sábado, 13 de julio de 2013

No tener trabajo está bien



Qué problema con Desamparados, ¿no? Un día estamos celebrando que recibiremos a todos los amigos gays afuera de la iglesia del centro, brazos abiertos y al día siguiente te despiden de tu trabajo. Es como una confabulación para alegrarlo a uno y luego decirle “no, mirá, no es tan fácil”.

Yo pensaba averiguar dónde das clases y subir con una jarra llena de fresco de cas y recibirte a la salida, vos seguro con mucho calor, yo nervioso, pensando en la forma correcta de presentarme a tus alumnas. Pero ya no se va a poder, ya de nada sirve el mapa mental que me había hecho, para llevarte un día a los puntos importantes de Desamparados y decirte “Acá compré mi primer disco de Gandhi, me costó cinco mil colones” o “A esta soda venía con mis amigos las noches de los jueves, luego tomábamos en ese parque allá ¿lo ves? Donde el tobogán parece una cuchara”.

Por acá ya se pierde un poco la esperanza. Desamparados parece que será borrado por el tiempo, no dejará ninguna huella positiva en la humanidad. Esto soy yo exagerando. Puede que mañana se case la primer pareja gay acá o que en una semana se firme la paz mundial entre la Municipalidad y el colegio nocturno, pero a mí me importaría poquísimo, porque estaré continuamente pensando en la forma de lograr que esta ciudad se porte mejor con vos.

Así que lo único que podría hacer sería cerrar unas 30 mueblerías, tapar los huecos para generar calles aptas para aprender a manejar y tal vez también, luego, en un rato, visitar el bar que queda a espaldas de la iglesia y ver qué tal es, saber si los jueves de olla de carne y karaoke son tan grandiosos como los anuncian (podría de paso averiguar si tienen alguna canción de Amy Winehouse para cantar, a alguien podría interesar). Estas son brazadas de ahogado.

El punto es que ahora que no tenemos trabajo, tal vez haya tiempo para otras cosas. Yo podría escribir más, vos también. Y en unos meses, cuando me tengás más confianza, quizás me enseñarías una coreografía con la que irritaríamos a todas las madres de familia. Me parece un bonito plan.

Sería bueno que con esto entendás algo que por el momento no querés entender, que no tener trabajo está bien.

Y que estés bien.

Eso es lo que todos acá en desampa queremos para vos.



viernes, 12 de julio de 2013

Muerte en Hawaii


Mirá, vos me podés decir que no te gusta desampa porque la calle es muy larga y siempre hay presas, o que no bailás reggaetón porque tus amigos en el cole no tenían amigos. Y eso está bien, no me molesta. Que ahora sea de noche y me escribás en francés nada más agranda el misterio, pero no me digás que ser cursi es malo, porque si lo hacés, no va más.

¿Por qué hablo de ser cursi? Porque pienso que si ocupás alguien que se suba con vos a cantar karaoke, cuando todo esté saliendo mal y casi no te sepás la pieza y el puntito te parezca que pasa volando por encima de las palabras, yo puedo pedir otro micrófono y decir con permiso y ponerme junto a vos cerquita, para que te escondás si querés y cantar desafinado, haciendo como si nada pasara, como si fuera lo más normal sumarme a mitad de la canción para decir “Soy inmune a la muerte, no necesito bendiciones porque siempre tengo buena suerte, ven conmigo a dar un paseo por el parque, porque tengo más cuentos que contarte que García Márquez”.

Es eso, yo puedo cantar letras de malas canciones y equivocarme al pronunciar cosas en alemán para impresionarte. Todo eso no me importa. Mientras escribo esto me rasco mi rodilla izquierda y pienso en vos riéndote. ¿Qué cursi, verdad? Yo no sé qué es la cosa. Ahora me acuerdo de mi hermana en clases de ballet, acá en desampa. Luego de las clases, cuando yo era un bebé que no caminaba ni hablaba, mi mamá le presentaba una oferta a mi hermana, una retribución por haber cumplido e ido al ballet. Una coca cola en bolsa y unos caramelos de vaca o un vestido nuevo para las barbies. Mi hermana, a pesar de un gran esfuerzo racional, siempre terminaba escogiendo la coca en bolsa y los caramelos, porque salía muy cansada y hacía mucho calor a las cuatro de la tarde en Desamparados en el año 95.

