domingo, 30 de agosto de 2009

Nuestra casa


Hola, sí, pasá. Sí, por aquí. ¿Cómo te va? ¿Bien? Ah, qué bueno. Sí, esta es la sala, por allá se va al cuarto. No, podés verlo luego. Sí, ahora aquí sentate. Sí, esto también lo compré para vos, no, el cuadro ya estaba, pero lo demás sí. No, no me molesta eso, lo que quiero es que estés cómoda. Sí, eso, que te podás quedar mucho tiempo acá dentro, sentada, pintando, durmiendo. Con pequeños pasos, de día en día, sí yo sé, eso me decís, pero de línea en línea se hace un laberinto, no quiero perderme, pero más que eso, no quiero que te perdás de camino.
Yo sé que esta casa no debe llegar al cielo, sí, las casas no deben llegar tan alto, pero bueno, ya no sigo. Sí, esta también es tu casa. Yo lo que quiero es que estés cómoda, que sigás sonriendo, que no se te olvide sentir, que podás ubicarme en esta casa.

jueves, 23 de julio de 2009

Síntomas de habitación

Cuando tocaba su piel era fácil comprender por qué hasta ese momento habíamos guardado silencio. Era fácil apreciar la ausencia de luz, que en el cuarto no hubiera espejos. Teníamos en cuenta muchas cosas que cambiaron hasta ese momento, porque no había sido sencillo traerla hasta aquí, tenerla sujeta a una sábana que bien no pesaba, pero cómo pesaba. Nunca quisimos entender que de entre nosotros surgía algo, pero no, disculpe. Eso no era. Entre nosotros había algo desde antes, mucho antes. No era fácil escucharla quejarse, acordarse de cuando las cosas eran más sencillas, cuando yo no me había refugiado en un libro de poesía, eso fue lo único que yo hice. Leía ese maldito libro cada vez que me acordaba de ella. En este momento intento tocarle el pelo, pero ella se aleja de mi mano y mi mano se aleja de ella. Yo les decía que la culpa la tenía ese libro, pero no, no era eso, la culpa la tuvo una hormiga que subió por su piel un día. Después de eso no la quise volver a tocar jamás. Me daba asco no entender lo que sus lunares significaban. Yo la obligaba a desnudarse y acostarse de espaldas, le contaba sus lunares, los alineaban, los borraba con mi mente para luego dibujarlos con la punta de mi lengua, mientras ella comprendía que yo no sabía dónde estaba.


Le hablé desde la silla que muchas veces colocaba de espaldas, para que no fuera testigo. Le intenté mostrar que la ventana estaba abierta, que la puerta no se había cerrado, pero no, ella había dejado las sandalias perdidas. Tal vez las dejé dentro de ese cuadro, decía y señalaba la silla donde hace instantes nada se había posado.


Un día ella tomó el libro de poesía, lo leyó todo. Cuando llegué al cuarto me esperaba con el libro sobre sus piernas. Nunca me había asustado tanto. Me acerqué, me estremecí al poner mi mano sobre su rodilla, sus ojos buscaban los míos, luego los míos a los de ella, pero jamás iba a ser lo mismo. Yo no logré leer lo que debajo de sus labios se acunaba. Le quité la blusa con precisión de cirujano, luego le arranqué el sostén, ella se dejó hundir entre las sábanas, después se despertó humedecida, se tapó el sexo. Yo estaba a su lado, terminaba de quemar el libro de poesía. Se levantó, se vistió, notó que seguía con el pantalón puesto y por un momento creyó comprender todo. Pasó junto a mí sin decir nada, fue a buscar un espejo. Yo nunca supe cómo usar un espejo. No buscó la puerta y se sentó en una esquina del cuarto, yo en la otra.


Cada cierto tiempo levanto la mirada y la veo buscando su reflejo entre sus manos. Ella se peina con las sombras que se reflejan dentro de sus manos.

domingo, 5 de julio de 2009

Honesto o desnudo.

Te tengo en mi pecho y cabés perfecta. Subís y bajás y no te das cuenta de nada. De que en ese momento te pienso. Para vos la poesía no vale nada en ese momento, los cuerpos hablan y hay que callar para oírlos, pero algo dentro de mí corre más rápido, sacude más fuerte que mi cuerpo, que el tuyo acostado junto a mí.

Desnuda estás más compuesta, complicada, parece que mataras. Que tuvieras algo más, de lo que no te despojás, que no lo veo y que días después me doy cuenta.

