jueves, 22 de julio de 2010

Carta de un viejo amargado // Cita de café

Por vos siempre he tenido una pasión bárbara,
una cosa que no tenés idea.
La misma de la vez que te cociné canelones
o de la primera vez que me besaste con tus piernas.
Ha sido un gran viaje o un viaje grande, algunos lo calificaron de largo, pero no, qué va, fueron unos minutillos, lo mismo que se tarda esperando en un baño a que se desocupe el lavamanos, o al vernos envejecer frente a un espejo.

Pero que te quede claro, yo sólo quiero que ganés mucho dinero, que tengás 2 perros (uno grande y fuerte, otro frágil y mío). Que llegués alto y todo eso. Aunque no sé, a veces creo que lo único que me preocupa es un día poder verte a los ojos y no tener miedo de lo que será de mí cuando ya no estés.

Porque no es correcto agarrarte de los pies y pedirte que me tomés de la mano. A nadie debería importarle que siempre vaya a ser un carajillo. Que voy a tener siempre las rodillas rotas y un olor humano que no se lava.

La cuenta, eso sería todo.

sábado, 3 de julio de 2010

Tuberculosis

Resoplido, jadeo y genitales, como con el pecho lleno de ramitas y puntitas. Que se acumulen, mis raíces emboscadas.

Porque un añito más, un añito menos, no cambia nada, seguimos llamándonos volúmenes o estaturas. Seguimos viéndonos las tetas, cortándonos el pelo, no entendiendo por qué las reglas tienen extremos.

Y que la única palabra certera que puedo decir. Paranoia.

Y que a todos nos tocará un día. Irnos.

miércoles, 23 de junio de 2010

Como se construyen los héroes

Cuando Roberto comenzó a caminar por la fría noche del bosque, sintió que todo esfuerzo no serviría de nada. El ruido que hacía la bolsa le pesaba más que cargarla a través del bosque. Cada 5 pasos debía detenerse para tomar un momento y escuchar que nadie lo siguiera. El ruido de la bolsa era como pasos encima del techo o de quien arrastra un cadáver a través de hojas secas.

Todavía en su cabeza retumbaba el sonido de aquella copa rota, rebotando en contra de una gaveta de copas rotas. Todavía podía ver el patrón del piso cerámico, la lucha entre las figuras geométricas, como estas se arrastraban por aquel oscuro baño.

Con el rostro empapado frente al espejo del baño y el rumor que parecía provenir de la bolsa, Roberto decidió asomarse a la realidad, a ver si seguía ahí afuera, con el tiempo que corre. Levantó la bolsa y se la echó al hombro, salió despacito para que su hermano no lo viera y preguntara qué llevaba ahí, salió con cuidado para que su hermano no oyera el ruido de la bolsa que solo retumbaba en su cabeza.

Ya en el bosque, repentinos revoloteos de pájaros lo asustaban, al pasar por un claro creyó ver a uno picoteando la bolsa.

Las raíces parecían salirse del suelo para entorpecer su camino, iban creciendo como peldaños, transformaban el viaje en un ascenso. La luz azul de la luna comenzaba a calar en Roberto más que la leve llovizna.

Cerca del punto del bosque conocido, la bolsa parecía ya no ceder. Parecía que el peso se había triplicado, como si alguien hubiera entrado en la bolsa a acompañar su contenido. Habrá sido que los brazos de Roberto se cansaron.

En la casa ya nadie quería aceptar el charco en medio del piso o calentar la leche de una forma especial. Se miraba todo de una forma distinta, lo frío de las paredes llegaba más rápidamente a los dedos de los pies.

Roberto llegó al claro del bosque donde, como planeado, lo esperaba una pala. Comenzó a cavar una tumba o un acantilado. Debajo de la tierra iban apareciendo piedras que Roberto, mediante un duro esfuerzo, sacaba y amontonaba a un lado. Cuando su rodilla ya estaba bajo tierra, se detuvo y comenzó a observar la bolsa. Poco a poco se le fueron acercando las imágenes que llenaban la bolsa y temió abrirla y no encontrar el por qué de su viaje al bosque.