Mirá, entonces, esa es una historia menos que tengo que contarte la próxima vez que nos veamos. Puedo aprovechar el tiempo y decirte que acá en desampa los barrios siempre han sido escasos y por eso me cuesta tanto escribir diálogos. Y una vez que yo termine de decir esto, me contarás vos una historia sobre tu infancia, dirás que tu nariz, clara y espectacular, no te gustaba hasta que cumpliste 13, en esa época vivías en un lugar muy alejado para mi mente, un lugar que desconozco. Así que luego me contás, me dirás dónde cumpliste 12 años, dónde te dieron el primer beso en la punta de tu nariz.


miércoles, 10 de julio de 2013

La noche que conocí a Hanna Gabriel


Abre escena: Valeria y yo estamos sentados hablando. Noche - Exteriores, bueno, no exteriores, sino como el ranchito que hay afuera de la casa de Birrí. Esto es una fiesta de drogas y yo vine a ver qué era la vara, Charlie y Mafe y yo fuimos los  primeros en llegar. Piyi nos trajo. Cuando llegamos Charlie encontró un montón de pesas y cosas de gimnasio en el ranchito y no pudo levantar nada, está más flaco y por ende más débil, dice él. Ahí me di cuenta que la mamá de Vale quiere ser la mujer más fuerte del mundo.

Ernie está adentro de la casa, diciendo algo de que en la tarde hizo un batido con demasiada azúcar y que sabía feo. Los Stoners no vinieron a Birrí, pero todos los que vinieron son stoners entonces creo que todo bien. Los he visto hacer unas 800 rondas de puro, yo no he fumado ni una vez, pero nadie me ve mal por eso, seguro piensan que solo me mando cosas duras. Cuando preparábamos tragos en la cocina hice bromas sobre oler peri para poner incómoda a la gente, seguro piensan que yo solo le hago al peri.

Estoy sacando birras de la refri de Vale, ella me deja y me tomo las Bavarias de los papás. Mis amigos están en drogas y llevan toda la noche poniendo una música horrible, parece que es la misma canción sonando por horas, pero ya me quejé mucho así que mejor ya no digo nada. Mi último comentario sobre la música fue “Mae, a mí me gusta la música electrónica pero no los DJs, seguro por eso solo tengo como 4 amigos”. Nadie se rio y tampoco sé si era un chiste. Uno de los maes, el que en una hora veré mandarse un ácido, lleva a sus perros a todo lado. Son salchichas, que en realidad se llaman Dachshund y son necios. Bueno, uno es el que es necio, el otro nada más camina ahí. El Dachshund necio es el negro y musculoso, trae palos para que uno se los lance. Si uno lo hace una vez, el perro lo va a joder toda la noche. Todos cometimos ese error. Chula es el dueño de los perros y también es DJ o maso. Más tarde, cuando haya llegado la dealer y pasen la música a adentro de la casa, voy a confundir a Chula con otro mae, voy a pensar que Chula es un DJ que llegó en el carro de la dealer.

Cuando vi a Chula mandarse el ácido me dieron ganas de contar la historia del mae que se manda un ácido y se vuelve loco. Es una historia bonita, bueno no bonita, pero sí chiva o por lo menos a mí me parece chiva y bonita. Un chico de 16 años que prueba por primera vez el LSD y pasa por una serie de alucinaciones, en la última, el chico, un colegial de Alajuela, se transforma en una jarra con fresco de limón y se tropieza y se cae y siente que la jarra se quebró y se le regó el fresco y desde entonces perdió la mente. No es una metáfora de nada, ese es el mito urbano, él era, en su alucinación, una jarra y se quiebra y se le sale el fresco y ya no puede volver a ser normal o a estar completo.

 Al final preferí no contarla porque después hacía que Chula se fuera de mal viaje y nadie quiere eso, entonces me quedé callado tirando el palo que me siguió trayendo el perro toda la noche.

La espera por la dealer fue lo que me hizo quedarme tanto en la fiesta, yo ya estaba aburrido y no quería tomar más porque tenía que manejar de Birrí hasta mi casa. Me quedo sentado en el ranchito y Ernie me cuenta lo que le va a comprar a la dealer. Yo no sé qué es. El nombre que me dijo era unas siglas, entonces me voy a referir a eso como TCBY.

 “Jay Jay, creo que me voy a mandar TCBY hoy”

“Ok, dele mae”

La dealer viene desde Santa Ana, pero eso desde hace como 2 horas. La han llamado 4 veces y la mae dice que ya ahorita llega. No sé si están ansiosos, pero si yo estuviera en una fiesta y el de las birras no llega, lo estaría. La dealer es amiga de Titi.  

Titi es toda guapa y llegó como a las 10 con un mae. El mae es buena nota, pero rajado se ve que Titi no se la suelta entonces me pasa por la mente que lo tiene de chofer. Me da un toque de playada, anda un foco de esos que se usan en la frente, como los de los mineros. A veces prende la luz cuando le habla a uno y seguro eso es algo cool en estas fiestas, pero a mí me parece que se ve raro y mal.

