentos. La cama húmeda, la ceniza de la tina, el armario perfumado.

En este momento te podría atacar de nostalgia, podrían fotografiar tu pestaña más pequeña y mostrarte que te conocen, pero no cambiaría nada. Continuarías así creyendo que todo es mentira, creyendo que tienes una verdad. Igual seguís equivocado, sos absurdo, pero eso ya no te importa.

Es poco lo que te decís ahora. Las cosas ciertas se te han acabado. Se han partido en varios pedazos inexactos. Ves a los detectives como ciegos sombrerudos, que sufren de fiebres, que tienen sed.

Son las siete y cuarto o eso dice el reloj. El carro está y no está parqueado frente a la casa amarilla, la que se parece a la de tu amiga Jimena.

sábado, 18 de junio de 2011

Silver Screen

Me gustaba pasar el día sentada en el cuarto, también tener la ventana cerca. Ver televisión desnuda, para sentirme en condiciones semejantes. Hoy me lleno de ropa, hoy tampoco veo televisión. La apago y toco una guitarra. Toco mi guitarra que también me gusta. Practico una canción que todavía no es una canción. La repito. A la canción prematura, a la niña, ese paso despacito que doy cuando me quedo en el cuarto. Sentada. Gustando de cosas.

Pero en eso, y siempre pasa, la televisión se prende sola. “Solita te prendés” le digo. Se ve como un árbol negro. Y la canción se acaba o se cae. Nos tropezamos y pronto estamos las dos en el suelo. La canción a mi espalda, yo en el medio. Tirada por meses. La ropa se me cae y se cambia sola. La ventana se cierra y se abre. A veces a la casa le da calor. Ya ha pasado.

Yo espero, ahora con disgusto. Espero mucho tiempo, muchas horas, muchas fracciones de segundo que se sienten largas y tristes. La televisión se prende y se apaga, pero pasa el mismo programa, el mismo show. Las palabras generan un eco cuando la televisión está prendida. ¿Lo oyen? Un eco. Cuando la televisión está apagada yo intento ponerme de pie y casi lo logro, pero siempre el ojo es más rápido.

Una vez, cuando la televisión estaba apagada, vino un hombre. O más precisamente, los zapatos de un hombre. Algunos dijeron que no parecían zapatos de hombre, pero lo eran. Me tomaron por las manos, o lo intentaron, querían ayudarme. Yo no me dejé. No dejo que nadie me toque las manos. Estuvieron caminando largo rato por el cuarto, decidiendo qué hacer.

Se asomaron por la ventana y empezaron a actuar sorprendidos. Señalaban el exterior y gritaban y se reían. Los zapatos son muy astutos, también son muy buenos. Son buenas personas. Solo yo puedo ignorarlos, atrás mío algo se mueve. Se escurre, como dicen.

Va haciendo un sonido lento. Y llega hasta la ventana. Arrastrada. La canción llega arrastrada hasta la ventana. Se deja ayudar por los zapatos, que usan corbatín para presentarse como personas correctas, pero ellos son buenas personas, no correctas. Por eso me gusta ese hombre, el de esos zapatos, que ahora se apodera de la canción y la canta, muy mal, muy feo, pero la canta.

“Desde adentro, podemos ver afuera” dijo el hombre con una voz no muy grave, pero sí un poco torpe “Extraña, extraña” decía mientras sus zapatos veían por la ventana. Entonces yo tenía que decir algo porque me hablaba a mí, veía por la ventana y hablaba. “¿Qué hacés, desconocido?” le dije. Yo también veía hacia afuera.

El ojo de la televisión parpadeaba. Se mecía como un árbol negro. “Es Julio” dijo con su voz. Casi lo pude ver. Me estiré un poco. Rocé las patas de la cama con mis dedos. Luego las toqué. Pasé mi mano por el suelo, poco a poco encontré mi cuerpo. Mis piernas, mi cintura blanqueada por los meses. “También tu mano, que me interesa tanto” dijo con su voz, que puedo hacer mía, como oyen. Me levanté. Lo veía de pie junto a la ventana, subido en una pequeña silla, que se veía vacía, como se ven más lindas.

“¿Ya se va?” le dije. “¿Ya te vas?” me corrigió. Con los ojos cerrados, como hace cuando habla. “Tené paciencia” le dije. “Sí… Protegeme” me dijo. “¿De qué?” pregunté. Esperé unos minutos. Esperé algunos mediodías. “¿De qué?” pregunté.

Los zapatos quedaron vacíos a eso de las tres de la tarde. Cuando el sol comienza a bajar y entra más estática a la televisión. Hace calor, por dicha las ventanas se abren solas. El televisor se mece como un árbol negro y desvelado.

domingo, 29 de mayo de 2011

I

Ahora ya me he levantado de la cama. Me jaló más tu cuerpo, de pie y desnudo en una esquina, que las ganas de vestirme.