La enfermedad de papá, la muerte de mi tío, la falta de hombres en el mundo. Cómo van pesando las historias y los tonos de voz. También el nuevo hombre, la figura de mi hermano cada vez mayor y más violento, todos son razones para estar hoy acá, en el bosque, con frío, con miedo.

Cuando comencé a encontrarme solo en el cuarto y me tenía que quedar ahí, decía mamá “Roberto, esto ya pasará. Verás de nuevo como estos objetos despiertan” y guardaba todo en el closet vacío de mi hermana. Afuera pasaba gente que venía a ver a papá, todos entraban muy callados y mi hermana había vuelto a mi casa, que se había sumido en el sueño, en el silencio, clavado en el olvido.

En la bolsa mi perro muerto, los juguetes de mi niñez, las bolas desinfladas, las camisas de barcos o carros o caballos

Y me empecé a dar cuenta de pequeñas señales, la forma en que ahora los hombres de la familia se escrutan el pecho con las puntas de los dedos, la forma en que la muerte es insolente con cualquiera. Ese paso a paso, la forma en que se preguntaban con miedo “¿Hace calor acá o soy yo?”. Fueron meses largos y penosos que culminaron en venir al bosque y aceptar las ráfagas de viento.

La lluvia crecía con su grito ya articulado, penetraba la piel de Roberto, transformaba el color de las cosas y el sonido de su boca. Fue torpe la forma en como tiró el collar y la cadena de su perro, luego el juguete que no tenía cabeza, pero igual era su preferido. Pronto el claro del bosque parecería un campo de batalla, con el agua que chorrea de los árboles y el barro que le sujeta los talones.

Cuantos juguetes aprisionados en estas tumbas, cuantos espíritus de perros libres recluidos ahí, no lo sé, pero cada vez que alguien sale a la calle en el barrio, los demás le preguntan por su señora, por el desempeño del auto con respecto a la gasolina, se preguntan en proporción a su puesto de hombres.

Y ahora el carro que se enciende y cruza la calle. Dobla a mano derecha, cede la vía a un bus, dobla a la izquierda y lo sigue. El bus desacelera, él sabe que pronto se detendrá. Ahora raya al bus, deja atrás al chofer que no lo conoce, acelera. Pasa una cuadra, pasa otra, se mira en el reflejo del retrovisor, se ajusta la corbata, ya ha pasado 3 cuadras más, ahorita llegará a su destino.

Se abre la puerta, Roberto baja y va a la parte trasera del carro, saca su portafolio y camina hacia la entrada del bufete mientras revisa unos papeles. Junto a él pasa un niño, Roberto solo escucha el sonido de una bolsa y se le enfría la piel, busca con la mirada al niño que se cubrirá el corazón de barro.

miércoles, 9 de junio de 2010

Tifus

Vivir mansamente, pero en la noche escribir mientras manejo, tentando matarme. Porque tengo miedo constantemente, la sensación de saber que algo malo me va a pasar.

Me veo a los ojos con aquella leve sospecha de locura. Descalzo de buenos sentimientos. Esperando el día en que todos juntos hablen de mi mortalidad (La necesidad de confirmar nuestros temores).

Porque los 17 dolieron tanto y los 20 serán la misma mierda.

domingo, 30 de mayo de 2010

Como se sonríen


I

Encerrado donde vive el sabor del ruido, viendo las sonrisas, los pasos de quienes juzgo.

Esa raza que se ha formado a partir de camisas a rayas, zapatos brillantes, esos vestidos que suben hasta el pecho abultado, lleno, tal vez, de nuestra consciencia tergiversada. La culpa está ahí, haber dejado a la raza partirse.

Mejor disfrutemos como el humo baila con los ojos ya trabados.


II

Por ahí de la hora en la que parpadear se vuelve un reto, las carteras bajan como cadenas, los zapatos perforan el piso y el guaro corre por esos ojos jabonosos.