Ya me quiero ir, pero también quiero ver cómo es la dealer y cómo es la transacción. Alguien preguntó que a qué hora venía “la doctor ogas” y yo hasta luego fue que entendí cuál era el chiste (Dr.ogas por si son lentos como yo). Yo sabía poquito de la mae, sabía que era lesbiana y que tenía buen producto, pero que Ernie casi no le compraba porque le parecía muy caro. Yo le pregunté a él que quienes más venían con ella y me dijo que no sabía, que seguro la novia y ya.

La vara es que luego de muchas llamadas y de que los pegados terminaran de ver Animal Planet, un nissan blanco llegó hasta la casa. Cuando llegaron yo no volví a ver porque no quería pegar brasa, entonces me quedé tranqui en el rancho con una gente fumándome un cigarro. Desde el carro llamaron a Titi. Luego llegó la dealer hasta donde estábamos nosotros. No se presentó, pero Ernie me dijo, ahí viene B. la dealer. La mae era morenilla, nada especial, con un toque de actitud comemierda. Pero ahí, lo normal. Atrás de ella estaba una mae guapísima, machilla, pelo largo y blusa blanca. Ella sí saludó. Yo no dije nada pero empecé a sonreír un toque más. Ernie le dijo que quería dos TCBYs, pero al final compraron un tercero para Charlie. La dealer y la guapa se fueron con Titi adentro de la casa y yo le dije a Charlie

JJ: Mae, la novia de la dealer es guapísima
Charlie: ¿La de dreads?
JJ: No sé, di al rato tenía dreads, no me fijé bien. Guapa, verdad.
Charlie: Ella es conocidilla.
JJ: ¿Por guapa?
Charlie: Di sí, o no sé, algo así.

La vara es que yo no sabía que en el carro de la dealer venía más gente, pensé que solo eran ella y la machilla. Me volví hacia la casa y vi los dreads de los que estaba hablando Charlie y le dije

JJ: ¿Mae, esa no es Hanna Gabriel?
Charlie: Mae, sí. Yo le dije que la novia de la dealer era como famosa.

En ese momento un montón de cables de mi cabeza cambiaron de conexión. Como que se me reordenó todo: Hanna Gabriel, el Tiquito, B. la dealer y la machilla guapa. Ya después de eso pude volver a la fiesta, me tomé dos birras más, para ver si la machilla en algún momento se prestaba para decirle cosillas y hasta bailé psy trance, qué pena.

A las 2 de la mañana me fui. No tuve chance de hablar con la machilla y tampoco con Hanna. A Hanna la tuve muy cerca en un momento y la oí hablar y no me gustó lo que estaba diciendo. Estábamos en el ranchito porque la música ya nos estaba volviendo locos, Hanna llegó al ranchito y se puso a hablar con la otra gente que venía en el carro de B. Hanna empezó a pegarle a un saco de arena que tiene la mamá de Vale ahí y empezó a decir que qué ganas de pichacear a alguien. Yo no sé si me asusté, pero no me sentí bien.

Luego me fui, tuve que salir en reversa y estaba muy oscuro. Me perdí manejando de vuelta a mi casa, no sabía cómo salir de Heredia, de esa parte de Heredia.

Seguro sería interesante contar más cosas sobre esa noche que conocí a Hanna Gabriel, pero vieras que a mí no me dan ganas de decir más sobre ella. Lo único que me queda de eso es que hubiera sido bonito que la mamá de Valeria y Hanna se conocieran, porque la mamá de Vale toma productos para el desarrollo de masa muscular y quiere ser la mujer más fuerte del mundo y tal vez Hanna la podría ayudar con eso.


miércoles, 3 de julio de 2013

Los monos bonobos



Te llamé ahora en la tarde, pero creo que habías salido. La puerta de tu casa estaba cerrada y tu hermana seguro estaba dormida en la parte de arriba del camarote. Como no respondiste, caminé por el bosquecillo ese que queda por tu casa y descubrí unas frutitas rojas del tamaño de tus manos. ¿Las conocés?

Te llamaba para contarte sobre un grupo de científicos japoneses que han estado estudiando a los monos bonobos en el Congo, en la parte sur del Congo, se llega hasta donde ellos cruzando un río. No sé muy bien por qué me era tan necesario hablarte de los monos, más ahora que no hablamos. Fue hace mucho que me llamabas y decías “Pasame la canción más bonita que conozcás y yo también te paso una y las oímos con mucha concentración como confiando en el otro.”

Los japoneses de los que te cuento están haciendo cosas sorprendentes en el centro de África. ¿Sabés dónde queda el Congo? Yo creo que sí, era tu hermana la que preguntaba la otra noche en qué continente estaba Camboya, entonces tal vez a la hora de la genética ella tomó los problemas geográficos y vos los comunicativos. Perdón, eso fue grosero.