Se vuelve muy fácil culpar al tiempo, que cada curva, que cada ángulo, que toda tu piel trae algo más, que no se muestra. Se vuelve muy fácil no saber qué hacer, tener que tomar cada esquina de vos, sabiendo que un círculo te comprende, que no hay tiempo cuando te toco, que da lo mismo que yo esté ahí, que da lo mismo que haga calor, que llueva, que el perro ladre, que calle la música.

A veces da miedo tomarse un momento para pensar “Y ahora qué?”

Es a partir de esos momentos que uno se sincera con todo lo que pocas veces se escucha.

sábado, 20 de junio de 2009

De lo insuficiente del tacto.

Hoy trazo una línea. Termino un círculo. Acabo un libro. Cierro una gaveta. Y ahí acaba, no hubo más de eso y no creo que deba ser así, pero yo no puedo hacer nada. Acabo de despedirme, de echar el último adiós y que el aire lo absorba, ya lo veo irse, el aire se lo traga, lo vomita, tal vez saldrán tres flores de ahí. No sé qué será eso de las ausencias necesarias, de los silencios que por tácitos joden más la vida, porque por más que yo quiera aprehender esos momentos que se me pasaron; picha, eso es, se me pasaron.
Fácil, como quien no se acuerda de cuál fue el primer árbol que abrazó, que no sepa quién le dio su primer golpe, que uno no entienda porqué al rombo no le pusieron un nombre más bonito. Es esa falta de aprehensión lo que más duele, lo que más sofoca una vida llena, una vida amplia, que por falta de una cosa, ya se desplaza, se revienta, estalla en la nada, para dejar brechas, para cumplir brechas.

Yo tomo un pequeño momento para remembrar, para por fin llorar por cosas que sí importan, para que las lágrimas mueran con cometido. Yo nunca supe eso de sentir, pero por acá dentro, algo pasa.

domingo, 31 de mayo de 2009

Te estoy escribiendo

Cuando uno espera mucho que las gotas caigan, siempre caen. Y esa fricción de cuerpos que no se encuentran, no aplica para nosotros.

Yo sé que no es tan fácil tocarte, con un dedo siquiera. Que cuando estamos juntos debemos hacer otras cosas, hacer sombras con la luz de la luna, beber de la risa. Y es que a mí me daba miedo que nada estuviera pasando, que la arena tuviera que seguir esperando.

Estas miradas ya no se desconocen, ya tuvieron cien años tibios, algún pueblo pretendido, cosas extintas. Este clima es sano, como si fuera de antaño. Nada hay al margen. Te estoy escribiendo.

lunes, 18 de mayo de 2009

sobrevivo nada me toma.

Todo esto es como una carta de amor, sin sentido, irracional, pero totalmente visceral. Es algo que atraviesa un laberinto, pero no sabe para qué. Asomarse por la rendija, ver que pasa luz. Saberla junto a mí, sentada. No entender qué hace ahí.

Tomar todo lo que no me pertenece, construirlo, dárselo a ella. Que ella lo bese, que bese eso que no es mi mundo pero igual es parte de mí, sólo por el simple hecho de no ser ello.

Y que sumemos todas las distancias, que las saltemos.

Porque todos los segundos espero que abra aun más los ojos, que deje de ver hacia el frente, que un momento vea al lado. Que me vea. Que entienda todas las palabras que rebotan en mi lengua, que se tropiezan. Que yo no tenga que imaginarme nada.

Esta neblina que se corre, basta para los dos.

viernes, 15 de mayo de 2009

De lo que es morirse

A Mario Benedetti, que su obra lo hace un ser inmortal.


Que los órganos se vayan rindiendo uno a uno. Que el tacto sea otro sentido encogido, que ya no sepa nada. Que en ese momento sea feliz. Que se esté contando una historia y que haya un mar cerca. Que el resuello todavía sea una habilidad. Que todo lo que fue locura tenga sentido, porque estoy muriendo y no hay nada más loco que eso, que me muera sólo porque sí. Poder acordarme todavía de pequeñas cosas, que nada que importa exista. Que saberse aquí deje de ser una prisión. Que el sexo se calle. Que nadie hable. Que todos escuchen. Que ya no importe terminar un libro. Entender las fotos que uno no ve desde hace años. Poseer esos sentimientos una última vez. Que las llaves no tengan que ir con uno. Desprenderse. Salir o entrar más profundo. Morirse y que algo se arregle. Morirse y que todo y nada haya sido en vano. Morirse y que usted llene lo que haga falta aquí.

Mario Benedetti, esencia errante en cada uno de nosotros.