Me visto porque así me dijiste que hiciera. Lo hago porque me lo ordenaste. Ahora me detendré un segundo para verte a la cara y sonreírnos. Te miro, con mis ojos de niño, pero vos ya no me ves. Siempre fuiste mi Adam Smith, mi pequeña neoliberal, como te llamaba cuando no estabas.

Ya continúo vistiéndome. Este cuarto está en sombras, pero eso es mejor a que toda luz estuviese apagada, así puedo volverme un momento y verte descalza por última vez. Ahora es sólo tu mitad la que está desnuda, pero es la que más importa. Tu cabello que cae, la espalda que no me verá más. Tus ojos ya sin pasos.

Siempre fuiste mi Adam Smith y yo era una fiebre pasajera.

Ahora me pides que me vaya y yo levanto mi cara con sus ojos de niño, con una sonrisa que se asoma, para que me digás que era mentira, que vos también bromeás.

Pero esto no será así.

Es que las cosas sí duran siempre un poco más de lo que deberían.

II

Se ha vuelto una tarea infinita amarrarse los zapatos. ¿Por qué nadie ha acabado con este despilfarro de tiempo? Salgo a una calle mojada y oigo cómo se me humedecen los cordones. Ya los pies estarán empapados.

En fin, entro a un bar como nadie ha entrado nunca. Explicarlo resulta difícil. Los bancos son altos y alguien ya se ha caído de ellos, no hoy, tal vez otro día.

Frente a mí esperan que ordene algo de tomar, que solicite a una de las mujeres del lugar o que simplemente me pegue un tiro en la barra. Es difícil durar cuando casi no quedan opciones.

Me levanto y salgo. No soy ninguno de los que ha entrado ahí. Me vierto de nuevo en esa calle ya bailada, tan húmeda que me mojará los cordones y me hará sentarme en su acera. Pifiaré. Estaré acostado en el caño.

Veré la luna.

domingo, 1 de mayo de 2011

Instrucciones para desaparecer el bloqueo de escritor

Cuando abrí los ojos era de noche, una noche temprana.
f.

Mucha gente genera muchas recomendaciones, todas diferentes y con pequeños surcos que reflejan malas decisiones. Alguna gente recomienda escribir justo después de despertar, otros recomiendan estimularse visualmente. Alguno recomendará escribir mientras se caga, aludiendo a que es poco probable que salga mierda por dos lados a la vez.

Yo recomiendo salir de la casa, pero no a caminar y disfrutar de la desgracia que se llama San José, sino caminar con un destino, un supermercado. Cualquiera diría “sí, qué gran idea, un lugar de mucha variedad de objetos y también muy concurrida por gente muy distinta entre sí”, pero no, se equivocan por segunda vez (la primera fue el empezar a leer esto). Al llegar al supermercado, no agarre una canasta, le va a estorbar. Corra y no hable con nadie, no consulte ningún tipo de producto. Probablemente después de dar un par de vueltas por los pasillos, intentando ubicarse en tan indominable ambiente, podrá seguir las instrucciones que siguen.

Tome seis. Tómeselas (pero luego de pagarlas). Tome seis cervezas, de lata, no de vidrio, le van a quitar el raiters blok. No las abra dentro del supermercado. Acepte una bolsa, qué importa el ambiente en este momento. Cárguelas, sienta su peso, sienta el leve frío dentro de la bolsa que roza su pierna cuando sube los escalones hasta su casa. El camino de vuelta es corto porque ya no hay tanta ansiedad. Ya casi. Falta poco.

Tome asiento a la mesa redonda. Puede poner música, pero nada demasiado invasivo. Ahora abra una. Ahora un trago largo. Si no le gusta, no importa. Siga. Otro trago y casi se va la lata. Ahora otra. Suena bien cuando se abre una lata. Suena como el mar dentro de una lata.

Mantengamos silencio. Por uno, dos, trece minutos. Sienta que ya sus pies están abiertos, que sus manos están despreocupadas. Sigue el silencio, pero la presión de las venas va aflojándose. Su cerebro ya no es la materia sólida de las últimas horas, últimas semanas.

Ahora toca la sexta cerveza, la punta del iceberg encima del Himalaya. Ya casi se acaba. Ya lo amargo no es amargo, solo es pesado. Es un líquido pesado. De color dorado, de olor dorado, de sabor dorado.

Usted ya no se acuerda de nada. No se acuerda de dónde está leyendo esto, ha perdido la hoja en la que copió esa serie de instrucciones sin un fin recordable. No se acuerda de donde está. No sabe quién dirigió sus últimas acciones, no fue usted. Pero eso no importa. Usted ya no tiene bloqueo de escritor. No recuerda qué es eso. Usted es libre. Lo será por una hora. O eso, por lo menos, me dura a mí la libertad.