La gran noticia es que los japoneses, un grupo de 5 o 6 científicos, están iniciando a tener conversaciones con los monos bonobos, conversaciones verdaderas, sobre eso era el artículo. Esto no es una historia de ciencia ficción, aunque parezca. Tampoco es ficción ficción, te digo que es verdad, me encontré el estudio ayer que estuve en la U.

Yo no estudio biología ni nada, vos sabés eso, y tampoco es como que tenga una gran afinidad por estos temas, lo que pasó es que, mientras caminaba por la universidad, manteniendo un poquito la esperanza de que aparecieras por ahí y no tuvieras otra opción que decirme hola-cómo-está, un hombre que repartía panfletos, cuando me vio extender la mano, sacó rápido de su maletín un ramo de hojas bond y me lo dio. De reojo vi que los volantes que repartía eran sobre promociones en una peluquería de por ahí. Me hubiera servido ese volante.

Yo no sabía que los bonobos existían. De hecho, el artículo decía eso, que mucha gente no sabía que existen dos tipos de chimpancés, uno es el normal, el que vos y yo conocemos, que tiene carilla como de nosotros pero con pelo y está este otro, el que no conocíamos, los bonobos que me interesan un montón ahora. Lo que los japoneses han descubierto probablemente ha causado una revolución en el mundo científico y fijo todo mundo está emocionado, pero eso a mí no me interesa tanto. Me interesan los bonobos y su comportamiento en sociedad, este tema fue secundario en el estudio de los japoneses, pero a vos te lo cuento porque seguro te interesan. Hay cosas que solo nos interesan a nosotros dos, ¿has visto?

Caminando con el artículo científico sobre los monos bonobos llegué hasta las bancas afuera de la facultad donde estudiás y me senté a aprender y a montar guardia con la esperanza ya cortita. Me agarró desprevenido el título del artículo, entonces no tuve oportunidad de no leerlo, sabés. A mí me pasa así, las cosas cuando me sorprenden me atrapan.

“El chimpancé Jun le preguntó que si siempre había sido fiel”

¿Cómo van a titular así de lindo y no esperar que el artículo solo lo lean gente como vos y yo?

Los dos bonobos principales del relato eran un chico y una chica. Bueno, en realidad no había personajes principales, era un artículo científico sobre un descubrimiento importante, pero yo no leo las cosas como la gente. Me aburriría mucho si lo hiciera así. Entonces te cuento, el bonobo chico se llama Jun, porque nació a finales de Junio. Tiene 8 años y su comida favorita es pan con unos insectillos morados que encuentra debajo de piedras. Ella, conocida como Ei 93, tiene 7 años, pasa las tardes jugando en los árboles más altos y recolectando comida para sus hermanos. Si yo tuviera que agregar algún dato al artículo pondría una notita que diga “Se ve que Ei 93 es una muchacha toda buena”. Pero fijo los editores quitarían esa nota porque no tiene sentido.

Te decía que ellos, los monos, viven en un país que se llama la República Democrática del Congo. Su grupo está compuesto de 30 miembros, más o menos. Son especiales, te digo, estos monos. No pelean, no pelean los monos. Nunca, es rarísimo verlos enojados. Te paso esta cita del artículo para que te sorprendás como yo:

“Observaciones en el hábitat de los chimpancés comunes han revelado la tendencia al conflicto físico entre las comunidades y machos foráneos, dichos conflictos muy comúnmente acaban en muertes. Esto no aparece en el comportamiento de los bonobos, de hecho es usual que resuelvan sus conflictos a través de contacto sexual.”

Ellos se dicen perdón, se abrazan, no compran lotería, nadie pelea con nadie, y si pelean luego se arreglan bonito. ¿No creés que podemos aprender mucho de ellos? Y no estoy inventando nada, te puedo enseñar la muy rigurosa investigación de Kano Takayoshi y de Sandin Jo. Si estos monos estuvieran en Cuba, sería otra historia. Allá en el Congo las cosas pasan distintas, tienen monos que hacen familias.

Hoy, sentado en un lugar que no conocés, pienso que los monos bonobos podrían convertirse en mi leitmotiv, porque tengo que ocupar en algo el tiempo que usaba para pensar en nosotros dos yendo al Museo del Niño, o para pensar en vos contándome cosas de tu pueblo o pensando en la siguiente historia de mi infancia que me gustaría contarte. ¿Ya te hablé de la vez que las hormigas zompopas arruinaron el queque de chocolate de mi cumpleaños 14?