Has de beber por completo para que sea amor. Después el viaje de vuelta, las avenidas llenas de sal y la mirada que cae.

Y cuando ya me voy, los veo y me digo: Mira cómo se sonríen.

domingo, 16 de mayo de 2010

Expressing love in 1960

Quítame ese humo del pecho, que el tiempo se acaba. Ten cuidado, afuera pasan hombres a caballo y hay una planicie vacía.

Pero susurra, que todo sonido sea bajito. Que con la mano no nos puedan alcanzar aquellos que cazan nuestro tacto inevitable.

Un dos tres, corre desnudo por el segundo piso de madera. Mira lo que alguna vez fue una chimenea y encuentra ese sitio donde nos vimos a los ojos, empapados de saliva, y nadie tuvo que hablar de fútbol.

Poner la cerradura no saca a los fantasmas, mucho menos los deja afuera, pero ¿quién quiere una vida fácil?

No queremos desafiar la ciencia, solo queremos escapar de una sociedad despechada por nuestra libertad.

Ya es la alta hora, calla y escucha. Se busca inquilinos, un dos tres, recuerda lo que se dijo y corre de nuevo a la lluvia de poses.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Crónica sobre el relieve singular de los recuerdos

  • En el Mercado Central de San José encontré raíces, hojas secas y basureros colmados de flores


Si alguna vez tuve la sensación de estar ingresando a un túnel, fue ese día. No era mi intención, pero ahí ya estaba, esperando descubrir el edificio de las entradas en las esquinas. Entré, rodeado de turistas y cámaras y cigarros apagados, todos íbamos vestidos por tallas. De vendedor de tabaco en este mercado a Presidente de la República. Luis Alberto Monge. Así se nos intentó explicar que los de acá, también son hermanos de los de allá.

En los pasillos que algunas veces no terminan y en otras desaparecen, saltan los distintos objetos (algunos entre cachivache y chunche), que son indescifrables para el ojo moderno. No los logra identificar como propios o extraños, no decide si son de uso diario o algún engaño para el turista. Yo mismo no me sentí en las condiciones de preguntar sobre el destino de estos productos, me sentí indigno de este idioma y este color de ojos.

Seguí caminando, y descubriendo esquinas oscuras y acogedoras, memorizando olores, sintiendo la frescura de plantas y frutas, tropezando con el polvoriento olor de los aromas. Así fui comprendiendo las pequeñas verdades del mercado. Acá no se pasean atuendos prefabricados, nadie recibe la inspección de los demás, sólo de Santa Rita o la Divina Misericordia o del santo que usted prefiera llevar a casa tan sólo por 3 mil colones cada uno.

En los puestos se habla un lenguaje en el que sobran comas y faltan puntos. Y se ve como alguien todavía compra caballos de palo y trompos de madera. También existe una dieta carnívora que no concibe cosa distinta.

Por sectores parece una verdadera comunidad que da campo a hombres de arcilla y de polvos, algunos pocos de semillas y los que menos me gustan los hombres pescados y las mujeres que pintan flores.

El día se mezcla con la cordialidad y repasamos el asombro al ver los remedios fantásticos, al ver al Indio Gerónimo y una venta de ojos prefabricados. A veces alguien, solo por el gusto, pasa con una flor.

Lo orgánico salta de las paredes, oscurece el camino pero también lo alivia en este sitio en el que nos perdemos y es gracioso, pero que, ahora que me encuentro acá, creo que me recuerda a mi familia y a navidad.

Si ahora cree que el periodismo se quedó en la casa se lo achaco a la sorpresa, ya que nunca había visto una casa con tantos umbrales y tan pocas puertas. Aquí llamaré las cosas por lo que son, mezcla de canarios o diente de león. Este es un lugar donde se puede comprar un traje de gala y se reparan cosas en oro y plata. Acá siento que en cualquier vuelta me puedo encontrar a mí mismo con 10 años menos o 40 más y espero pronto volver y perderme, saboreando una y otra vez la maravilla de la incertidumbre en el Mercado Central de San José.