Yo ya le conté a mis amigos por donde habías estado vos cuando tenías 16 años, que tu pelo ha aprendido a cambiar de parecer, como vos, que tus piernas no te gustaban y les conté más cosas que por acá no te debería decir, era como si ellos y yo fuéramos científicos japoneses, pero la diferencia era que solo a mí me interesaba lo que estábamos estudiando, ellos nada más aguantaban mi habladera porque son mis amigos y saben lo feo que se siente esto. Uno me dijo algo como “cuando desaparecen las cosas es que empieza el misterio” como si después de eso yo me fuera a quedar callado y ya, pero yo le dije muy serio y todavía me siento orgulloso de lo que le dije “yo quiero conocer más del misterio”.

Ahora que lo pienso, me agarrás decaído. Le doy demasiada vuelta a las cosas ¿Me equivoqué con la llamada? Tal vez debí llamarte para decirte que tengo un leve caso de amor no correspondido. No hablar sobre vos, sino mentirte. ¿Eso habría hecho las cosas mejores?

Si yo fuera un bonobo y supiera no pelear y solo ser pacífico y comunicarme con las personas, y dar abrazos y me llevaran un día a hablar con japoneses lo primero que les diría sería “¿Todavía existen los Hombres G?”.

Tal vez esa sería una forma para que vos y yo podamos volver a hablar. Ser bonobos, imaginarnos en una selva de árboles altos y secos. Un montón de gente rodeándonos, un montón de monos que serían gente para nosotros y diciendo cosas. “La anda” –  “¿Quién quiere jugo de pera?” – “ocupo que alguien me ayude a enrolar”

Y todos se ayudarían y nadie vería mal a nadie y compartirían y jugarían y se darían las manos y besos y se tocarían la punta de los dedos de las manos y la punta de los dedos de los pies.

Tal vez debería volver a llamarte con menos explicaciones y nada más contarte una historia. Hacer como que volvemos a estar un jueves por la noche en el sofá cama de tu casa, donde las visitas duermen.

“Cerca de un río están dos bonobos. Uno le toma la mano al otro. Desde algún lugar de la selva les llega música. No se asustan, todavía no se asustan. Se hablan bajito al oído. En otras condiciones no podríamos oír qué se dicen, los veríamos desde lejos, pero como esto es un cuento te puedo contar lo que se dicen.
“Qué pesada está tu mano” – “mirá como hago para dibujar en tu cuello” – “qué será que se hace de noche y nada que se va la luz” – “quién fue el primero que te dijo que sos linda” – “por qué te importa que los monos sean cursis” – “por qué te importan los monos”

Y se hablan así por horas los monos y ese día no se meten mano a pesar de que generalmente lo hagan mucho, nada más se sientan juntos y se hablan. Pero llega el momento en el que uno dice “ya no nos contemos más cosas” Y en eso se quedan callados y nadie tiene chance de responder nada porque se empiezan a levantar y a caminar un poquito separados, lo suficiente para que sea inútil intentar hablar, porque no se oirían, los monos ya no se podrían oír porque estarían un toque largo entre ellos, como a metro y medio o un poquito más y eso en los bonobos (y en realidad en todos los primates incluidos nosotros) es suficiente para que la comunicación se vuelva imposible.”

Ya no sé qué más pasaría. Es decir, sos vos ese mono. Yo soy el otro.

Ser monos bonobos a ratos sonaba como una buena idea, pero fijo esto no es así de fácil. Lo bonito es pensar que si fuéramos bonobos yo podría ir hoy a donde vos estás y contarte nuestros problemas (como si no los supieras ya, como si no pasaras pensando en eso) y te agarraría tu culito de mona y te daría un beso en tus orejas de mona y nos arreglaríamos ahí, debajo de un árbol o cerca de un río que nos haga música. Pero no lo somos y ya ha pasado un rato desde que nos abrazamos y te di un beso en el cachete queriendo darte un beso en el cachete.


Entonces si hoy yo fuera el otro mono bonobo del cuento, te diría lo que te diré la próxima vez que hablemos “chau bonita, gracias por contestar”.

viernes, 28 de junio de 2013

Eiti

Si decís que sos bueno, estás mintiendo. Si decís que no te metés en las relaciones de otras personas, mentís aún más. Y es que hay algo en eso que te gusta, en encontrar hechos torcidos que suceden y amarrarlos juntos, no a tu conveniencia, sino con un fin estético que creés tener. Te gustan las cosas raras, te decís. “Bueno, no, las peculiares, las especiales” – te corregís.

Estás manejando mientras pensás estas cosas, la radio te habla poquísimo a esta hora, te das cuenta que no deberías seguir en la calle. Acabás de tomar esa ruta que tu padre hizo por mucho tiempo: pasás por el centro de Heredia, no te preocupás por el tren, llegás a la Pozuelo y luego es un brinco por circunvalación. Es fácil desplazarse, te es fácil desplazarte.

Ya en tu casa recordás con algo de pena que le contaste de Rafaela y del conejo en escala de grises que imprimiste en tu primera carta de amor. Dijiste también que no sos un gato, que sos un perro, ella dijo que no, que obediente no sos. Y es verdad eso, pero le decís, “no, yo soy un perro, pero el perro más hijueputa, el que si lo dejan hacer lo que quiere hace un mierdero”.

Mentira, no le dijiste eso. Bajaste la cabeza y dejaste que hablara, medías tus pasos, como hacen los perros más hijueputas. Los mismos que preguntan a las mujeres, en un tono de falsa inocencia, de ingenuidad aparentemente innegable “¿Qué estoy a punto de tocar?”.

Hoy mentiste mucho, pero más que todo dijiste la verdad. No te arrepentís, eso ya no va con vos, te has desapegado y has aprendido a aceptar lo que duran las cosas. “Tres minutos para algunos es una eternidad” – te decís pensando en el lóbulo de su oreja, en el roce con más cariño que has hecho contra la piel de un cuello. De ese cuello.

Ya es tarde. Estás en la hora en la que los mangos se caen de los palos. Tenés que ir a dormir, recuperar las energías perdidas durante el día. Por un momento te parece bueno que ya sea este momento, que irte a acostar y desprenderte de tanto que tenés en la cabeza sería bueno. Pero hoy no será tan fácil.

Te quedan dudas en la cabeza. ¿Es eiti una forma poco acertada de llamar a un número? ¿Mañana evitarás explicarle a alguien que tuviste una gran noche? ¿De quién hablaba la obra que vieron juntos? ¿De ella o de vos?

Realmente, más que todo, lo que te queda es la idea flotando de aquel poema que mal le recitaste, ese que se llama algo así como “El amor es una serie inclusiva”. Esa sensación no te la quita nadie.


jueves, 25 de abril de 2013

El dolor del crecimiento


Esto termina con mi persona montándose en un taxi con medio cigarro fumado o medio por fumar. Yo, mi persona en este momento está hecha mierda, lo digo. El taxista no sabe nada, no sabe esto. Uno de mis mejores amigos va a la par y no sabe qué decir porque lo entiende todo. Me acabo de despedir de Ari, la abracé por primera vez desde aquel Halloween del 2011.

Acabamos de terminar una noche en la que pasamos disimulando, cuando la saludé entrando al bar hizo mala cara o no hizo cara, no aceptó el compromiso de dos ex’s que se vuelven a ver. Yo actué estelarmente, le dije hola-todo-bien. Si hubiera sido más descarado le hubiera dicho hola-cómo-estás. Pero yo también estaba cagado. Decía, no nos vemos desde hace casi seis meses y hace dos años terminamos, qué mierda.

El taxista me cuenta que él estudió filosofía y que la primer wila que lo despichó no se la prestaba. Yo no podía decir nada, iba en el taxi llorando, he llorado en un taxi, primera vez en la vida. Una vez, con Ari, después de una fiesta de Halloween, íbamos hacia mi casa y nos íbamos metiendo mano, fue lindísimo. Ahora yo me devuelvo a mi casa, la acabo de abrazar, lloro como un imbécil, como un mae que no acaba de tener dos años para superar la vara.

David no dice nada, sabe que no hay lugar por el cual moverse, sabe que no hay lugar para el cual moverme. Temprano le dije a Ari que en mi documental ella salía y me dijo que prefería verlo antes para no llorar en una sala de cine con todas esas personas que no saben lo que es no superar a alguien. Le dije que no, que llorara. Pero hoy solo lloraba yo, le solté mis mejores lágrimas y ella estoica y comprensiva dijo poquísimo y está bien. Sus ojos me dicen “huevón, supere esta mierda, no jale hacia atrás a los que no estamos atrás”. Y tiene razón.

Acá, en mi casa, el taxista que estudió filosofía y no terminó la carrera, todavía resuena en mi cabeza. “Ese es el dolor del crecimiento”. Crezca huevón, esto me lo dice sin decírmelo. Tiene razón, todos tienen razón menos yo y mis papás. Se mueren figuras de cuatro patas, aquel perro que a Ari le caía tan bien se va a morir. Aplica ese movimiento tan natural de olvidarse de que hay otra gente aquí además de nosotros.

Temprano en el baño, yo le decía a uno de nuestros amigos, el menos, que podría reconvertir a la mae lesbiana, que a esa yala, entonces son dos toques, pero ¿para qué? Me diría el taxista, vos no querés estar ahí. Y qué verdad, este taxista que le falta el tcu y tres cursos de filosofía para tener el cartón sabe todo.

Estuvo en clases con mis amigos y mis profesores, que son lo mismo en filosofía. ¿Y qué puedo hacer yo? ¿Decir que aprendí más de un taxista cuando iba llorando camino a mi casa con un amigo mudo? No, nadie le haría caso a eso, ni yo puedo hacerle caso a eso, que ni estoy ebrio, que ni he estado ebrio en años desde que eso único que me tocó lo que ocupaba que me tocaran dijo que era hora, que se había acabado el juego que llevábamos, por casi dos años.

Me voy a dormir, que en realidad es irme a acostar y dar vueltas en la cama que le enseñaron hace poco a Ariana. En una pared está Hopper, en la otra está El Ojo de Magritte y cosas y cosas por todo lado que me gustaría haber estado presente para enseñarle, pero no se pudo y ya no se podrá y está bien, porque en esta mañana, en esta noche de 7 pe eme, yo no me esperaba desfallecer en una mesa de madera falsa. Porque nadie se espera estas cosas, empezar una clase en el aula 205 y que se le meta ahí mismo alguien que hará imposible decir que las vidas no se tocan. Alguien que no tendrá que ser un punto y coma, un borrador exclusivo para la vida, eternamente. Porque hoy me di cuenta que la eternidad dura lo mismo que mi vida. Y eso no suena tan bien, pero es así, la eternidad es Ariana, sonriendo con unos dientes nuevos, que no eran los nuestros, es Ariana viendo estoica el metro-ochenta que la ve con ojos en sangre.

La eternidad es el agotamiento que históricamente hemos preparado para que alguien, ella, venga a ejecutar. Entonces quiero agotarme pero no quiero que nos volvamos a ver o por lo menos nunca más cara a cara porque yo la veo todos los días, aquí y allá y ese pelo no es tan raro y es usual y puedo cerrar los ojos y ver los dientillos de antes y que sean lindísimos y verla montádose a mi carro, recién cambiadas las medias, porque es viernes y 2009 y llovía y los pies se mojan y ahora vamos a salir juntos por primera vez y nadie tiene que saber que esto está sucediendo, solo Rebe que cierra una puerta y Ari que cierra otra y se monta al carro y nos vamos, nos vamos a un lugar para nunca poder echar marcha atrás.

martes, 23 de abril de 2013

¿Y si cenamos el jueves?



Está aquel restaurante español al que te quise llevar hace dos sábados. Esquinero y de vidrios amarillos. No conseguimos lugar ese día, pero creo que esta vez podría reservar una mesa. No sé, probablemente igual sea difícil. Seguro va a estar llenísimo otra vez, a los alemanes les encanta ir ahí, pero los dueños son españoles, entonces tal vez yo podría hablarles en mi hermoso idioma latinoamericano y convencerlos de que nos dieran una mesa a vos y a mí, les explicaría la gran importancia de que este jueves compartamos una cena de tapas en su restaurante español.

Además de la reservación, está el otro asunto. No sé si vas a aceptar mi invitación. Hace ya dos semanas que no nos vemos. En este tiempo has ido a Berlín y yo a otros lugares, pero igual me gustaría que cenáramos este jueves. Sé que ahora mi oferta de una cena en un restaurante español no te sonará tan bien como antes. Seguro que te quedaría mejor algún sitio elegante de nuestra ciudad, pero yo no conozco ninguno.

Ahora que tenés trabajo (estoy seguro que tenés, estarían locos si no te ofrecieran un contrato inmediatamente, después de ver la forma en que tu nariz se eleva. Eso me recuerda algo que te quería comentar, ahora cuando veo a un amigo oler coca, por un instante la fisonomía de ustedes dos se acerca muchísimo, entonces estos días viéndolo a él, también te veo. Y no es tan fácil, mucho tiene que ver mi imaginación, porque podría resultar que sean cosas realmente opuestas, vos caminando cabeza en alto a las agencias más importante, él arrodillando su cara contra la mesa de vidrio, friísima, los ojos que se le borran y que en nada recordarían a las dos líneas perfectas que son los tuyos. Luego, él se levanta de su cama blanca con demasiadas ganas de recitar un poema de E.E. Cummings, pero no se le entendería nada, yo repito la única frase  que oí como preguntándole a alguien si eso es verdad: ¿es el amor más grueso que el olvido?)

Yo puedo apostar a que ahora tenés trabajo y que seguro te llueven invitaciones a cenas y más los jueves, pero creo que tenés el chance de hacer lo mismo que hace dos años, cuando rechazaste la opción obvia, la que todas tus amigas envidiaban, Milán y la gente bella que no se viste ni comporta como yo, ese día te inventaste otra opción, la casi desconocida, la de la ciudad tímida, la tuya y mía. Qué dulce nuestro amor.

A veces creo que te encontrarás en la ciudad a mi hermana antes que a mí. Eso me entristece, pero tal vez sea bonito para vos. Le caés bien, me lo dijo, me ha hablado, dice cosas lindas de vos y yo le digo que tiene razón, que todo es cierto.

¿Debería decirle a ella y al novio que vayan con nosotros a cenar el jueves? Claro, solo si decís que sí. Ya otras veces hemos comido juntos los cuatro, yo cocinando para todos, cosas para hacerte feliz.

Te puedo imaginar ahora como te verías el jueves, sin un solo cabello de más en tu cabeza, o de menos, sino la cantidad perfecta. Tus manos, una sobre la otra, escondiéndose, yo buscándolas. Tras mucho esfuerzo ambos nos rendiríamos y nos dedicaríamos solamente a sentir la palma del otro, y luego yo optaría por sostener tu cara frente a la mía y quedarme ahí fijo. Y por más bellas que sean tus tetas, yo no podría apartar la mirada, la extremidad más importante del cuerpo.

¿Y qué hay de las otras partes? – seguro dirías.

Pues yo una vez ya te susurré por qué me gustaba cada una. Te pregunté si a vos te gustaban tus brazos. Me decías que sí y dabas tus razones, yo luego hacía lo mismo, exponía los argumentos para demostrar que tus brazos cumplen la misma función que los vitrales en las iglesias.
Así estuvimos muy bien, montando esa tabla sobre lo que nos gusta de tu cuerpo. Lo repetiría sin pensarlo, aunque tal vez añadiría cosas nuevas.

¿Como qué? – pensás

Podría agregar a la lista la forma en que tus pestañas pueden decir sí o que tu abdomen detiene balas y cerebros.

Pero, ¿qué hago yo pensando así en vos, con tantos días entre nosotros? No sé, la nostalgia tal vez, las ganas de verte. Se me duermen las piernas a veces, solo pensando en vos. ¿Qué te viene a la mente ahora que te digo que cenés conmigo? Un avión de papel rojo, puede ser, una casa con todas las películas que querés ver.

Más que todo, me gustaría que durante la cena me contés sobre tu infancia en Polonia. Por qué usabas siempre dos trenzas, por qué te hiciste una pava al cumplir los diecinueve. Conversaciones amenas para un jueves entre amigos. A eso de las nueve seguro ya habremos terminado de comer, no te pido demasiado tiempo para cenar conmigo.

Ya luego, acostados en mi cama, sin luz, oscuro todo, sin podernos ver, tocándonos para saber que el otro sí está ahí y no en otro país. Así debería terminar nuestro jueves, vos diciéndome cómo hiciste para convertirte en esta chiquita malportada. Yo enseñando a tus dedos a señalar las partes de mi cuerpo que todavía no conocen “esta es mi cicatriz de cuando me caí patinando, esta es mi constelación de lunares en el hombro, por acá respiro, por acá sueño”.

Luego intercambiaríamos roles, esconderías mi mano en la parte posterior de tu cabeza, soltarías un leve gemido cuando buscando tu boca encontrara tu oreja. ¿Te gustaría, decime ahora, irte a dormir oyéndome contar las pecas en tu cara?

Seguro, cuando me oís hablar así te das cuenta que nunca podrás incluir una foto que yo te haya tomado a tu portafolio de trabajos  y eso está bien, nuestras fotos no son para nadie más.

Hablando de eso, te cuento, tus fotos me ponen triste, acá las tengo, junto a la cama. En las mañanas hace frío y entonces las veo y me arrepiento de cosas. Intento verte a los ojos en tus fotos y no puedo. Si pudiéramos hablar, ¿qué te gustaría decirme? Estuviste tan callada esa última noche, me veías y luego dejabas de verme. Había gente con nosotros.

Pero yo te había dicho que es muy importante enfocarse en lo bueno, así que ya no hablo de cosas tristes, pienso en lo bonito que sería estar todos juntos. Te podría volver a contar esas historias poco adecuadas, que solo se cuentan cuando estamos a punto de decirnos adiós por un rato largo, historias precalentadas con cervezas. Te volvería a contar sobre la cadena de eventos que desencadenó el moverme un campo en la clase para sentarme junto a vos.

Te podría contar también, mientras cenamos, las cosas nuevas de mi novela, los cambios que nuestros últimos días provocaron, que me metí en clases de caligrafía para que no te riás cuando te lleguen mis cartas. Todos los cambios han sido para bien, creo, te diría eso mientras te sugiero que probés el lomo a la pimienta y te sonría, a pesar de que ahora esté triste y tenga miedo y esté confundido. Qué dulce nuestro amor fue.